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TRIBUNA

La novela, dondequiera que vaya

martes 21 de julio de 2026, 17:43h

Dice así el lema: ‘En las viejas casas había siempre un Salón Chino, un Salón Pompeyano, un Salón de Baile, otro de Retratos, cada uno empapelado o pintado de un color, con unos muebles apropiados y decoración idónea… En esos palacios españoles, un tanto vetustos y destartalados, había también un salón que llamaban de Pasos Perdidos. La casa que no lo tenía no era una buena casa. Era el salón donde nadie se detenía, pero por donde se pasaba siempre que se quería ir a alguno de los otros. Al autor le gustaría que estos libros llevaran el título general de Salón de pasos perdidos. Libros en los que sería absurdo quedarse, pero sin los cuales no podríamos llegar a esos otros lugares donde nos espera el espejismo de que hemos encontrado algo. A ese espejismo lo llamamos novela, y a ese algo lo llamamos vida’.

Ha venido imprimiéndose en todas las solapas, primero, y en las contracubiertas después y hasta el presente. La última línea, ‘A ese espejismo lo llamamos novela, y a ese algo lo llamamos vida’, se añadió como rúbrica a partir del cuarto tomo. Así, desde el comienzo de su andadura en 1990, hasta el reciente aparecido, los diarios de Andrés Trapiello han ido imponiéndose como trabajo narrativo por derecho propio, es decir, siendo diarios pero publicándose como novelas, como el autor ha repetido una y mil veces y me temo que deberá seguir haciendo hasta que los puristas sientan calar la libertad de dicha escritura en sus nada porosas molleras. Ha ido imponiéndose, también, por el logro narrativo en sí. La cuenta de cada año, desde su 1 de enero al 31 de diciembre, trufada de sucesos que tanto a su autor como a sus cercanos —su mujer M., sus hijos R. y G.—, como a otros próximos a su estima o lejanos de la misma, han ayudado a entender que, cuanto más ha buscado la ficción, más deshecha se la ha encontrado en sus manos, y que cuando más fidedignamente describía la realidad, más ficticia les parecía al resto. Ya se ve, un perpetuo ni contigo ni sin ti. Pero entre esos bailes de verdad y mentira, el nuevo diario, De todo tiene, ha decidido atajar las disputas de esas coreografías interminables.

Una cierta dificultad atañe el destacar por qué un diario sobresale o continúa el nivel del que lo antecedió. La conclusión es acogerse a la máxima juanramoniana: ‘Perfecto e imperfecto. Completo’. El juicio lector, no obstante, a poco que uno se deje convencer por los aforismos y los fragmentos de viajes y los que tienen lugar entre Las Viñas y Madrid, se decantará por la impresión positiva, y entonces habrá que seguir otra máxima: ‘Leído uno, hay que leerse todos’.

De todo tiene, no defrauda en ese aspecto. La mirada cervantina que Trapiello ha ido extendiendo por sus escritos se defiende con el humor que siempre ha estado ahí, probablemente más sardónico en sus inicios, pero que ahora se permite una impronta más ligera sin renunciar a la puntada sin hilo. No debe faltar, todo sea dicho. Cada parte, la que unos pedirían que fuese acortada, la que otros reclamarían más largamente, la que terceros aconsejarían que se dejara de hacer —uno o dos críticos, ya indicados en este tomo y en anteriores—, suma el placer de un reencuentro que confirma el compromiso del escritor con sus creaciones, pero más con su vida, de la que procura no levantar nunca falso testimonio, a pesar del verso lorquiano que indica que ésta no suele ser ‘ni buena, ni noble, ni sagrada’.

No importa. Un domingo por El Rastro, el olor de un ramo recién cortado por la casa madrileña o extremeña, un poema a tiempo o el silencio del campo, reconfortan la que llevamos y animan a que vaya haciéndose a solas la novela; la nuestra, que, como una brújula loca, seguiremos dondequiera que apunte su dirección.

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