
9.9/10
Hablar de obras maestras del cine es arbitrario, cada uno tiene la suya y a menudo no coinciden. Creo que Casablanca podría ser una de esas pocas películas unánimes, porque lo tiene todo: amor, intriga, humor, aventura, amistad, atmósfera, traición. Además, se vale de una serie de actores —tanto los principales como los secundarios— en estado de gracia, de un guion que roza la perfección y de una dirección técnica extraordinaria. Dicen que su éxito se debió precisamente a una espontaneidad derivada de la improvisación y que no se preveía en absoluto la tremenda fama que tuvo. Son tantos los aspectos destacables de esta maravilla del cine, de esta película universal que engrandece y sublima el séptimo arte que necesitaría un libro de cientos de páginas para contarlos. Pero no tengáis miedo, iré ir al grano.
Es difícil juzgar una obra que tiene ya 84 años, especialmente si es la tercera mejor película de todos los tiempos según el American Film Institute y el mejor guion de todos los tiempos según el Sindicato de Guionistas de Estados Unidos en 2006. Basada en la obra teatral Everybody Comes to Rick’s (Todos vienen al café de Rick), de Murray Burnett y Joan Alison, Casablanca se filmó en el año 1942 en los estudios de Warner Brothers en California, en plena guerra mundial. Lo que inicialmente intentó ser una película de propaganda se les fue de las manos, especialmente al ganar los Oscars a mejor película, mejor director (Michael Curtiz) y mejor guion adaptado (Julius J. Epstein, Philip G. Epstein y Howard Koch) al año siguiente. Costó un millón de dólares y recaudó siete en salas. De salida no fue un gran éxito, fue una película que creció lentamente y que nunca ha parado de crecer. Si la analizamos desde una perspectiva histórica o realista —craso error para cualquier obra de arte— lo que allí se cuenta es absurdo. El salvoconducto por el que todos pelean no tiene más valor que el que esos nazis le quisieran dar, es decir, ninguno, y a Viktor Laszlo (Paul Henreid) le habrían detenido en el Rick´s Café nada más verle y luego le habrían asesinado tras torturarle de manera infame. Partiendo de esa premisa imposible y deliciosa, Curtiz desarrolla toda una maestría en los diálogos, con especial énfasis en la figura de Richard «Rick» Blaine (Humphrey Bogart) que demuestra un cinismo que en sí mismo es puro arte. Y es que los diálogos son los grandes olvidados, cuando suponen a menudo la mayor carga real de contenido, superando por momentos a la propia fotografía. El argumento se podría simplificar hasta el límite si lo restringimos a un triángulo amoroso cuyo vértice es Ilsa Lund (Ingrid Bergman), con dos ángulos bien distintos, uno ocupado por la fraternidad casta con Laszlo, y otro por la pasión desbocada con Rick. Esa pasión tiene su recompensa argumental cuando los espectadores contemplamos, atónitos, que Rick no es como nosotros —sí, seamos realistas, todos nos habríamos escapado a Lisboa con Ingrid dejando tirado al pelma de Laszlo— y ayuda a huir a la pareja, quedándose con el sarcástico capitán Renault (Claude Rains) como plato de consolación mucho menos sugerente. Pero así es la vida, y donde unos ponemos pasión, otros ponen épica y pasan a la historia del cine mundial. Porque los amantes de la belleza somos millones, pero los héroes solo unos pocos. Cuando el bien superior entra en escena, los humanos nos hacemos pequeños y nos embobamos viendo esos sacrificios solo aptos para expertos. Ahí radica uno de los magnetismos de Casablanca. Otro es la relación entre Bogart y Bergman. Ella desde su altura (veinte cm. más que Humphrey, lo que le obligaba a usar una banqueta compensatoria) irradiaba una luz —forzada por la fotografía— que impactaba contra la cara cínica de él y endulzaba su mueca habitual. Porque bajo esa máscara dura iremos descubriendo a un idealista sensible.
La gran mentira del cine
Casablanca es una ilusión extraordinaria, una mentira fabulosa que todos deseamos creer. No solo porque nada tiene que ver con la realidad de su tiempo, sino porque recrea algo inexistente que nos hace sentir a todos que es cierto y lo sublima con mil detalles. Pero nada en ella pertenece a la realidad, más bien es un proyecto diseñado para beneficio de la imagen de los aliados en la SGM, como todas las películas de esa época. El alma del film es el Rick´s Café, donde todo ocurre, ya que en origen era una obra de teatro. El diseño de producción de Carl Jules Weyl es inigualable y nos traslada a una ciudad de cuento árabe con más alma oriental que la auténtica Casablanca. Ese escenario va a servir para el viaje de redención y perdón de Rick, nuestro cínico de corazón blandito.
Algo extraño de esta película es que es una de las pocas producciones Serie A de la época que se rodó sin tener el guion completamente definido. Fue Curtiz quien sobre la marcha fue adaptando el material de que disponía y eso en vez de jugar en su contra juega muy a su favor, porque le da una frescura que era muy extraña en los años cuarenta. Hay algo intangible en su continuo secuencial, una suerte de improvisación, una energía que llena de vida los planos, como si la indefinición del contenido ayudase a que la historia se volviera más emocionante, más impredecible. No olvidemos que de inicio casi podría ser una comedia, aunque luego entran inesperadamente la épica, el amor y la aventura. La relación entre el gemebundo Ugarte (Peter Lorre) y Rick y los diálogos que intercambian al comienzo son realmente maravillosos. «Rick, tú me desprecias, ¿verdad?» «Si alguna vez pensara en ti, probablemente lo haría».
El final de Casablanca no quedó claro. El que conocemos se rodó un mes después y Bogart puso su voz a ese nuevo epílogo y añadió esa frase tan conocida cuando los dos cínicos reconvertidos en héroes caminan juntos por el aeropuerto: «Louis, presiento que este el comienzo de una gran amistad». Haciendo honor al encabezado del párrafo, hasta en eso nos mintieron pues ese no era el final. Hubo varias opciones, en una de ellas ambos iban a Brazzaville y allí continuaban la guerra con los nazis, en otra Bogart se iba con Bergman y dejaban tirado a Henreid e incluso en alguno de los bocetos se barajó que uno de los dos muriera. Lo único cierto en cine es lo que llega con el montaje decidido por el director, por mucho que se rueden escenas contrapuestas, y muy especialmente cuando el guion se escribe sobre la marcha. Y nuestro final es feliz y triste a la vez.
¿Qué hace tan especial a Casablanca?
Esta es la pregunta del millón, y yo no tengo más que vagas ideas que mis inteligentes y cultos lectores aprobarán —o no—, porque todos ellos habrán visto la película. Mi idea es que Casablanca es tan fundamental porque combina innovación cinematográfica, fuerza emocional, contexto histórico y un impacto cultural que ha perdurado más de ochenta años. Nada está puesto al azar: cada objeto, cada sombra y cada gesto tiene un peso que va más allá de la trama romántica. Es uno de esos raros casos en los que una película funciona a la vez como obra artística, documento histórico y mito cultural, sabiendo que de histórica no tiene nada, pero sí de retrato de una época, y refleja de forma directa la tensión política del momento: refugiados, resistencia, nazis, neutralidad, sacrificio, heroicidad, cobardía, etc. Esto le dio una relevancia inmediata y la convirtió en un símbolo del espíritu antifascista. La película además estableció estándares narrativos que influenciaron a generaciones de cineastas. Frases como «Tócala otra vez, Sam» (no dijo eso, pero así la hemos imaginado y recordado y así queda) o «Siempre nos quedará Paris» se convirtieron en parte del imaginario universal. Por otro lado, Rick Blaine, Ilsa Lund o el capitán Renault son iconos del cine clásico. Las interpretaciones de Bogart y Bergman son consideradas las más influyentes del Hollywood dorado, inagotables para generaciones venideras y pasadas, esenciales.
La técnica
Cuando una obra llega tan lejos, siempre hay cerca técnicos/artistas que obran el milagro. La fotografía en blanco y negro de Arthur Edeson es parte fundamental de la magia de esta película. Edeson utiliza iluminación con sombras profundas y haces de luz que atraviesan el espacio. Consigue ambientes cargados de tensión moral, sombras simbólicas que reflejan dilemas internos de los personajes y escenas llenas de misterio. La fotografía trabaja en armonía con el constante humo de pitillos y la iluminación, incluso con la música. Todo esto crea un ambiente envolvente y teatral.
La música de Max Steiner consolidó un estilo que marcó época. La banda sonora es uno de los elementos que más contribuyó a su universalidad. Es un precioso puente entre personajes, combinando la canción As Time Goes By con la partitura sinfónica de fondo de Max Steiner, uno de los padres de la música de cine de todos los tiempos. Con la música aparece otra gran mentira del cine. Dooley Wilson (Sam), era cantante y baterista, no pianista. En la película canta de verdad As Time Goes By pero no toca el piano: sus manos solo lo simulan.
Los símbolos internos
Pese a que sin duda Casablanca es una historia de amor, la película entera funciona como una metáfora del dilema moral de la Segunda Guerra Mundial: ¿Debo pensar en mí mismo o en la lucha contra el fascismo? Yo no soy de grandes causas, pero si todos fueran como yo, quizá ahora seríamos nazis. El primer Rick me representa a mí, al individuo desencantado que quiere mantenerse neutral y seguir con su vida y sus pasiones. Ilsa, y sobre todo Laszlo, representan la causa colectiva, la resistencia, la lucha por la libertad. El final simboliza que la neutralidad es imposible ante el fascismo. Ellos toman partido por la libertad y yo tomo partido por Bergman. En todo caso, sin duda la propuesta tuvo un gran impacto político en 1943, cuando USA comenzaba a ganar una guerra que pensaban no era suya.
Los famosos salvoconductos no son solo un reclamo argumental. Simbolizan la posibilidad de escapar del totalitarismo, la arbitrariedad del poder y la corrupción del régimen de Vichy. En ese mundo dominado por nazis y colaboracionistas, la libertad se convierte en un objeto negociable.
El piano de Sam es también un elemento emocional que conecta pasado doloroso con presente real en un bar donde hay todavía algo de esperanza, donde la música juega un papel crucial de paz. Esto se repite en otra escena cumbre de la película, cuando La marsellesa cantada por Laszlo se impone y ahoga el Die Wacht am Rhein cantado por los alemanes. Esa escena tiene la potencia emocional de ser interpretada por personas que en su vida real huyeron del nazismo y aunque eran de distintos países, ese himno universal les unió a todos porque representaba la libertad. Por eso es tan emotiva, incluso para estreñidos como yo.
Otro símbolo absoluto de esta película es la idea de que el amor verdadero implica renuncia y no posesión. Aquí es donde radica la idea más grande de Casablanca. Cuando Humphrey se quita la máscara nos la quita de paso a todos los espectadores.
Ojalá pudiera ver de nuevo esta película por primera vez. Ojalá no supiera tanto como sé sobre lo que va a ocurrir en la siguiente escena y fuera aún un descubrimiento. La memoria en este caso juega una mala pasada y mi único consuelo es que con cada nuevo visionado encuentro otros matices, otras frases o detalles que me dejan entusiasmado. Quizá estoy sugestionado por la historia, por la fama, por el glamour, por la grandiosidad de lo clásico, o quizá al igual que Rick mi nacionalidad es ser un borracho y de ahí la deriva. Sea lo que sea, esta película cada vez me gusta más.