Los intelectuales “nostálgicoderrotistas”, nos culpan y riñen por nuestra torpe elección de políticos; pero la plebe, el pueblo, “la gente”, como nos llaman, ahora, los que no se creen tal, que no tenemos sus ebúrneas bibliotecas, ni el tiempo para permanecer en ellas, sacando lustre a nuestro intelecto, estamos indefensos ante los demagogos,
Para los griegos eran “los guías del pueblo”; pero, hoy, son los que manipulan la opinión pública, para obtener su apoyo, utilizando emociones, prejuicios y falsas promesas, en lugar de argumentos racionales,
Amigos, el demagogo es un experto del engaño y de la seducción y “la gente”, somos campo abonado para su actividad. La historia de la humanidad es la del manejo de “la gente”, no con razones, sino con emociones y sentimientos. Acordaos de los Terraplanistas para saber hasta donde se puede llegar. Y no entro a contaros las curiosas doctrinas de las miles de religiones, sectas y sectillas, que han existido a lo largo de la historia.
He aquí algunos demagogos celebres.
Moises, muy de actualidad, aunque vivió hace milenios. Tuvo a las tribus de Israel, dando vueltas por el desierto, durante cuarenta años, moldeándolas a su gusto, hasta llevarlas a apoderarse de la tierra de los palestinos. Trabajo que, mira por donde, todavía no han acabado, aunque están en ello.
Un verdadero artista del asunto que, a mi me cae muy simpático, es Marco Antonio. Con su “pico de oro” fue capaz de conducir a la masa en dos direcciones opuestas, en el mismo discurso. Primero enalteció, como héroes, a Bruto y compañía, asesinos de César, por haber librado a Roma de un tirano y después, les echo la masa encima ensalzando a Cesar como conquistador y benefactor. Amigos, eso es “hacer faena” con la izquierda y con la derecha.
Entre los comunistas, inasequibles al desaliento hay, siempre, grandes ejemplares, que pretenden, mediante la sectorización, forjar un hombre nuevo, al que llevar a un mundo sin envidia……porque no queda nada por envidiar.
Acordaos de Lenin y Stalin, los inventores de “la cosa”, fabricantes del Homo Sovieticus, producto humano de laboratorio, caracterizado por su adoctrinamiento, sumisión al Estado, desprecio por el individualismo y mentalidad colectivista. Tuvieron que poner un muro para que la gente no escapase del paraíso comunista.
Su fiel seguidor, Fidel Castro, sembró “la idea”, con tal férrea disciplina, que los que, todavía, quedan en la isla, maniatados por la doctrina, se mueren de hambre, pero no salen a cultivar los campos.
Acordaos de aquel “visionario”, Mao Zedong. Arrastró a China al “Gran salto adelante” y la llevó a una pobreza tal, que fue un “salto mortal”, que produjo una de las mayores hambrunas de la historia de la humanidad.
Con lo fácil que es. “Solo” crear riqueza. Su sucesor Deng Xiaoping, con su sencilla fórmula, “No importa si el gato es blanco o megro, lo importante es que cace ratones” ha llevado a China a donde está.
Y Adolf Hitler renunció a conseguir el poder democráticamente. Perpetró, en 1923, un golpe de estado, que fracasó y le llevó a la cárcel. Pero, allí, planeó un nuevo intento, esta vez apoyado en el más eficaz demagogo del siglo XX, Joseph Goebbels.
Su escenografía y la piedra angular de su filosofía, “Una mentira, repetida mil veces, se convierte en verdad”, junto al magnetismo indiscutible de Hitler, consiguió arrastrar, no solo a las masas, sino a las mentes más preclaras. Y hasta a el mismo. Al final se suicidó, con su mujer, después de matar a sus seis hijos. La monda.
Y ahora, la actualidad, no nos da grandes figuras de la cosa; pero si ratoncillos demagógicos que, por los infinitos medios de comunicación, corroen nuestros tejidos democráticos.