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TRIBUNA

Volver a la biblioteca, volver a casa

viernes 07 de agosto de 2026, 18:03h

Ayer no volví a Ítaca, pero volví a mi casa. Una de ellas, al menos. Volví a la Biblioteca de la Universidad de Huelva. Mi biblioteca. He visitado muchas, y de todas me he nutrido. Conocí la poesía de Julio Mariscal o la biografía de André Gide gracias a la BPE de Huelva, también conocida como la “Casa de la Cultura”. Leí Alejandrías, de Luis Antonio de Villena, en una biblioteca de la facultad de la Universidad de Sevilla; y también he disfrutado de la lectura de muchos buenos libros en las bibliotecas municipales como las de mi pueblo. Sin embargo, ninguna me ha dado tanto como la Biblioteca Ibn Hazam, la Biblioteca Central de la Universidad de Huelva.

Y lo sentí enseguida: traspasé el umbral de la puerta, inhalé el olor de la sala de recepción y volví a casa. Lo he dicho otras veces, citando a Rodrigo Olay: la máquina del tiempo es el olfato. Así que volví atrás en el tiempo, y de repente, tenía veinte años, estudiaba Filología y entraba en un templo sagrado a rendir tributo a una vocación recién descubierta. Fue allí y no en otro lugar donde aprendí, de verdad, el amor por la literatura. La literatura me ha acompañado siempre, pero la relación que tengo hoy con ella se la debo sin duda a aquella biblioteca.

Estaba en casa. De nuevo. Pese a que había alguna que otra novedad: ahora en las máquinas expendedoras se puede pagar con tarjeta; hay una máquina de devolución de libros disponible 24h; una suerte de consignas para patinetes eléctricos, y una fuente nueva, pensada para que los alumnos llenen su botella de agua…

Pero todo seguía igual.

Entré, atravesé la sala de recepción y me interné en la sala de la biblioteca, donde pasé tantas y tantas horas disfrutando de algún manual de Felipe Pedraza o de Guillermo Carnero. O leyendo una antología de poetas simbolistas o las Soledades de Góngora, robándole el tiempo que tenía que dedicarle a Noches lúgubres o Cartas marruecas. Entré y me encontré con esas estanterías, tan ricas, tan repletas de libros magníficos, fundamentales para la formación intelectual de cualquier persona que ame las Humanidades. Una pequeña biblioteca de Alejandría que ya no es tan pequeña gracias al fondo de libros electrónicos a los que tiene acceso la Biblioteca a través de su catálogo. Pero nada como ver esos libros allí, tangibles y a la espera de que una mano los agarre y se haga la música: la literatura.

Me entró la nostalgia de ir al encuentro de aquellos volúmenes que enriquecieron aquellos años de estudiante. Y allí estaban todos. La misma edición, el mismo ejemplar, en que leí por vez primera a Luis Alberto: Su nombre era el de todas las mujeres. Allí estaba, diez años después, el ejemplar que me hizo conocer la poesía del que se acabó convirtiendo en uno de mis maestros. Permanecía allí, con mis huellas impresas en él, esperando a otro Alejandro que lo tomase y quedase prendado de aquellos endecasílabos tan clásicos y contemporáneos al mismo tiempo. Esa poesía que nos habla como en una confesión a todos y cada uno de nosotros: estudiantes de grado, profesores de universidad, carpinteros o cajeros de súper.

Allí, encontré también el ejemplar que leí de Habitaciones separadas, de Luis García Montero, posiblemente mi primera toma de contacto con Visor, una editorial que me hizo entrar en contacto con la poesía española y latinoamericana actual. Pero no acababa ahí la lista. Ahí estaba Orfebre de Leopoldo María Panero, aquel libro metapoético que me maravilló con sus imágenes y que empecé a leer en medio de una clase de Lingüística. O la edición de Cátedra del Canzoniere de Petrarca o la antología La ciudad, de Karmelo Iribarren, que empecé a leer en un autobús de camino a la Uniradio.

Me emocionó ver los mismos volúmenes que yo disfruté, que tanto me dieron. Ellos fueron los cimientos de aquel sitio al que llamo hogar. Esos libros que, en músicos callados contrapuntos, al sueño de la vida hablan despiertos; allí, en un salón enorme, silencioso, lleno tan solo de lectores atentos y de estanterías forradas de libros. De espaldas al mundo, y con los ojos puestos en la vida.

Uno pertenece a muchos sitios, desde luego. Pero, sobre todo, uno pertenece a esos sitios, como dice el bolero, en los que amó la vida. Esos lugares que nos iban susurrando, muy despacio, que todo esto merece la pena. Porque uno es, al fin y al cabo, de aquellos lugares en los que estuvo de acuerdo con el mundo. Aunque fuese por unos años o por unas horas. Así que el viernes pasado, volví a uno de esos lugares. Volví a casa. Y paladeé, eso sí, las cenizas de todo aquello que acabo de recordar. Y volví a ser feliz.

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