Desde el final de la II Guerra Mundial, y en especial durante la Guerra Fría y la proliferación nuclear, Japón hizo del pacifismo una política de Estado, que tenía como uno de sus ejes centrales la alerta contra los peligros del uso de armas atómicas. Ningún país está en las condiciones de la potencia asiática para advertir al mundo de lo que significa el empleo de bombas nucleares. Sin embargo, sería un error pensar que Japón descuidó su defensa. Ser pacifista no significa estar indefenso. Fue precisamente la dinámica de la Guerra Fría la que convirtió al Estado insular en la frontera oriental de los dos bloques. Junto a Corea del Sur y la isla de Taiwán, eran la primera línea de frente ante la Unión Soviética y la República Popular China. La alianza con los Estados Unidos, la capacidad de sus propias Fuerzas de Autodefensa y el poder económico fueron los tres pilares de la seguridad de Japón.
Ya en 2022 la Estrategia de Defensa Nacional del Japón reconocía que el fortalecimiento de las capacidades militares representaba un importante punto de inflexión en la política de defensa japonesa de la posguerra.
Desde la perspectiva de Tokio, ya no basta disponer de unas fuerzas de defensa cuya mera existencia contribuya a la estabilidad regional, sino que quiere adquirir la capacidad efectiva de impedir, contener y derrotar una eventual invasión. El trasfondo es la percepción de que la región del Indo-Pacífico se ha convertido en el escenario principal de la competencia entre las grandes potencias. China, Corea del Norte y Rusia aparecen como amenazas diferentes, pero acumulativas.
En efecto, el gobierno de Tokio observa con preocupación el rápido crecimiento del presupuesto militar de la República Popular China, la modernización de sus fuerzas navales y aéreas, sus actividades alrededor de las islas Senkaku —administradas por Japón y reclamadas por China— y la presión creciente sobre la isla de Taiwán. En particular, la estabilidad de los estrechos resulta de interés estratégico para Japón porque una crisis allí afectaría directamente a las islas japonesas más occidentales, a las rutas comerciales del archipiélago y a las bases estadounidenses instaladas en territorio japonés. Tokio está reforzando las islas del sudoeste, especialmente Okinawa, Miyako, Ishigaki y Yonaguni, próximas a Taiwán y al mar de China Oriental. Allí despliega vigilancia, defensa antiaérea, misiles antibuque y unidades destinadas a proteger las islas remotas
Por su parte, Corea del Norte representa una amenaza más inmediata por sus programas nuclear y balístico. Pyongyang posee la capacidad tecnológica necesaria para colocar una cabeza nuclear en misiles balísticos cuyo alcance incluye Japón. Además está trabajando en la diversificación de las plataformas de lanzamiento, el empleo de trayectorias irregulares y el desarrollo de armas hipersónicas, factores que reducen el tiempo disponible para detectar e interceptar un ataque. Los programas nuclear y balístico norcoreanos representan, pues, una amenaza más grave e inminente que en cualquier momento anterior.
En lo que se refiere a Rusia, la modernización de las fuerzas rusas desplegadas en el Extremo Oriente, las maniobras en torno a las islas conocidas en Japón como Territorios del Norte y, sobre todo, la creciente coordinación militar entre Moscú y Pekín exigen atención por parte de Tokio. Los vuelos conjuntos de bombarderos y las operaciones navales chino-rusas podrían poner a Japón en la situación de tener que hacer frente a desafíos simultáneos en dos frentes. .
Así, la nueva política de defensa del Japón no consiste sólo en un mayor presupuesto dedicado a defensa, sino en una reformulación más profunda que se plasma en tres documentos: la Estrategia de Seguridad Nacional, la Estrategia de Defensa Nacional y el Programa de Refuerzo de la Defensa. Se trata de construir lo que los documentos oficiales denominan una capacidad de defensa «integrada, multidimensional y flexible». Esto incluye fuerzas terrestres, navales y aéreas, pero también operaciones en el espacio, el ciberespacio y el espectro electromagnético. Japón aspira a asumir la responsabilidad principal de defender su territorio y derrotar una agresión, mientras la alianza con Washington proporciona apoyo, refuerzos y una disuasión ampliada.
El Programa de Refuerzo de la Defensa establece un marco aproximado de 43 billones de yenes -unos 231 000 millones de euros- para el periodo comprendido entre los ejercicios fiscales de 2023 y 2027. El objetivo consiste en alcanzar hacia 2027 un nivel agregado de gasto relacionado con la seguridad equivalente aproximadamente al 2% del producto interior bruto, tomando como referencia los criterios empleados por los países de la OTAN. No todo ese porcentaje corresponde estrictamente al presupuesto del Ministerio de Defensa: también incluye determinadas partidas de seguridad marítima, infraestructuras, investigación y ciberseguridad. Este incremento va destinado a siete partidas prioritarias: capacidades de defensa «stand-off», defensa aérea y antimisiles integrada; sistemas no tripulados; capacidades en el espacio, el ciberespacio y el dominio electromagnético; mando, control e inteligencia; despliegue rápido, movilidad y protección de la población; y sostenibilidad y resistencia operativa.
El concepto más llamativo resulta, tal vez, el de las capacidades de defensa «stand-off», que consiste en armas capaces de alcanzar buques, unidades, bases o instalaciones enemigas desde posiciones situadas fuera del alcance inmediato de sus sistemas defensivos. No se trata, sin embargo, de autorizar ataques preventivos sino de desarrollar una «capacidad de contraataque» que solo podría emplearse después de una agresión, cuando no existiera otro medio para impedir nuevos ataques.
Por supuesto, la alianza con Estados Unidos continúa siendo la base de la seguridad japonesa, especialmente por la disuasión nuclear. Sin embargo, Tokio está ampliando su red de socios mediante acuerdos militares, ejercicios y cooperación tecnológica con Australia, Reino Unido, Filipinas, India y varios países europeos. La cooperación con el Reino Unido e Italia para desarrollar un avión de combate de nueva generación simboliza esta nueva etapa.
Así, el significado del pacifismo japonés está cambiando. De estar asociado, principalmente, con la limitación militar y la dependencia estadounidense, comienza a orientarse ahora hacia la disuasión, la capacidad de resistencia y la preparación para responder a una agresión.
A finales del siglo IV, Flavio Vegecio Renato, de cuya vida sabemos pocas cosas, escribió la Epitoma rei militaris —también conocida como De re militari—, un tratado sobre organización, disciplina y estrategia militar. Allí se decía que «igitur qui desiderat pacem, praeparet bellum», es decir,«por tanto, quien desee la paz, que prepare la guerra». El sentido era que la preparación militar puede impedir que un adversario considere rentable iniciar una agresión. Quince siglos más tarde, el principio de Flavio Vegecio Renato permite entender el nuevo sentido de la política de defensa japonesa.