Al caer el muro, como cayó el de Berlín, Pedro Sánchez ahora se refugia en “la trinchera”. El muro siempre fue un ardid propagandístico que logró polarizar, dividir a los españoles entre los votantes de la derecha y los llamados “progresistas”. Pero se desmorona irremisiblemente con los batacazos del PSOE en todas las elecciones. La trinchera es la última metáfora que se ha inventado en su nueva deriva para salvar el pellejo y erigirse en el líder mundial de la izquierda radical que sólo le ha servido para hacer el ridículo en el mundo y ser excluido de los foros internacionales por sus delirios geopolíticos. Y para salir del ostracismo se le ha ocurrido organizar una irrelevante cumbre en Barcelona con algunos dirigentes comunistas que de nada servirá para esa paz con que se llenan la boca. Porque ni van a parar la guerra de Irán, ni ninguna otra. Se trata, más bien, de pura verborrea contra “la ultraderecha” desde esa nueva trinchera. Otra metáfora de Sánchez para sacar la cabeza del fango de la corrupción en el que chapotea sin remisión. Porque, en verdad, ni Lula, ni Petro ni nadie se atreve a plantar cara al presidente norteamericano, como se ha comprobado tras la captura de Maduro que les ha obligado a poner sus barbas a remojar antes de caer como su vecino venezolano. Los presidentes de Brasil y Colombia, sin ir más lejos, se han plegado a los deseos del “emperador”, han reculado y, ahora, callan. Se limitan a actuar como bolivarianos y, como dice Díaz Ayuso, “ni siquiera defienden la democracia en Venezuela”.
Acompañan a Sánchez en su espectáculo “progresista” barcelonés y se abrazan al presidente español para disimular. Pero no es más que una performance. Dicen “fortalecer la democracia frente a la ultraderecha” y mantener sus “principios” comunistas, lo que es una incongruencia, pues el comunismo, como el fascismo, desprecia la democracia. Mientras, Sánchez se abraza con alharacas a los terroristas iraníes y a los antisemitas para que el PSOE acapare los votos de la extrema izquierda española, en desbandada por las patochadas de Yolanda Díaz y compañía.
La cumbre progresista no es más que un espectáculo a imagen y semejanza del presidente español, que dice situarse en el “lado correcto de la Historia”, que para él no es otro que su sillón de La Moncloa. Ese es su lado preferido, donde ahora se esconde para defenderse de esa mayoría de españoles que le abuchean cuando pisa la calle, hartos de tanta mentira, de zafarse de su responsabilidad en la corrupción, de su apatía ante la dana, de su estupidez ecologista que provocó el gran apagón o de sus recortes en el mantenimiento de la red ferroviaria que provocó la muerte en Adamuz, mientras despilfarra el dinero de todos los españoles en cientos y cientos de asesores y , sin ir más lejos, en invitar a Barcelona un grupito de dirigentes comunistas para cacarear. Y de despedida, el líder español, que mantiene el poder gracias a los herederos de los terroristas de ETA y de los golpistas catalanes, ha dado otra muestra de su talante antidemocrático al declarar que actuará “con toda la fuerza del Estado contra el pacto entre el PP y Vox”, los partidos que le han aplastado en las urnas limpiamente y por una abrumadora mayoría.