Qué caso tan excepcional, en todos los sentidos, el del poeta Pedro López Lara. Se trata de un caso digno de estudio, ya que posiblemente no haya uno igual en toda la historia de la literatura española: un poeta inédito que en torno a sus sesenta comienza a publicar poemario tras poemario, llegando a alcanzar un total de catorce títulos en edición exenta en solo cinco años. Y, además, los publica en editoriales de prestigio como Renacimiento, Hiperión o Huerga y Fierro. Pero no solo eso: publica aparte dos antologías de su poesía, una en Reino de Cordelia, El íntimo cuchillo, y otra, Por arrabales últimos, en Renacimiento. En esta última editorial, además, publica ni más ni menos que un volumen de más de 600 páginas que recopila toda su poesía completa.
Teniendo todo esto en cuenta, pareciera que la poesía gozase de una salud comercial tan buena que permitiese a los editores publicar libros a porrillo, solapando publicaciones del mismo autor. O que Pedro López Lara les hubiese hecho una oferta que no podían rechazar... En cualquier caso, bromas y cuestiones crematísticas aparte, solo puedo elogiar a los editores que han decidido publicar a este extraño poeta. Después de leer, Arcén (Renacimiento, 2025), título que lleva la poesía reunida de esta rara avis de la literatura española, siento que he disfrutado de la obra de un clásico vivo.
Y sí, sé que puede sonar excesivo, pero es que López Lara no es un poeta más, uno que maneja los acentos y que conoce la estructura del poema. Para esos ya sabemos lo que hay. La meta es el olvido, decía Borges, y ellos han llegado ya, en concreto al día siguiente de recibir las felicitaciones de rigor tras su septuagésimo galardón en no sé qué premio de provincias. El autor del que vamos a hablar hoy es otra cosa.
Pedro López Lara, para empezar, tiene un profundo conocimiento de la tradición. Su poesía tiene un tono moral muy evidente que nos recuerda a los libros sapienciales de la Biblia, como el Eclesiástico o el Libro de la Sabiduría, o a poetas como Cavafis, Cernuda, Brines o Benítez Reyes —estos tres últimos siguiendo la estela del poeta alejandrino. Así, el tono de su poesía es grave, severo, contenido, áspero. Y este tono se acomoda a la perfección al ritmo: un ritmo endecasílabo que suena bien, pero duro; nada melodioso como corresponde a poetas hímnicos como Eloy Sánchez Rosillo. López Lara emplea los acordes justos para transmitir de forma clara y tajante lo que quiere decir. Sin alharacas ni adornos léxico ni musicales. Significante y significado siendo uno, indistinguibles.
Así, el poeta se imbrica dentro de una tradición, pero no como un mero epígono. De hecho, en muchos poemas de Brines o Benítez Reyes, vemos una extremada cercanía con Cernuda o Cavafis. Son poemas, claramente, escritos impostando una voz que no es la propia, acercándose demasiado a los maestros. En el caso de López Lara, esto no sucede. El poeta logra sonar exclusivamente a él mismo. Con la música de su verso y su dicción enjuta, cruda, logra transmitir lo que desea.
Pero, ¿a qué se acomoda esa música justa y necesaria, áspera a veces como su contenido?, ¿qué verdades desvela ese tono severo, esos endecasílabos rotundos escritos como en piedra, semejando casi nuevos fragmentos de los libros sapienciales bíblicos? Básicamente, lo de siempre: el paso del tiempo, la muerte, la vejez, el desengaño ante la vida… Los grandes temas de siempre, sí; pero tratados de una forma personalísima, insólita en un poeta de su edad. Como Javier Salvago, que no ha hecho de su vejez una época para enaltecer los cotidianos rompimientos de gloria, Lara asume en su poesía la vida como una empresa abocada al fracaso, problemática y llena de dolor; un cuento de ruido y furia contado por un idiota. Sin embargo, en esta voz poética hay serenidad. No hay dramatismo, sino aceptación. Por lo que el tono es contenido, pese a que las verdades que transmite son radicales y terribles: “En adelante viviremos / ya para siempre así: seremos náufragos que ignoran / a qué desastre han sobrevivido, / qué fue lo que se hundió sin ellos”. O aún mejor: “Qué sentirá mi padre muerto al enterarse / de que he muerto. / De que soy como él y nada ya nos une”.
López Lara es el doctor que, en pocas palabras, sin adorno alguno, te dice que te quedan dos telediarios: palabras frías, pero también justas que hacen que te asomes al abismo. Una poesía que hiere, que ataca directamente a la línea de flotación de nuestra condición humana.
Son tan duras las verdades que esa voz poética posee que esta se siente muerta en vida, como vemos en “Muerto en pie”. Como decía otro poeta del desengaño, Manuel Machado: “Lleno estoy de sospechas de verdades / que no me sirven ya para la vida / pero que me preparan dulcemente / a bien morir”. Solo que, para hablar de la poesía Lara, habría que eliminar ese “sospechas”. Aquí no se sospecha nada; se sabe.
Y es que ahora uno es un muerto en vida, pero antes de llegar a ese punto, se estuvo vivo, radiantemente vivo: “Hay algunos recuerdos / donde es mejor no entrar. / Callejones oscuros habitados por sombras que usan nuestros rostros, que se ríen / como reíamos nosotros. / Desolados salones de juego en que se hacían / apuestas demasiado altas./ Historias insolventes pero inscritas / en las impúdicas entrañas / de un animal que se llamaba vida [...]”. A menudo, la metáfora que emplea para referirse a ese tiempo pretérito, muy lejano, donde existió la vida es el fuego. Es recurrente en muchos de los poemas. Un fuego que tenía mucho que ver, como en Salvago o en Manuel Machado, con la juventud. La juventud como paraíso en lugar de la infancia: “El tiempo ardía. Yo lo vi. / Estuve allí, los ojos fijos en la llama, / todas mis manos afincadas en el fuego. // Oídlo bien, diurnos: / la noche ardía y yo no huí”.
Un tiempo que ardía, momentos “de endiosado fulgor, difíciles / de evaluar después, cuando sabemos / que toda ruina al fin es solo el séquito, / más duradero que él, de un resplandor”. Parece querer decir —solo que desde una imaginería barroca: las ruinas— aquello otro que en Ars Moriendi dijo Manuel Machado: “Era un agua que se secó, /un aroma que se esfumó, / una lumbre que se apagó… // Y ya es sólo la aridez, / la insipidez,/ la hez…”.
Y es que las concomitancias con el mayor de los Machado son muy claras. No solo por ser ambos poetas del desengaño, es decir, poetas dedicados a cantar el naufragio de lo que fue una vida plena, poetas de las ruinas, sino que, además, uno de los libros de López Lara se titula “Museo” como aquel primoroso catálogo de cuadros de obras maestras del Museo del Prado que compuso el mayor de los Machado. En este caso, eso sí, López Lara amplía los temas de Machado, no dedicándose tan solo a describir obras pictóricas de una de las grandes pinacotecas del mundo (“El Cristo de Velázquez”, La Adoración de los magos”…), sino que las descripciones, retratos y écfrasis lo son también de obras literarias (“La Celestina”, “Oda Marítima (Pessoa)”), de figuras de la mitología (“El desconcierto de Narciso”, “Iliada, XXII”), y también del mundo del cine: “Casablanca (1942)”,”El Padrino (1972)”... Como muestra dejo este poema en verso libre, que es a su vez una lúcida interpretación de la obra del pintor Edward Hopper: “Mundos míticos, esenciales, / reflejos íntimos en un país estruendoso, / concentraciones de soledad y silencio, trastiendas presenciales y sin horizonte. // Gasolineras, bares esquinados, / en los que todos hemos incurrido, / inquietantes, góticas mansiones, / pausadamente terroríficas, / habitaciones de un hotel y una carta, / cuyo contenido, sin entrar en detalles, es obvio. // Y ya al final —más allá del final— / esa imagen postrera / de falsos veraneantes, / de desiertos que simulan ser playas”.
No sé si os he convencido de que López Lara es un clásico vivo. Quizá no; probablemente me equivoque, pero de lo que estoy seguro es de que la poesía de López Lara tiene todo lo que tienen los clásicos: una voz absolutamente reconocible, conocimiento de la tradición, originalidad expresiva y buena parte de los atributos que Harold Bloom menciona en El Canon Occidental. Pero, por encima de todo eso, este poeta, Lara, nos habla a cada uno de nosotros, logrando que nos reconozcamos en sus palabras. Y lo hace —y lo hará— cualquier ser humano; sin importar época o cultura. Tal como aspiraba Juan Antonio González Iglesias en su “Ars poética”: “Solo aspiro a que alguien / (no necesariamente en el futuro) / en alguna cultura muy antigua / me comprenda”. Esto es lo que consigue López Lara: una poesía absolutamente inclusiva. Es decir: para el ser humano. Venga de donde venga, sea de donde sea. Porque todos, hombres o mujeres, blancos o negros, somos pasto del dolor, del tiempo y de la muerte. Eso logra la poesía de López Lara; eso logran los clásicos.