No hace mucho, a mediados de mayo pasado, tuvo lugar un importante encuentro entre el presidente norteamericano, Donald Trump, y su homólogo chino, Xi Jinping. Fue una primera visita, en nueve años, del máximo mandatario estadounidense a la capital china. Una visita muy esperada en el mundo entero y especialmente en China: el presidente chino la bautizó como “histórica”. La verdad es que todos los focos políticos y mediáticos en aquel momento fueron centrados en esta reunión de los dos líderes mundiales.
El presidente norteamericano vino acompañado de unos 30 máximos directivos de las empresas más importantes de los Estados Unidos, unas multinacionales que representan las más avanzadas tecnologías planetarias. Lo que indicaba que el jefe de la Casa Blanca también tomaba muy en serio esa cumbre bilateral.
Todo esto ocurría en el momento de las altas tensiones políticas, económicas y comerciales entre ambos países. Y es lógico que todo el mundo esperaba de este encuentro directo entre Donald Trump y Xi Jinping unos resultados que servirían para rebajar el clima del enfrentamiento entre las dos superpotencias y, como consecuencia, una considerable distensión en el altamente inestable e inflamable panorama internacional.
Los expertos “gurús” en los temas de las relaciones internacionales aseguraban que cuando se producen unos encuentros al máximo nivel todo prácticamente está pactado, los documentos necesarios están preparados y los altos mandatarios sólo se reúnen para firmar y celebrar el acuerdo alcanzado.
Pero esta vez no sucedió nada parecido. No se firmó ni un documento, no se publicó ni un escueto comunicado protocolario, tan habitual en estas circunstancias, ni se organizó una conferencia de prensa de ambos presidentes al término de la visita. Lo único relevante y al alcance de los millones tele-espectadores en todo el mundo fue la fastuosa y espectacular recepción organizada por el presidente chino a su huésped norteamericano. Lo que prometía que el resultado de la visita estaría a un nivel no menos impresionante que su inicio. Pero, como hemos visto, no fue así.
¿Qué entonces hacían durante dos días seguidos unos magnates más importantes y más ocupados del globo en la capital china? ¿Era una visita de turismo? Pero muchos de ellos ya estaban, y no sólo una vez, en Pekín y otras ciudades más industrializadas de China. Seguro que de algo importante hablaban con sus colegas chinos. El propio Trump se estaba reuniendo todo el tiempo con su anfitrión. Xi, quien incluso le invitó a su residencia particular en un lujoso barrio pekinés, donde se alojan los más altos cargos del Estado y del Partido. Una distinción que en China se brinda a muy pocos invitados extranjeros.
Pero nada de esas supuestas discusiones ha salido tras las herméticas puertas de las amplias salas de reuniones del emblemático edificio del Gran Salón del Pueblo pekinés o de la vivienda oficial del presidente Xi. Esto significa que esa tan anunciada y publicitada visita del presidente de los Estados Unidos a China fue pensada por sus organizadores no para celebrar algún tipo de las “negociaciones” políticas y económicas, sino para un amplio intercambio de opiniones sobre el estado de relaciones entre las dos superpotencias y del papel que cada una de ellas puede y debe jugar en el enorme tablero mundial.
Es que desde que Donald Trump había llegado a la Casa Blanca, las relaciones entre los Estados Unidos y China se han tensado considerablemente como consecuencia de la política del presidente estadounidense, dirigida a reducir el enorme déficit norteamericano en el comercio con China. La Casa Blanca acusa a la administración del gigante asiático de poner todo tipo de obstáculos para la entrada de los productos norteamericanos en el mercado chino, mientras los Estados Unidos tienen totalmente abierto su país para la entrada de los productos y fabricados procedentes de China.
Para cambiar la situación, el presidente Trump subió los aranceles a las mercancías chinas que entraban en el territorio norteamericano y aplicó otro tipo de sanciones político-económicas al gobierno chino. Pekín contestó con sus propias represalias contra la administración norteamericana. Este intercambio de los golpes estaba durando casi un año y medio, hasta que ambas potencias se dieron cuenta de que sus economías, hoy en día, están tan fuertemente dependientes la una de la otra que el seguir poniendo obstáculos al comercio bilateral no favorece a ninguna de las partes y que ha llegado el momento de aclarar las cosas. Y no solamente en el ámbito económico, sino también en el político y geoestratégico.
Es que los Estados Unidos y la República Popular China, las dos potencias más poderosas del planeta, representan junto con sus aliados las dos formas de la organización político-económico-social totalmente opuestas y con una rivalidad y unos choques entre ellos inevitables. Por tanto, cuando estas tensiones adquieren unos niveles peligrosos del enfrentamiento directo, lo razonable sería intentar rebajar el grado. De ello dependería no sólo el mejoramiento de la relación bilateral, sino el aumento de la estabilidad en la palestra internacional y una distención a nivel global.
Y parece que este fue el objetivo principal de esta reunión entre los ambos presidentes. Trazar un marco de actuaciones de ambas administraciones en el ámbito bilateral y también internacional, marcando las líneas rojas y creando las formulas del entendimiento en las situaciones de crisis, cuando éstas surgen.
No nos olvidemos que a finales del año pasado y al principio de este, los Estados Unidos publicaron dos documentos transcendentales que marcan la futura política exterior norteamericana. Uno se llama la nueva “Doctrina Monroe (Trump-Monroe)” sobre la Seguridad Nacional y el otro la nueva “Estrategia de la Defensa Nacional”.
En ambos documentos China figura como un contrincante y adversario principal de los Estados Unidos en todos los rincones del mundo, sea en América Latina (proclamada por los citados documentos como la zona de “influencia exclusiva” norteamericana) o en Europa, Oriente Medio, África, donde la política expansionista china podría chocar con los interesases estratégicos estadounidenses.
Cabe suponer que en las reuniones a puerta cerrada, el presidente Xi había preguntado a su ilustre huésped qué significaban en la práctica las nuevas reglas que los Estados Unidos estaban anunciando al mundo entero, y a China particularmente, en el ámbito internacional. Seguramente, el presidente norteamericano le ha explicado a su homólogo chino cómo, según la visión de la Casa Blanca, las dos potencias más grandes e influyentes del mundo podrían repartir sus papeles y la cooperación para mantener la paz y la estabilidad en la palestra internacional a pesar de sus contrariedades.
Establecer una especie del “acuerdo marco” bilateral que
Incluyera puntos como el respeto a las zonas de influencia pactadas entre ambas superpotencias, no agresión a los aliados de cada una de ellas, actuación conjunta para preservar la paz en el planeta y tomar represalias coordenadas contra los que intentasen quebrar la paz en cualquier rincón del globo.
La composición de la delegación que acompañaba a Trump, que, como ya he comentado, incluía a los líderes de las empresas más importantes del mundo, demostraba que la intención del presidente norteamericana era ofrecer a su homólogo chino la cooperación económica y comercial, siempre y cuando China estaría dispuesta a aceptar las reglas del juego, expuestas en las citadas más arriba doctrinas estadounidenses de la Seguridad Nacional.
Hasta qué punto o puntos el presidente Xi estaría dispuesto a negociar y llegar a un “Acuerdo Marco”, sólo sabremos dentro de algún tiempo transcurrido, ya que, de momento, muy pocas cosas han cambiado en las relaciones chino-americanas. Salvo algunas promesas verbales de Xi de comprar a los Estados Unidos varios centenares de aviones comerciales (de pasajeros) “Boeing” y de importar gran cantidad de la soja norteamericana, mientras que Trump se comprometía a vender a China unos chips de la penúltima generación. Pero esto es sólo un pequeño aperitivo en comparación con los numerosos “platos fuertes” que compondrían el suculento “menú”, si ambas partes llegasen a un gran acuerdo de cooperación bilateral.
¿Aceptaría China abrir sin trabas y obstáculos su tan cerrado mercado a los productos de fabricación norteamericana? ¿Respetaría las normas de una competencia leal, las que estaba vulnerando sistemáticamente durante decenas de años en las relaciones comerciales con los Estados Unidos, robando las tecnologías norteamericanas sin pagar nada por ellas? ¿Dejaría de apoyar a sus socios, como Rusia putinesca e Irán islamista radical, en las guerras que ellos han desatado, uno en Ucrania y el otro en el Oriente Medio? ¿Aflojaría sus presiones sobre Taiwán, reduciendo las continuas amenazas de intervenir militarmente en la isla para unirla con la China continental?
Todo esto a cambio de una amplia cooperación económica y comercial con los Estados Unidos, ya que China, sin tener acceso a las modernas tecnologías norteamericanas, no podrá mantener la carrera en el campo de la Inteligencia Artificial, el objetivo prioritario de Pekín, para no quedarse detrás de los Estados Unidos, el actual líder mundial en esta gran revolución tecnológica del siglo XXI.
Creo que las respuestas a estas preguntas y otras más hay que esperarlas hasta septiembre próximo, cuando el presidente Xi visitará la Casa Blanca en una visita oficial de respuesta. Más de cuatro meses serían suficientes para que la parte china estudiara todas las ofertas norteamericanas presentadas durante la reciente visita del presidente Trump a Pekín.
Y, posiblemente, durante la visita del presidente chino a Washington se firmarían unos documentos y acuerdos bilaterales de gran envergadura en la propia Casa Blanca, con una pompa y protocolo que Donald Trump, un gran “showman”, sabe montar a perfección para tales ocasiones. Todo dependerá de si el líder del gigante asiático sea capaz de valorar correctamente el potencial industrial, económico y militar de su país en comparación con el de la primera potencia mundial, los Estados Unidos.
La sobrevaloración por parte de Pekín de su poderío “real” puede llevarlo a caer en la misma “trampa de Tucidides” de la que el presidente Xi había hablado en su corto discurso-brindis de bienvenida al presidente Trump, cuando le advertía de un error de infravalorar el poderío de una gran potencia emergente (China), que podría desbancar al actual líder mundial (los Estados Unidos), como había sucedido, hace 2.500 años, cuando la entonces potencia predominante Esparta perdió en la guerra del Peloponeso ante la creciente y pujante Atenas.
Este episodio lo describió el historiador ateniense, Tucidides, y su narración sirvió a los analistas históricos posteriores para acuñar el termino la “trampa de Tucidides”, aplicable a las situaciones en las que existe un riesgo de conflicto que puede surgir en los momentos determinados, cuando un poder emergente amenaza con desplazar a otro dominante sí éste no supiera valorar el potencial real de su contrincante.
En el momento actual se trata de China y de los Estados Unidos. Esperemos que ninguna de estas dos superpotencias caiga en la “trampa” tan antigua en la historia de la humanidad.