La peste, una enfermedad históricamente asociada a las ratas, las ciudades medievales y las grandes epidemias europeas, ya era capaz de provocar brotes letales hace 5.500 años entre pequeñas comunidades de cazadores-recolectores en Siberia, mucho antes del surgimiento de la agricultura y los asentamientos urbanos.
Así lo demuestra un estudio internacional publicado en la revista científica Nature, en el que investigadores reconstruyeron antiguos genomas de la bacteria Yersinia pestis a partir de ADN extraído de restos humanos hallados en cuatro cementerios prehistóricos de la región del lago Baikal, en el este de Siberia.
El equipo analizó ADN antiguo conservado en dientes de 46 individuos y detectó la presencia de la bacteria responsable de la peste en 18 de ellos, lo que representa cerca del 40% de la muestra. Se trata de una proporción superior a la observada en algunas fosas comunes vinculadas a epidemias medievales.
“Ha existido un debate sobre si las primeras formas de la peste eran leves o altamente virulentas, pero nuestros hallazgos demuestran que estas cepas antiguas ya eran extremadamente letales”, explicó Eske Willerslev, profesor de las universidades de Copenhague y Cambridge y uno de los autores principales del estudio.
La investigación combina datos genéticos, arqueológicos y de datación por radiocarbono para reconstruir el desarrollo de los brotes en estas comunidades prehistóricas. Según los autores, las evidencias muestran que numerosas muertes ocurrieron en un periodo muy corto de tiempo y que, en varios casos, hermanos o padres e hijos fallecieron y fueron enterrados juntos.
Uno de los hallazgos más llamativos fue la elevada presencia de niños y adolescentes entre los fallecidos. Este patrón había desconcertado durante décadas a los arqueólogos que trabajaban en los yacimientos.
“El número inusualmente alto de niños y el corto intervalo temporal siempre fueron un misterio. Descubrir que la peste fue la causa es extraordinario y encaja perfectamente con las evidencias”, señaló Andrzej Weber, arqueólogo de la Universidad de Alberta y responsable del Proyecto Arqueológico Baikal.
Una cepa especialmente agresiva
Hasta ahora, numerosos estudios sugerían que las primeras variantes de Yersinia pestis carecían de algunas de las características genéticas que permitieron posteriormente la propagación eficiente de la peste bubónica a través de pulgas y roedores. Por ello, muchos científicos consideraban improbable que estas cepas primitivas provocaran grandes brotes.
Sin embargo, los nuevos resultados cuestionan esa hipótesis. Los investigadores descubrieron que las antiguas cepas contenían un superantígeno, un factor genético productor de toxinas que no se ha identificado en cepas históricas de la enfermedad. Este mecanismo puede desencadenar respuestas inmunitarias extremas y graves procesos inflamatorios, aumentando considerablemente la gravedad de la infección.
“Este hallazgo cambia nuestra comprensión de los primeros brotes de peste. Incluso antes de que la bacteria desarrollara una transmisión eficiente mediante pulgas, estas cepas antiguas ya contaban con una combinación de factores de virulencia capaces de hacer la infección altamente mortal”, afirmó Martin Sikora, profesor asociado de la Universidad de Copenhague y coautor principal del trabajo.
Posible origen asiático
Los resultados también refuerzan la hipótesis de que la peste pudo originarse en Asia Central o el noreste de Asia antes de expandirse por Eurasia. Las evidencias arqueológicas indican que estas comunidades mantenían una estrecha relación con las marmotas, grandes roedores excavadores que todavía hoy pueden actuar como reservorios naturales de la enfermedad.
Según los investigadores, los brotes podrían haberse producido tras el salto directo de la bacteria desde marmotas infectadas a los seres humanos, sin necesidad de la transmisión por pulgas que caracterizaría a las epidemias posteriores.
El estudio concluye que las primeras manifestaciones conocidas de la peste pudieron ser tan mortales como las formas históricas de la enfermedad, especialmente para los niños, lo que obliga a replantear la evolución temprana de uno de los patógenos más devastadores de la historia humana.