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DESDE ULTRAMAR

Centenario luctuoso de Gaudí

Marcos Marín Amezcua
jueves 18 de junio de 2026, 18:37h

El centenario de la trágica muerte de Antonio Gaudí empalmado con la bendición pontificia de la crestería que define al pináculo de la portentosa Torre de Jesucristo de la Basílica y templo expiatorio de la Sagrada Familia, en Barcelona, nos redirige la mirada enfocada en esas alturas hacia el personaje aludido y su más insigne y recordada obra, la más inconclusa de todas, una que siendo la más emblemática de su haber ha quedado imposibilitada de finiquitarse en este remarcado año, pues se alargará, según algunas fuentes, hasta 2035.

Entre que si son peras o son manzanas, el afamado catalán reluce fulgurante con una empresa que, a paso veloz en años recientes, casi casi a matacaballo, se acompletó en grado superlativo como antes no se había visto; con una celeridad apuntando a una meta, este centenario mortuorio. Eso sí, la Sagrada Familia de Barcelona consiguió ser ya el templo más alto del mundo (172.5 metros).

Si bien, seguirá inacabada en detalles, la gente ya disfruta de esos formidables columnarios simulando un bosque pétreo de gigantescas dimensiones, que consigue abrumar y sorprender al visitante, conjuntando una lección integral de teología externa e interna de intensiones manifiestas, labrada en piedra, como lo es el sitio en cuestión, aludiendo a la vida del Cordero.

Gaudí, Antoni Plàcid Guillem Gaudí i Cornet, suma y aporta a la galana pléyade de talentos catalanes – Tàpies, Dalí, Miró, Caballé, Carreras, Serrat o al autor de la música del Himno Nacional mexicano, Jaime Nunó, entre tantos– y otorga a España uno de sus palmarés más galanos, un galardón de los más excelsos y reconocibles en el mundo entero: la Sagrada Familia, de Barcelona, que es, posiblemente, el símbolo más consagrado y rampante de la Ciudad Condal.

Barcelona, esa ciudad que ha sido la innegable entrada para las modernidades y las vanguardias en España, prototipo de avanzadilla en eminente equilibro con la tradición, la quintaesencia catalana y, al mismo tiempo, tan española y tan mediterránea, que amalgama una combinación siempre sugerente, siempre llamativa, entreverada de encanto y sorpresa; y no exenta de la realidad que supone la frase “Barcelona és bona si la bossa sona”. Las cosas, cómo son.

Los fondos provienen, qué duda cabe, del precio de las entradas, exorbitantes y quienes han ingresado al santuario y no se limitaron a la bonita y dificultosa foto exterior –que lo es por ser tan complejo alcanzar a cubrir toda la enormidad de su composición en una sola toma– hablan maravillas de aquella.

A la Sagrada Familia la hemos visto crecer. De cuando en cuando, fotos del sitio iban dando cuenta de añadidos y concreciones. Pináculos y espacios nuevos, avanzando en la consolidación de su inconfundible silueta definitiva. Algunas imágenes aéreas con el mar Mediterráneo de fondo, nos recuerdan, justamente, la cercanía marina que remata la magia de Barcelona. Recuerdo nítidamente haberlo visto a través de sus troneras al ascender por una de las torres visitables. Espectacular.

A mí, la obra de Gaudí me gusta. Es de una vanguardia tan actual que no deja de ser fascinante. Y Barcelona, sin duda, es su mejor escenario. Y mire que prefiero el atildado Paseo de Gracia que Las Ramblas. Algún día terminaré de caminarlas.

Como usted posiblemente sepa, si vive en Europa, desde América se dice que hoy es una Europa poscristiana. Ergo, ¿qué sentido tendría construir un nuevo santuario de dimensiones descomunales, retadoras, desafiantes en su grandeza y su despliegue? Y la pregunta ya habría sido desafiante a finales del siglo XIX. Es parte del misterio que puede envolver la voluntad de sus instigadores. Gaudí fue, finalmente, la mano ejecutora de una idea ¿ya tardía? no la causante ni la promovente. Empero, su mérito radica en su aporte y en la férrea voluntad de proseguir la tarea hasta donde sus fuerzas lo permitieran.

En el libro Antoni Gaudí y la belleza. La Sagrada Familia, un proyecto vivo, de Reig Martínez, se narra los nexos del afamado arquitecto con personajes clave que lo conectaron, conduciéndolo al proyecto de llevar adelante la conclusión de esa basílica, que no inicio él. Le imprimió su original estilo, la hizo propia, la redefinió y la consagró para que sus sucesores la continuaran hasta su deseado culmen que, todo indica, atestiguaremos y ha sido gratificante, emocionante también y ver al papa León XIV participando de ese esfuerzo bendiciendo el último trozo, su torre más prodigiosa y representativa.

Nos recuerda que Gaudí no estaba dedicado de tiempo completo en aquellas faenas, sino solo hasta la última década, poco más, de su vida. Nos puntualiza cómo fue tornándose en un hombre de fe. En cómo la nomenclatura de su creación es un repaso por los pilares del catolicismo con el encumbramiento de sus más inamovibles doxias, visibilizándolas, enalteciéndolas, exaltándolas, remarcando su triunfo y trascendencia con sabor a reafirmación y eternidad. Un repaso sensible de historia sacra, encomiable y que no pasa inadvertido. La detonación de los fuegos pirotécnicos el 10 de junio pasado, fue una loa a toda la bizarría que condensa la extravagancia y el lucimiento descritos por tal vocablo proyectados hacia esta construcción, arropándola.

Los detalles no solo son las caprichosas curvaturas, las garigoleadas florituras y los notables tragaluces lucidores y refractarios de despampanantes matices evanescentes. Cada nueva etapa daba cuenta puntual del acrecentamiento, recomposición y delineación renovada y extendida de esta iglesia. Cada nueva altura, cada nuevo coronamiento, elevándola, fue documentado, se manera tal que el mundo entero ha observado atento su impulso y avance. Acaso, pocas edificaciones contemporáneas despierten tal curiosidad y tan pertinaz interés. Es como ver una novela por entregas y cada final nos depara una nueva sorpresa. Y pocos sitios, descontando Roma, pueden presumir de haberse consagrado con la presencia del Sumo Pontífice romano en cada etapa y por cada ocasión destacada.

Por lo pronto, puede afirmarse que la reconocible silueta de la Sagrada Familia ha concluido y, por consiguiente, el sueño de Gaudí se ha materializado y nos congratulamos todos por ello.

Sí le digo que de todo este opus conocido in situ y al que hemos visto consolidarse, solidificarse a lo largo de los lustros y con la ilusión de verlo terminado, me sigo quedando con un detalle: la preciosa tiara pontificia que casi a nivel de calle, paramenta uno de sus costados. Comunión con Roma, sí, pero también en loor al modernismo resultante en su ostentación estilizada de inocultable belleza. Cuando se pase por el lugar, búsquela constatando su hermosura. Verá que tengo razón.

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