9.0/10
Todos conocemos la Shoah y estaremos de acuerdo con que es el momento más aberrante de la historia de la humanidad, la primera vez que se puso en marcha una maquinaria industrial dedicada específicamente a hacer desaparecer de la faz de la tierra a un grupo humano entero por el simple hecho de serlo. Ha habido muchos genocidios, pero nunca uno tan perfectamente diseñado y con resultados tan exitosos. El director Steven Spielberg quiso ofrecer su visión de este holocausto en una película en blanco y negro filmada con una sensibilidad minimalista, donde no solo hay un extraordinario guion basado en una persona real, sino una puesta en escena, una construcción de decorados y una fotografía que nos llevan a esos campos y a ese sufrimiento extremo como si fuésemos parte de la historia, como si estuviésemos allí. La he visto varias veces y cada vez me cuesta más. Es de una dureza extrema, pero es que la realidad tiene ese precio. También porta un mensaje de esperanza al que no debemos ser inmunes.
Corría el año 94 y todavía íbamos al cine de manera habitual. En esa época iba no menos de dos veces la semana, y de la mayoría de lo visto no queda más que un vago recuerdo. En cambio, de esta lo recuerdo todo. La vi en los multicines de Las Rozas en primera fila, con el cine lleno, recién estrenada. Decir que es una película que conmueve lo más hondo que podamos tener en las entrañas es quedarse corto. Desde que tengo hijos mi empatía con el sufrimiento ajeno ha crecido de manera exponencial. Es inevitable ponerse en la piel de otros al contemplar la brutalidad en estado puro, y no solo la del sistema, también la individual, la horrorosa capacidad de disfrute haciendo un daño inmenso a otro ser humano completamente inocente, la capacidad de llevar la humillación al extremo, el dolor por el dolor. Entiendo que en esas condiciones es cuando el psicópata escondido tras la civilización sale a relamerse. Y me pregunto dónde están esos psicópatas ahora mismo. ¿Son nuestros vecinos? ¿Son nuestros parientes o amigos, nuestros compañeros de trabajo? Porque no me cabe duda que los alemanes de esa época no eran peores que nosotros, eran exactamente iguales, se trata más bien de una intoxicación social premeditada a la que posiblemente ninguna sociedad es inmune. Una vez elegida la víctima, aparecerán las hienas dispuestas a devorarla, y lo harán no por alimentarse sino por disfrutar de ese dolor tan profundo y deshumanizante al que se llega tras meses sin comer y siendo torturado diariamente. Arbeit macht frei (El trabajo os hará libres), decían con burla, pero quizá la única libertad posible fuera la cámara de gas. Entiendo que salir de ese laberinto una vez dentro es casi imposible.
La película
Oskar Schindler (Liam Neeson) fue una persona real, un nazi hedonista y vividor horrorizado por el devenir de la guerra y los campos de exterminio que vio que su cómoda y a la vez poderosa posición podría salvar algunas vidas. Como suele ser habitual, esos héroes no hacen más que una gota en el mar, pero pregunten a esa gota qué opina y entenderemos por qué son héroes. Como dice el anillo que le regalan al final del film con una inscripción del Talmud: «Quien salva una vida, salva al mundo entero».
Spielberg llevaba años queriendo contar su propia versión de la Shoah y encontró en esta historia su inspiración para hacer la mejor película de esa temática de todos los tiempos. Tristemente las películas sobre nazis son un género en sí mismo y esta es insuperable. La historia está basada en El arca de Schindler, del australiano Thomas Keneally, y su versión fílmica ganó siete Oscar, entre ellos mejor película, mejor director y mejor banda sonora. El guion llegó años antes a las manos de Spielberg pero no se vio con fuerzas para rodar y buscó otros directores como Pollack, Scorsese y Polanski, sin conseguir avanzar con ninguno de ellos. Al final, pasados los años decidió hacerlo él mismo cuando vio que el movimiento negacionista del holocausto comenzaba a tomar fuerza tras la caída del Muro de Berlín. El resultado es el que todos conocemos. Se decidió por el blanco y negro para darle un tono de documental histórico. La realidad es que Schindler salvó a más de mil judíos de los campos de exterminio empleándolos en su fábrica de esmaltes y municiones. Esta figura, ambigua en origen, usaba a los judíos como mano de obra barata. Pero cuando «sus judíos», como él los llamaba y como ellos mismos se llamaban, iban a ser trasladados al campo de concentración de Auschwitz-Birkenau, utilizó sus contactos con prominentes nazis, a quienes financió, derrochando su fortuna en sobornos, para «comprar» a sus trabajadores y salvarlos de la muerte.
Orígenes
La lista de Schindler probablemente nunca habría existido si el escritor australiano no se hubiera cruzado casualmente con Poldek Pfefferberg, uno de los judíos polacos de Oskar Schindler. A partir de este encuentro casual y de estos tesoros de archivo se escribió el libro El arca de Schindler, publicado en 1982, por el que recibió el prestigioso Premio Booker, que fue la semilla del guion de esta obra maestra.
El rodaje
El rodaje de la película, con un presupuesto de 23 millones de dólares, comenzó el 24 de febrero de 1993 en Cracovia y se prolongó hasta mayo, mientras el director ultimaba los efectos especiales de Jurassic Park en Los Ángeles. Spielberg ha creado algunas de las películas míticas de nuestras vidas, como En busca del arca perdida, E.T. o Tiburón, que le convirtieron en un virtuoso del cine (después hizo otra obra maestra, Salvad al soldado Ryan), pero aquí hay algo más. Aquí puso su alma descarnada en escena y por eso la película nos conmueve tanto. A nivel producción el despliegue fue inmenso y contó con la participación de 30.000 extras y requirió el uso de 18.000 trajes, al nivel de producciones del Hollywood clásico.
Spielberg ambientó esta monumental producción a pocos metros del verdadero Plaszów, en una cantera donde se recreó el campo de trabajos forzados creado tras la liquidación del gueto de Cracovia. Podría haber rodado en cualquier sitio pero quiso hacerlo allí mismo y se nota. El mismo lugar donde el SS-Untersturmführer Amon Goeth (Ralph Fiennes) desató todo su sadismo, crueldad y locura. Mediante sobornos, dinero y fiestas ostentosas, Oskar Schindler sobornó a oficiales de la Wehrmacht y las SS para expandir su negocio. Con el paso de los meses, fue tomando conciencia de la violencia infligida a los judíos y decidió salvarlos, invirtiendo toda su fortuna en comprar a esos nazis abyectos. No hace falta recrearme con un argumento que la mayoría de vosotros, mis siempre cultos lectores, conocéis a la perfección. Prefiero llevaros hacia las profundidades de la obra.
La película fue un enorme éxito de taquilla, recaudando 321 millones de dólares en todo el mundo. Cabe destacar que Spielberg se negó a cobrar un salario, porque consideraba que era «dinero manchado de sangre». Cuando el cine se convierte en emoción brutal, entiende que está rodando la película de su vida y abandona la ligereza de su obra del momento (Jurassic Park, en ese caso) para ofrecer un relato devastador de uno de los periodos más oscuros de la humanidad y nos deja un tenue hilo de esperanza en medio del horror. Un blanco y negro difuso, casi fantasmal, lleno de contrastes, una violencia latente e insoportable: Spielberg deja de jugar con la cámara (salvo en la controvertida escena de la ducha) y conserva únicamente la gramática cinematográfica que lo domina todo. Por primera vez en su carrera permite que los acontecimientos —escenificados con sobriedad— dicten las emociones. Visualmente, encontramos un característico trabajo de cámara realista y espontáneo que nos sumerge aún más en la historia y complementa el ya de por sí impresionante logro argumental. El resultado es un testimonio conmovedor que deja al espectador con la mente confusa, dividido entre una ira contenida y una vaga sensación de alivio por los que se salvan.
Estos son algunos de los puntos fuertes de esta obra maestra del cine: Un guion intransigente y lleno de patetismo de Steven Zaillian; una fotografía creada por Janusz Kaminski que mezcla expresionismo y neorrealismo con espléndidas tomas de Oskar parcialmente en la sombra que reflejan las paradojas del personaje; el virtuosismo y la precisión de una dirección que nunca busca deslumbrar, pero cuya sobriedad y simplicidad bastan para transmitir la horrible realidad; la conmovedora banda sonora de John Williams (sí, siempre él, es un genio absoluto también), que hace imposible no emocionarse con cada nota, con música solemne y austera que se ajusta al tema. Es remarcable ese violín que llora con la voz de aquellos a quienes les han arrebatado la voz, interpretada por el talentoso violinista israelí Itzhak Perlman.
La interpretación
Neeson está increíble. Interpreta al industrial codicioso, explotador e inconstante convertido en héroe empático, conmovido por la barbarie. Es un personaje fascinante, paradójico, ambiguo y profundamente humano. Ben Kingsley se sumergió tanto en su Stern que podemos llegar a olvidar que está actuando. Es discreto y reservado, y parte del alma fundamental de esta película. Stern cultiva la bondad humana, todo lo que hace es para ayudar a otros, nunca a sí mismo. Ralph Fiennes está también sensacional, creíble en esa figura repulsiva y a la vez atormentada, con un punto idiota y sádico mezclados. En cada escena en la que aparece nos incomoda y aplasta. Es especialmente sobrecogedora la relación con su criada Helen Hirsch (Embeth Davidtz), donde se produce la paradoja de estar a la vez enamorado y asqueado por amar a alguien a quien debe odiar porque para él es una rata. Su sadismo frío contrasta con un interior que es como un estercolero, tanto que podría llegar a dar pena (A mí no me la da, debe ser mi lado psicopático).
Hay una escena que todos recordamos de esta película que está representada por una pequeña niña vestida de rojo, siendo ese rojo el único color que destaca sobre un blanco y negro inquebrantable. Es un pequeño destello de belleza en esta película tan oscura, que inevitablemente vemos desvanecerse y morir después. Según el propio director, el abrigo rojo de la niña representa la inocencia, la esperanza y la individualidad de las víctimas del Holocausto. Esa niña también fue real, y a diferencia de la de la película sobrevivió y escribió un libro titulado La niña del abrigo rojo.
Otras consideraciones
Con cada película sobre el Holocausto, surge la misma pregunta: ¿Debemos ficcionar una realidad tan atroz? ¿Debemos relatar esa maldad con detalle, como una especie de pornografía del mal? Claude Lanzmann (Su obra cumbre es la película documental Shoah, considerada obra maestra mundial y se han consagrado a ella miles de artículos, estudios, libros y seminarios en las universidades del mundo entero) escribió: «El Holocausto es único porque erige a su alrededor, en un círculo de llamas, una frontera que no debe cruzarse, ya que cierto horror absoluto es intransmisible: pretender hacerlo es incurrir en la transgresión más grave».
Yo, al contrario que Lanzmann, diré que sí, que era necesario realizar una película sobre este tema, porque, si bien es cierto que cierto horror absoluto es intransmisible, eso no impide intentar contar la historia para que jamás se repita. Esta película permite comprender un horror que de otro modo no habrían percibido y que según vemos en los medios de comunicación actuales, de nuevo aparece un revisionismo inmundo que mezcla elementos actuales dispares para quitar hierro a esa obscenidad. Ojalá nunca en la historia vuelva a pasar algo así, de esa magnitud, con esos propósitos, con esa efectividad. Quiero pensar que algo hemos aprendido como especie.
Y por todo lo dicho, La lista de Schindler es una película necesaria. Es una ficción dentro de una realidad apabullante. A través de los ojos de un hombre lleno de contradicciones que pasó de la indiferencia a convertirse en un héroe y salvar a mil cien judíos, nos permite comprender el horror y a la vez nos demuestra que la esperanza puede surgir de las peores atrocidades. Es una película sobre el poder, el poder execrable de quienes lo utilizan para el mal, o el poder del cine como instrumento del recuerdo. Una película de la que saldrás abatido, enfadado, conmocionado, y también con esperanza en la humanidad; y con muchas imágenes flotando en la cabeza entre las que se encuentra la de un abrigo rojo, un destello trágico e inocente a la deriva en medio del horror.