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TRIBUNA

Tu rostro envenena mis sueños

domingo 26 de julio de 2026, 20:15h

Tánger fue un paraíso. Supo acoger a quienes lo tildaron de eso, de lugar en la tierra en el que podían ejercerse los vicios y virtudes, igualmente procaces unos y otros, y en el que podían perdonarse los actos más viles. El estatus, a comienzos del siglo XX, de Zona Internacional, bajo el condominio de España, Reino Unido y Francia, dotó a la ciudad de los privilegios —para unos, recordemos siempre— que gozarían tanto determinados civiles como personalidades del mundo del arte, quienes contribuirían al brillo y ceguera de ese halo que ostentaba. Por debajo de ese fulgor, naturalmente, la vida de sus habitantes salía adelante con sus duras penas o sin prestar atención a toda esa otra ciudad lujosa en su sencillez, arrebatadora por la mitología que iba extendiéndose por otros continentes. Era el único oasis que no precisaba de largas travesías adentro del desierto.

Pero cualquier tersura acaba mostrando inevitable su grieta, y a pesar de que la ciudad se apropió y continuó utilizando ese carácter sobrevenido de cosmopolitismo y de ser la puerta de entrada al mundo oriental, los años pasaron y la decadencia limó esas novelerías en las que colaboraron muchos escritores con sus páginas bajo las resacas. Los de Francia y Norteamérica fueron los más implicados en este asunto. Algo bueno debía quedar: sus huellas impulsaron la escritura de otros, igual que un cuento llama a otro cuento, como dijo Eloy Tizón, sin que haya noche o mañana que se decida a terminarlos.

Mohamed Chukri es uno de los mejores ejemplos de escritor que supo entender o tolerar a los que venían buscando ese Tánger idealizado que vagamente se correspondía con el real. Publicó semblanzas de tres de los nombres —Paul Bowles, Tennessee Williams, Jean Genet— que más resonaban, y todavía, en la memoria literaria tangerina, a quienes trató con parecida mezcla de distancia, curiosidad y dureza. Pero se ocupó en sus libros de rendir cuentas con la ciudad, con toda su crueldad y belleza sublimes, y equilibrar así las facetas de un lugar que no dejó de refugiar a vencedores, vencidos, ex convictos de todo y de nada, etc.

Se han reeditado este verano la segunda y tercera parte de su trilogía autobiográfica. Si Tiempo de errores ofrecía el principio de su tardía escolarización y desarrollo de inquietudes literarias —en Larache—, esos capítulos se atravesaban con las noches de Tánger, bullentes y desgarradoras, que seguían trastornando su vida, una que bebía igual de gustosamente de las peleas que de los encuentros con desgraciados y sabios noctámbulos.

La pasión literaria se mantuvo en pie. La confirmación está en el cierre, en Rostros, amores, maldiciones, siguiendo el muestrario de una serie de personajes que sobrevivieron a las jornadas de la ciudad, con sus oficios miserables o respetables. Sobre todos, la mirada de Chukri realza la pluralidad a la hora de juntar sus afectos, sus cortas e intensas calamidades y suertes. Las prostitutas, los borrachos, los ladrones, los locos y los que miraban cómo estos se desenvolvían como podían, y además del alcohol y las drogas y la miseria difíciles de disipar, los claros —esos eran los auténticos oasis— en que conocía a alguien que le guiaba en sus lecturas, que comprendía su necesidad literaria o cuyas acciones motivaban su soledad escritora.

‘De mí quedará un símbolo y no mi vida’, dice en una de las páginas finales de Rostros…, y continúan unas meditaciones que pueden estar entre lo más depurado de su trabajo. No es una sentencia correcta; más bien, su vida quedó como un símbolo. La violencia vivida e infligida por Chukri, de acción, pensamiento y palabra, fue la sustancia de sus textos de ficción y biográficos. Es complejo asimilar la misoginia galopante y la desesperanza de muchas de sus opiniones, pero la compensación de su estima por el prójimo, por quien sabía que era igual de desvalido que él, medió entre su rudeza y su sensibilidad.

‘Nos hemos acostumbrado a respetar a los filósofos, ¡pero el hombre no sueña con lo sagrado sin que le vaya en ello su destino! Escribamos solo para soñar y no soñemos para salvarnos de lo que nos espera, a nosotros o a los demás: un desastre aniquilador. Me pregunto si no escribiremos para espantar los miedos del peligro. No estoy en contra’. Chukri hizo de su trilogía autobiográfica un espejo en el que enfrentarse a su rostro, a la imagen que le generaba una disputa entre el gesto que pasaba de la creación a lo destructivo. La maldición contra su deseo de enmienda, posiblemente, es que no dejara de reconocerse.

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