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TRIBUNA

El caballero de Olmedo

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 10 de julio de 2026, 21:00h

La madrileña Laila Ripoll, de un linaje teatral televisivo, lleva su Caballero de Olmedo al festival de Almagro, subrayando su desaforado romanticismo al sacarlo del siglo XVII y contextualizarlo a finales del siglo XVIII o principios del XIX, el tiempo del romanticismo canónico europeo. En realidad, la historia es del siglo XV, un crimen de celos y envidia que pasó en el reinado de Juan II, como la de Fuenteovejuna, que coincidía con el reinado de los Reyes Católicos, los fundadores de España. Pero Los españoles tuvimos nuestro romanticismo en el siglo español, y nuestro romanticismo del XIX ( Larra , Espronceda, duque de Rivas, Zorrilla, Gertrudis Gómez de Avellaneda, Bécquer ) ya estaba gastado cuando quizás ya era sólo el comienzo del movimiento modernista.

La verdad es que esta obra de Lope es una obra maestra de los pies a la cabeza y define como pocas el teatro del Siglo de Oro. No hay nada en ella que no esté presente en la literatura clásica, enamorado y criado astuto sacado de los tipos de Artotrogo/Plauto y Parmeno/Terencio, mitología ( v. gr. Leandro y Hero ), la amada, la hermana, la criada y un padre humanitario, la bruja, mezcla de la Canidia horaciana y de la Meroe apuleyesca, y, sin embargo, todos los argumentos constructivos, ya conocidos, de la gran Literatura Universal, en manos de un genio como Lope parecen nuevos, tal como aconsejaba hacer Horacio con las palabras manoseadas. No se es genio por originalidad, sino por ser artista. El público que veía a Lope ya conocía la historia del Caballero de Olmedo, como la de Fuenteovejuna. Se asistía al teatro como a misa, no para ver lo que nos cuentan sino cómo lo cuentan, puro rito estético de placer y catharsis que nos recuerda todo el teatro del mundo clásico, en especial el de la tragedia, pero también el de la comedia, con sus “contaminationes” recíprocas. La gran literatura siempre tiene ecos de literatura, y los argumentos literarios eran conocidos por el público, como sabiduría colectiva que compartían público y autor, un crisol de historias de donde salía el gran teatro hasta el siglo XVIII, en donde el arte comienza a ser sustituido por la originalidad.

Encantadores suspirillos nórdicos de Inés/Elisabet Altube, que sabe desmayarse muy bien por el dolor, maldad y envidia españolísima bien personificadas en don Fernando/Mateo Rubistein y Don Rodrigo/Jorge Varandela – perfecta su apatía de alma muerta: “No me hacen bien ni mal/ ni la vida ni la muerte”, soberbia interpretación y encarnación perfecta del lacayunismo ascendido al amor puro y sincero de Tello/David Lorente, con citas de Esopo propias de criado. La bruja buena del demonio, ducha en hechizos y conjuros, Hipócrates celestial para los males de amor y pócimas sacadas de muelas de delincuentes ahorcados: magnífica Arantxa Aranguren en su hondo papel de Fabia. Su papel de Circe, Medea y Hécate acelera la tragedia, en cuanto que Inés descubre demasiado tarde que su padre aprobaría su matrimonio con don Alonso: lo único que han hecho las mentiras, el enredo, los hechizos y los conjuros brujeriles ha sido acelerar la tragedia. Sublime dicción y declamación del Caballero de Olmedo/Víctor Sainz.

Nos gustó particularmente el gesto contenido de los actores, que nunca se descoyuntaba en aspavientos y en frenesí o en afectaciones enfáticas. Los ademanes exagerados son ruidos que no dejan oír la verdad trágica. Las figuras y su vestuario eran todo un alarde de riqueza plástica, toda una exhibición suntuosa de hermosos ropajes, como el abrigo del padre de Inés, don Pedro. Almudena R. Huertas sabes vestir bellamente a los personajes acorde al gran teatro y lejos de las mezquindades figurinistas de un teatro contemporáneo que con el pretexto de una estética minimalista y salvaje invierte poco dinero en belleza. Toda la escenografía ( Arturo Martín Burgos ) trabajaba para crear ese aire romántico en donde sueño y vigilia se confunden, ese contexto en donde un presentimiento de muerte asedia siempre al protagonista, que lleno de vida, triunfos toreriles y éxito amoroso no podrá soslayar su destino trágico. Aquiles castellano muere en el akmê de la vida. La muerte, gran esteta, ama la belleza y la gloria, por eso no suele permitir que el héroe verdadero muera en la fea vejez y en la decadencia. Efectivamente la felicidad de don Alonso es enturbiada con malos sueños, revelaciones o avisos del alma, que son claro presentimiento de su muerte injusta, que todo el público conocía.

Como esta representación trágica quiere ser amable con los judíos, que Gaza ha puesto tan en actualidad, se suprime el fragmento en que el rey Juan II/Carlos Jiménez Alfaro explica a su Condestable/Jose Luis Martínez por qué razón va a obligar tanto a los judíos como a los moros ponerse en sus vestidos señales que los identifiquen bien. Se comete la estupidez de censurar el racismo de la época con los ojos de hoy. Un anacronismo moral que a algunos nos asusta por lo que puede llegar a significar. ¿Quizás por no perder las subvenciones públicas? Quizás estemos hablando de más.

Decididamente don Pedro, el padre de nuestra heroína, tenía mal olfato cuando estaba dispuesto a casar a su hija con alguien que era capaz de envidiar hasta llegar al asesinato. En realidad, Rodrigo hace una celada para matar a don Alonso no por los celos del amor, sino por la envidia brutal que sufre ante la gallardía, el valor y los triunfos que ha conseguido en las Fiestas de la Cruz de Mayo de Medina ante el mismo Rey, que lo elogia y premia. “¿Qué consejo me dais si no es matarle?”. No soporta que un forastero se lleve la chica más bonita y con mayor donaire de Medina, y la envidia le hace odiar y despreciar el aplauso de la mayoría del pueblo a don Alonso por su valor y arte demostrado con los toros. Tampoco soporta que le haya salvado la vida precisamente el envidiado odiado, y ello le aumenta el odio al diabólico don Rodrigo. Pero este sentimiento demoníaco no lo entiende el noble corazón de don Alonso: “Pero ya no puede ser/ que don Rodrigo me envidie/ pues hoy la vida me debe”.

El final del IIIº Acto, con las apariciones de la Sombra que llama al héroe desde el más allá, la Voz premonitoria ( “Que de noche le mataron/ al caballero,/ la gala de Medina,/ la flor de Olmedo” ), y el personaje del Labrador, Lope nos introduce en un género mezcla de pregótico y auto sacramental, que estará también presente en el teatro inglés de Marlowe y Shakespeare. El siglo XVII inglés también fue romántico.

Finalmente, la justicia del Rey Juan II nos alivia y calma un tanto el dolor y la injusticia de una tragedia gestada por la envidia. ¡Grande, Lope, y magnífica la dirección de Laila Ripoll!

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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