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AL PASO

George Orwell como pretexto

Juan José Solozábal
martes 10 de marzo de 2026, 19:59h

A mí, como a Ian Sansom en el Times Literary Supplement, me parece un momento oportuno releer a George Orwell. Pienso especialmente en sus reflexiones sobre el nacionalismo en The Lion and the Unicorn, escrito, como quien dice, bajo los bombardeos nazis en 1941. En esas páginas, Orwell ofrece una imagen memorable del patriotismo inglés como apego a lo propio: al territorio y a la gente con la que uno convive, que son, en definitiva, como nosotros. Es una idea que recuerda en cierto modo la concepción de España que encontramos en Galdós y que en otras ocasiones hemos evocado.

Orwell lo expresa a través de lo que llama “la escena inglesa”, que según él está “de alguna manera ligada a desayunos contundentes y domingos sombríos, ciudades llenas de humo y carreteras sinuosas, campos verdes y buzones rojos”. Pero el peligro de la guerra suscita en él también la conciencia de que esa identidad común exige superar las divisiones internas. Inglaterra, escribe, no solo está en guerra con Alemania: también lo está consigo misma. La clase dirigente inglesa se encuentra dividida y el propio pueblo inglés lo está en sus lealtades. Por eso el esfuerzo bélico debía convertirse en un momento de transformación moral y política: “debemos no solo defendernos, sino defender los principios de justicia e igualdad que asegurarán la supervivencia de una sociedad mejor”.

Quizá Orwell nos advertiría hoy que la cuestión de la guerra no puede convertirse en un motivo para insistir en la división de la sociedad española. Sin embargo, nuestro sistema político parece instalado con demasiada frecuencia en una confrontación irresponsable que alcanza, en primer lugar, a la propia clase política.

Deberíamos extraer al menos dos consecuencias de la naturaleza parlamentaria de nuestra democracia. La primera es la necesidad de utilizar el Parlamento como el lugar privilegiado para plantear las cuestiones más importantes de nuestra vida política. El Parlamento es el locus adecuado para tratar los problemas que nos afectan, especialmente cuando son graves o susceptibles de generar respuestas diferentes. No se trata solo de atribuir al Parlamento un papel de control del Gobierno, sino también una función de deliberación, argumentación y debate que permita anticipar la mejor solución posible. La democracia deliberativa no es únicamente la expresión de una relación de poder que el constituyente haya decidido inclinar a favor del Parlamento. Es, sobre todo, una garantía de acierto. El régimen parlamentario es el sistema más razonable (Hesse) porque obliga a ponderar los argumentos en torno a las distintas opciones disponibles y a optar, con fundamento, por la mejor de ellas.

Por eso no se trata únicamente de que nuestra Constitución no haya adoptado un modelo presidencialista. También significa que las dudas acerca de la habilitación parlamentaria para actuar en la escena política —pienso, por ejemplo, en la autorización al Gobierno para el envío de tropas prevista en la Ley de Defensa Nacional— deben resolverse a la luz de esta concepción exigente de la democracia parlamentaria.

Como hemos señalado tantas veces, la democracia parlamentaria no conduce necesariamente a una visión confrontativa de la vida política. Al contrario: el acuerdo compartido sobre los fundamentos del sistema debe conducir antes al consenso que a la confrontación (José Tudela). En este sentido, un consenso mínimo entre las fuerzas políticas debería traducirse en comunicación y en un esfuerzo por compartir posiciones en materias como la política internacional, donde la protección de los intereses nacionales debe prevalecer —al menos en sus líneas generales— sobre las legítimas discrepancias.

Vivimos un momento difícil en el que es preciso conducirse con extraordinaria prudencia, atendiendo ante todo a nuestros intereses nacionales y evitando el deslumbramiento —me atrevería a decir— por el fundamentalismo de los principios. Esa prudencia resulta especialmente necesaria en un contexto en el que la política estadounidense parece haber abandonado la orientación realista que, durante décadas, sostuvo su liderazgo internacional, un liderazgo cada vez más costoso de mantener tras las derrotas en Afganistán y otras aventuras desafortunadas como Irak.

Aquel internacionalismo contenido —el que describió Kennan— limitaba el papel de Estados Unidos a garantizar el comercio internacional, aceptar la existencia de zonas de influencia, promover instituciones multilaterales de paz y confiar en la diplomacia y en el prestigio de la democracia y los derechos humanos. Sin embargo, ese modelo ha ido debilitándose, entre otras razones, por la percepción de su frialdad moral y por las demandas insatisfechas de muchos países periféricos( S.E.Goddard en Foreign Affairs)

Hoy la situación internacional parece depender cada vez más de la voluntad, a menudo imprevisible y desequilibrada, del hegemón. En ese contexto, la respuesta española debería ser prudente. Conviene evitar un enfrentamiento explícito con decisiones que pueden resultar caprichosas, sobre todo teniendo en cuenta que nuestra propia trayectoria no presenta siempre una coherencia impecable: baste recordar el cambio de política respecto del Sáhara o decisiones anteriores sobre las bases en circunstancias no muy distintas.

En este escenario, cabe preguntarse por qué habríamos de despreciar el paraguas de la Unión Europea para protagonizar una línea propia que parece, cuanto menos, arriesgada. Como señalaba recientemente The Economist, en un mundo en el que el caos amenaza con convertirse en norma, la relativa sensatez de Europa posee un atractivo particular: aparece como un poder medio capaz de actuar como baluarte frente al desorden.

Es cierto que el engranaje europeo del consenso interno resulta a menudo lento y poco resolutivo. La necesidad de pensar las cosas dos, tres o incluso cuatro veces antes de actuar puede parecer una debilidad. Tal vez Europa sea demasiado lenta para resolver algunos problemas. Pero también es verdad que rara vez es la fuente de ellos. Y todavía, concluye nuestro periódico de referencia, hay algo que decir en favor de un poder que prefiere los libros de reglas a los cohetes.

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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