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Cuentos

F. Scott Fitzgerald: Cuentos selectos

domingo 26 de julio de 2026, 19:50h
F. Scott Fitzgerald: Cuentos selectos

Selección y prólogo de Carlos Gamerro. Edhasa. Barcelona, 2026. 17,50 €.

Por Francisco Estévez

La fama alcanzada por alguna narración mayor eclipsa la obra corta de ciertos clásicos hasta casi hacerla invisible. Ejemplos hay varios, y bastaría citar los Dublineses de Joyce, sepultados bajo la mole del Ulises, o los Tres cuentos de Flaubert, empalidecidos junto a Emma Bovary. Del mismo modo ocurre con Francis Scott Fitzgerald (1896-1940), sobre quien se proyecta la sombra larga de El gran Gatsby. No tantos lectores sabrán que la celebrada cinta fílmica sobre Benjamin Button tiene su origen en el cuento homónimo aquí recogido, ni que “Babilonia revisitada” figura hoy, por consenso de la crítica, entre los relatos ejemplares de la literatura estadounidense del pasado siglo.

Y así vamos, conociendo sólo parcialmente las obras enteras de los grandes escritores. Es inevitable, nuestro sino parece ser leer a retazos. La presente selección de narraciones viene a paliar tan fragmentario conocimiento y devuelve a la circulación a un autor que en vida fue más leído, y mejor pagado, como cuentista que como novelista.

Carlos Gamerro ordena los relatos según la biografía del escritor, de suerte que, leídos en secuencia, dibujan un perfil bastante nítido. Por un lado, desfila el fulgor de la era del jazz en “Bernice se corta el pelo”, “El palacio de hielo” o “Un diamante tan grande como el Ritz”. Por otro asoman el desencanto de “Sueños de invierno” y “La última de las bellezas sureñas”, la resaca moral de “Babilonia revisitada” y, en fin, el naufragio confesional de “El crack-up” y “La década perdida”.

Cierran el volumen las sardónicas miserias hollywoodienses de “Hiervan agua... mucha agua”, “Mano a mano con un genio” y esa maravilla de “Pat Hobby…”, guionista de alquiler, pícaro sin fortuna y superviviente profesional, que llega a medirse con el mismísimo Orson Welles. La propuesta es tan legítima como eficaz, con mayor razón en tiempos de canícula, cuando los días se estiran y las noches conservan cierto encanto juvenil.

Sin embargo, aquí se ofrece sólo una cara del escritor. Leemos la evolución de sus temas como reflejo de los vaivenes de su vida, método biografista del que no acabamos de deshacernos. Humanos al cabo somos, y la mitomanía suele poder más que la filología. La vida desdichada, el alcohol, Zelda, las deudas, Hollywood. Todo parece conspirar para que se lea la obra del estadounidense como una confesión apenas velada. Pero la literatura comienza precisamente allí donde la vida no basta.

Bien lo sintetizó Eliot al afirmar que la poesía no es expresión de la personalidad, sino fuga de ella. La literatura, quiere decirse, es la realidad del artificio. Y la ilusión de Fitzgerald abreva en fuentes no siempre evidentes. “Un diamante tan grande como el Ritz” rehace en clave de fábula dorada “La caída de la casa Usher” de Poe, por ejemplo. Fitzgerald transforma el espanto y la ruina de Poe en una condena del sueño americano. La mansión no se derrumba por vieja, sino por una riqueza que pretende sustraerse a la historia y acaba condenándola. Pocas sátiras del dinero han sido tan alegres en apariencia y tan sombrías en el fondo.

Respecto al estilo de los presentes relatos pudiera sorprender la persistencia de cierto realismo, común también a buena parte del modernismo norteamericano. No se trata de una herencia baldía del siglo anterior. Fitzgerald no repudia la tradición realista, imprime en ella la velocidad de una conciencia nueva del tiempo: “¿Que no se puede repetir el pasado? ¡Claro que se puede!”, se obstina Gatsby. La frase podría servir de divisa a buena parte de estos relatos. Sus personajes desean volver a una juventud que sólo reconocieron cuando ya la habían perdido, recomponer una noche, recobrar un amor o detener por un instante el movimiento fatal del tiempo. Las mejores páginas truecan aquí esa pérdida en materia de arte.

El relato breve ganó centralidad con la aceleración moderna pues las revistas pagaban espléndidamente la concisión. Fitzgerald escribió cuentos para saldar deudas, sostener un tren de vida desmesurado y ganar tiempo para las novelas. Pero supo trascenderla. Muchos de aquellos cuentos nacieron por necesidad, pero el encargo no rebajó siempre su literatura. De aquella fragua salieron piezas que valen por novelas, no por su extensión, sino por cuanto alcanzan a decir y por el poso —vaya si lo deja— que perdura en la memoria.

Compruébelo el lector en “Sueños de invierno», en “Babilonia revisitada” o en esa fábula desmesurada que es “Un diamante tan grande como el Ritz”. La sombra de El gran Gatsby, con ser larga, no apaga otras luces. Esta antología permite que volvamos a verlas. Fitzgerald hizo de la fugacidad de una época, con sus fiestas, sus promesas y, ay, sus derrotas, una forma paradójica de permanencia. En eso, acaso, consiste su arte.

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