Estaba tardando en hacer su aparición en uno de estos artículos, pero gracias a varias publicaciones de sendas redes sociales, he podido recordar por enésima vez la importancia que tiene para uno la poesía de Keats. A pocos días de acabar el año anterior y para que siente precedentes en el inicio de este recién llegado, cuando asumimos lo extraño y lo descolocado del hecho de que las fechas festivas sucedan entre semana, qué mejor que regodearse en las palabras que han sido ubicadas un poco más alto para una visión que mejore o relativice, por otra parte, esa tan útil extrañeza.
‘Una lección, oh, musa, léeme —y eleva bien la voz—/ en la cumbre del Nevis, cegado por la niebla./ Miro hacia los abismos y un sudario/ vaporoso los vela: justo eso/ saben todos los hombres del infierno. Luego miro a lo alto/ y hay unas brumas tristes: nada más/ podrá decir del cielo cualquier hombre. La niebla se ha extendido/ a mis pies, por la tierra: y así es,/ así de vaga es la opinión que uno tiene de sí mismo./ Aquí, sobre estas escarpadas peñas,/ yo como mucho sé —pobre, estúpido enano—/ que las estoy pisando. Todo lo que se encuentra mi mirada/ es niebla y precipicio. No sólo en esta cumbre,/ también dentro, en el mundo de mi mente’.
Es la traducción de Lorenzo Oliván para la imprescindible antología que reunió bajo el título Belleza y verdad, dos de los elementos igualmente enfrentados y buscados, incansablemente requeridos para los fines artísticos, continuadamente discutidos. ¿Puede sacarse lección alguna de los mismos? ¿Hay que aislarse de todos los condicionantes que se meten de por medio entre uno y otro a la hora de ejercer su gracia? La realidad siempre distorsiona su percepción, pero después los acaba justificando y tomando como indispensables. Nosotros sólo damos vueltas a sus alrededores y de ahí salen todas las expresiones culturales, que no son sino las mismas miradas que tenemos todos al observar este cielo o aquel infierno. A sus lados, quedan nuestras vaguedades.
Uno sabe que es pronto todavía para encenderse con ambiciones y propuestas, aun siendo desde lo reflexivo o la imaginación, pero son los primeros días del año los que empiezan de un modo muy similar al reflejado en el poema de Keats. Desde las ventanas de mi habitación, mientras hurgo en frases que puedan resultar atractivas o peculiares y ayuden a sacar adelante a este artículo novato, la luz se permite algún rescoldo más luminoso antes de volver a su uniformidad, a su gris que vela cada una de nuestras pisadas y no quiere encontrarnos, no de primeras, no hasta que hayamos entendido que esto, dentro y fuera, vuelve a ser otro precipicio desde el que admirarse en silencio y comenzar.