El ditero o el fiasco de los grandes sistemas
José Manuel Cuenca Toribio
lunes 22 de diciembre de 2008, 21:33h
Ha desaparecido del autobús que, muy de tarde en tarde, le llevaba al centro de la capital o le retornaba de él. En todo tiempo encorbatado, vestía con dignidad los dos raídos trajes con que afrontaba indumentariamente el paso de las estaciones. Sin abrigo ni gabardina, un paraguas de vagabundo le acompañaba los días de lluvia. De complexión fornida, un bigote cuidado y unos ojos perdidos y bondadosos eran las notas más destacadas de un cuerpo que acumulaba, evidenciándolo, un enorme cansancio y del que se desprendía un halo de noble soledad.
Una reluciente, por el uso, cartera en banderola ponía en pista sobre su oficio, que no podía ser otro que el ditero o cobrador de recibos. Su admirado observador se inclinaba por éste, no sólo por la simpatía que el personaje le provocaba, sino también por otros indicios más seguros acerca de su trabajo; aunque de estar equivocado, tampoco le suprimiría su estima; ya que un ditero trotacalles y sexagenario revela una necesidad, más que un vicio o una pasión aurívora.
¿Se habrá “jubilado” por imperativo de sus articulaciones? ¿Estará muerto? ¿Cómo se llevará a cabo el despegue hacia el salto definitivo de una existencia mísera y esclavizada por obtener la simple subsistencia? De saber que sus pensamientos anduviesen por los senderos de la reivindicación más extrema, su ocasional contemplador experimentaría cierta sorpresa, pero no muy excesiva, desde luego: los hombres de paciente sufrir suelen tener una elevada temperatura interior. Mas a pesar de ello, aquél no dudaría por apostar por una opción ideológica más templada e, incluso, por su indiferentismo en la materia, aunque esta última suposición quizás fuese demasiado aventurada. No se comienza a patear, un día sí y otro también, una ciudad de clima continental a la búsqueda de sustento sin que el cerebro permanezca alertado y la esperanza, cualquier clase de esperanza, no aflore por un instante.
Mas para el caso, da igual. De haber depositado su confianza y sueños en la doctrina comunista su derrumbe moral habrá sido completo. Tras “un viaje de setenta años por el país de la nada”, como rezaban algunos carteles moscovitas mese antes de que la perestroika se viese ante la hora de la verdad –dar de comer y beber a cerca de trescientos millones de rusos-, ninguna redención o paraíso cabe otear por esa vertiente. El espectáculo espectral o casi de la otra no le habrá conducido a un pesimismo menor. Si toda una vida laboriosa y honrada no permite atesorar un capital mínimo de seguridad y bienestar el sistema que entroniza el beneficio como palanca clave y dios mayor no puede dar lección de humanidad a ningún otro por eficaces que sean sus mecanismos darwinistas y su capacidad de generar y distribuir riqueza.
Aplastadas así por el peso de una doble frustración e impotencia, muchas vidas se aprestan en las naciones occidentales a despedirse de este mundo sin obtener apenas ninguna de las comodidades y logros sociales y económicos que el capitalismo dejara sin duda a sectores cada vez más crecientes, No obstante la loa de sus corifeos, al velocidad del progreso nacido del sistema es lenta y, con gran frecuencia, provocadora de penas y desastres en otras parcelas de la tierra, habitadas por gentes de carne y hueso. El drama, sin embargo, no concluye aquí. Por muchas décadas, acaso siglos, el capitalismo seguirá manifestándose como la senda más expedita para la consecución de la menos mala de las sociedades y también acaso, de las convivencias.