Los fastos del aniversario de la muerte del dictador han sido una pantomima que no ha servido ni para frenar el desplome del PSOE, como se ha comprobado en Extremadura y Aragón. Ahora llegan los comicios en Castilla y León y la nueva maniobra, anunciada como suele a bombo y platillo, se basa en desclasificar los archivos del 23-F, el fallido golpe de Estado. No es casual. Nada lo es cuando el presidente del Gobierno se enfrenta a unas urnas que no ha podido llenar con las papeletas de Koldo y demás compañeros de viaje de la banda del Peugeot. Pero a corto plazo, hasta el 8 de marzo, la maniobra más que esperpéntica es caricaturesca.
En el imaginario de Pedro Sánchez, la desclasificación sólo busca agitar los fantasmas del golpismo. Intenta que los votantes del PSOE, en especial los que han huido de la peste de la corrupción y las muchas violaciones, vuelvan a depositar su papeleta en la urna adecuada. No vaya a ser que Feijóo y Abascal se presenten a tiro limpio en el Congreso de los Diputados con tricornio y todo. No vaya a ser que, arrollados por un triunfo aplastante de la “derechona”, se esfumen los muchos avances sociales de los que alardea cínicamente haber conseguido el Gobierno progresista.
Y ante ese riesgo, ahora Sánchez ha echado el resto. Quiere resucitar a los golpistas del 23-F, no a los del 1-O, para amedrentar a los españoles. Pero lo inquietante trasciende las próximas elecciones autonómicas. La gran incógnita se esconde en las medias verdades de unos documentos que van a seleccionar a su antojo los sicarios de Moncloa bajo la batuta del gran jefe que, al borde del precipicio, rumia su gran venganza, prepara salir victorioso de una guerra que ahora tiene perdida. La de las urnas. No le basta agitar el censo con las papeletas de los descendientes de los republicanos exiliados y de los millones de inmigrantes nacionalizados a golpe de talonario. Pues, quizás, ni así le salen las cuentas.
Y es fácil sospechar que busque dar un golpe de verdad con la coartada de resucitar el intento de golpe del 23-F. Sin duda, los “investigadores” de la asonada van a airear nombres y situaciones a su antojo. Siempre, según su conveniencia electoral. Y Sánchez es capaz de llegar hasta el final, un final que se inventará con tal de enfangar a quienes pretenden echarle a patadas de La Moncloa. Y entre los señalados habrá de todos los partidos e Instituciones, incluso socialistas históricos. Hay que estar atentos las “exclusivas” escandalosas de los medios afines con el único propósito de castigar y vengarse de los rebeldes y, de paso, desviar la atención de las toneladas de basura que aplastan La Moncloa. Sánchez quiere que los españoles se olviden de los tejemanejes de Begoña Gómez y de su hermano. De las corrupciones de sus amigos y compañeros de andanzas. De los pucherazos que ejecutó para dirigir al PSOE. Hay que borrar la imagen de podredumbre que se cuela por todas las esquinas de Ferraz. Y nada mejor que propagar la falsa amenaza de que los fascistas del PP y Vox preparan una suerte de golpe de Estado para evitar que continúe un Gobierno progresista. Pero no hay que descartar que ahora el golpe tenga consecuencias. No se trata de desempolvar unos legajos olvidados. Pues detrás de esta maniobra se encuentra Pedro Sánchez, el mayor falsario de la historia reciente. Puede ser su último órdago para salvar el pellejo. Pronto sabremos hasta dónde es capaz de llegar con su último golpe.