Me llegó la imagen el Viernes Santo: los armenios rezaban en la catedral de San Jaime, en Jerusalén, mientras sonaban las sirenas de la defensa antiaérea. En la oscuridad, su canto resonaba con una fuerza estremecedora. Así debieron de rezar los cristianos la víspera fatídica del último asalto sobre Constantinopla, cuando los otomanos hicieron sonar las chirimías y los cristianos repicaron las campanas en respuesta. Al día siguiente, el último emperador moriría defendiendo la Segunda Roma. Debieron de sonar así las voces de los armenios, en sus iglesias de piedra, durante los años terribles de las Matanzas Hamidianas (1894-1896) y el tiempo atroz de las masacres en Cilicia (1909). Así debieron de alzarse, en fin, las oraciones de los armenios -primer pueblo en abrazar la fe de Cristo en el año 301, antes incluso del Edicto de Constantino- cuando los otomanos trataron de destruirlos por completo durante el genocidio. El horror de nuestro tiempo resuena en las voces de esta nación heroica que sufrió una limpieza étnica en Artsaj entre 2020 y 2023. Los armenios oraban, una vez más, mientras sonaban las alarmas.
Sin embargo, los armenios saben que la Cruz es árbol que da fruto y trae vida. Los «khachkars», las bellísimas cruces labradas en piedra que los armenios llevan erigiendo más de mil años, reflejan esa enseñanza. De los brazos brotan flores, ramas y frutos que lo envuelven todo como si de ese recuerdo del Gólgota que la Cruz representa naciesen un nuevo Edén y una nueva vida. En esas cruces hay un misterioso recordatorio de que Cristo hace nuevas todas las cosas y de que nunca defrauda a quien toma su cruz y lo sigue. Los armenios, crucificados en la Historia, cantaban y rezaban en la noche en que Cristo ha sido prendido, torturado y crucificado. Las sirenas, mientras tanto, sonaban.
De todos los lugares de Jerusalén, la ciudad tres veces santa, ninguno me conmueve como el Barrio Armenio, según se entra por la puerta de Jaffa a la derecha. De todos los lugares que el Santo Sepulcro ofrece al palmero -que es como se llama el peregrino que va a Jerusalén- ninguno ofrece la vista sobre la Anástasis que brinda la sacristía de los armenios, elevada sobre la Rotonda del Sepulcro vacío. Todos los lugares del Santo Sepulcro me impresionan, pero busco refugio en la capilla de Santa Helena, silenciosa y retirada del murmullo incesante que rodea este templo único en el mundo. Es entre sus muros donde encuentro el silencio necesario para que Cristo resuene, para tomar consciencia de que ya no está aquí, de que resucitó y de que no se debe buscar entre los muertos al que vive. Nadie puede dar mayor testimonio de esa vida que la vida de los armenios de Jerusalén, que resisten en un clima cada vez más hostil.
El Rossing Center for Education and Dialogue publicó el pasado mes de marzo un informe sobre ataques sufridos por cristianos en Israel y Jerusalén Este en 2025. De los 155 casos de ataques contra personas y propiedades que recoge el informe, 41 de ellas se dirigieron contra los armenios. Por lo general, los autores son extremistas judíos. El informe señala que «Los clérigos de zonas como el Monte Sión y el barrio armenio informan de que el acoso se ha convertido en algo tan habitual que salir a la calle conlleva un riesgo casi seguro de sufrir agresiones». El informe advierte que no se trata de toda las «sociedad judía ortodoxa» pero sí manifiesta preocupación por el alto número de denuncias archivadas y la sensación de que denunciar es inútil. «Esta combinación de hostilidad normalizada y consecuencias limitadas crea un entorno propicio en el que los autores se enfrentan a una disuasión mínima».
Quizás por eso, por esa vida difícil que afrontan los armenios -cuyo barrio mismo está hoy en peligro por una controversia algo oscura en relación con una operación inmobiliaria- esta Pascua de Resurrección me siento especialmente cercano a ellos. También los armenios de Irán viven bajo la amenaza de las bombas, también ellos habrán estado rezando de noche bajo las bombas y también ellos celebrarán la Resurrección de Cristo pidiendo que el Señor traiga la paz a esta tierra tan castigada ya por la violencia.