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TRIBUNA

Algunos enemigos existenciales de los ciudadanos

jueves 05 de marzo de 2026, 20:18h
Actualizado el: 03/05/2026 21:43h

España está sufriendo un disparatado deterioro del sistema político que en caso de no detenerse destruirá tanto la Nación como el Estado, con las consecuencias, más trágicas que dramáticas, que para la sociedad podría provocar en el futuro. El sistema dominado por el progresismo es el responsable de que la sociedad sea incapaz de ver más allá de su perímetro corporal. Está yendo en paralelo al proceso descivilizador en Europa y, sobre todo, anticristiano, concretado en todos los órdenes y extendido a sus estructuras. Si el Gobierno está obligado a defender el éthos social, el Ejecutivo antiespañol se ha propuesto desmoralizar a la sociedad y provocar en la gente un profundo escepticismo, siendo uno de sus efectos la debilitación de las vivencias comunitarias.

El progresismo del Gobierno y sus apoyos no tienen interés en mejorar la condición de los ciudadanos mediante nuevas creaciones e innovaciones. Su plan se basa en generar unas actividades tan lesivas que destruirán los soportes que salvaguardan la vida humana. En su afán de degradar y hacer enfermar al cuerpo social, el progresismo ha puesto su máximo empeño en acabar con las convenciones y la racionalidad que contienen para su materialización. De igual forma se propone destruir las convenciones informales que en todas las épocas forman parte de las sociedades, caso de la lealtad, la fidelidad y la amistad. Las convenciones, es decir, las costumbres, las tradiciones, los precedentes, los usos, las disposiciones, las reglas, forman parte de las relaciones tanto sociales como intersubjetivas. Si desaparecieran, se acabaría con la guía de valores éticos, que son imprescindibles para que cada individuo sepa cuáles son las prohibiciones, qué estaría permitido y, con un margen más o menos amplio, las faltas socialmente tolerables que pueden cometerse. El Gobierno comunista también se apoya en otro progresismo más intelectualista, cuyo objetivo se basa en deshumanizar las relaciones sociales, para luego negar la naturaleza humana.

Las medidas tomadas por el Gobierno actual para acabar con las convenciones y dirigidas a erosionar los fondos más sólidos del orden establecido, son apoyadas por otro similar tipo de progresismo, los nacionalismos racistas. Ambos pretenden envilecer hasta el extremo el orden social. Ambos juzgan como enemigos existenciales a los ciudadanos que no se someten a sus directrices. Interesadamente tienen que hacer algunas concesiones a las exigencias ideológicas y aceptar el multiculturalismo, al objeto de crear un sentimiento humanitario de proximidad al extranjero que justifique el rechazo xenófobo a los otros españoles.

En la estrategia de destrucción de la Nación, el Gobierno respaldado por los filoterroristas, cuenta con el aval de una parte destacable de la sociedad, mostrándose orgullosos de que los pistoleros hayan asesinado a tantos españoles –humanitarismo terrorista--. En consecuencia, son demasiados los individuos que han tiznado su alma de máxima oscuridad, por lo que no cabe extrañarse que en su mórbido y degenerado espíritu estén apostando por la eutanasia política y renieguen del legado histórico para convertirse en poco tiempo en zombis alucinados,

El Gobierno colectivista en su plan de descomponer el Estado y limpiar de inteligencia política a los individuos, ha quedado abducido por la ideología woke, de la que se aprovecha el feminismo radical. Su odio al hombre se está utilizando como categoría política, con la finalidad de hacer efectivo su muerte. El feminismo, además de contar con el sostén de todo tipo de progresismo, se apoya materialmente en muchos varones que reniegan de su condición natural y que, en vez de defender la igualdad con la mujer, prefieren estar sometidos a ellas –autocastración por el género-. Un modo de preparar a la gente para llegar a la sumisión completa.

Para aplicar radicalmente el simplismo ideológico, el progresismo raramente tendrá la suerte de encontrarse con una Nación en la cual muchos de sus habitantes se odien a sí mismos –actualización de la leyenda negra por el colectivismo nihilista--. Esto explica por qué la sociedad aplaude las mentiras y la corrupción criminal de los gobernantes –miénteme, pero dime que me quieres-, y se muestre tan condescendiente con el robo del dinero público, que asume como actos de igualdad y solidaridad –transferencias de los explotados a los corrompidos políticos y demás adherentes-. Causa perplejidad que la mayoría de la gente legitime la transferencia de rentas y propiedades de la sociedad a los dirigentes y a los que viven del cuentismo ideológico.

Dentro del conjunto de conductas que pueden formar parte de la inmoralidad, fomentada por la partidocracia, no puede extrañar que cada vez suscite menos rechazo el cinismo y la hipocresía –abyectamente justificado con la frase, “cabalgar entre contradicciones”-. Y que, en la desestructurada sociedad española, siga creciendo el número de vagos de solemnidad y el absentismo laboral, en proporción parecida a la extensión de la mentalidad rentista y estafadora, por la dependencia de las subvenciones.

Así, no cabe extrañarse que muchos habitantes del Estado español voluntariamente acepten ser cobayas para toda clase de experimentos.

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