Óscar Puente vive atormentado, agitado, en vilo. Se indigna a cada minuto. Y cada minuto se lanza a gritar su ira en las redes sociales, como un adolescente intoxicado. Sus constantes ataques de nervios no corresponden al comportamiento que debería guardar un ministro del Reino de España. Porque, aunque resulta difícil de creer, este hombre maleducado, irrespetuoso e irresponsable prometió en su toma de posesión que “cumpliría las obligaciones de su cargo con lealtad al Rey”.
Y es que, Óscar Puente no forma parte del Gobierno por sus cualidades intelectuales, ni mucho menos por su acierto al gestionar el Ministerio de Transportes. El presidente le nombró por ser el matón por antonomasia del Gobierno, por atacar con furia a la Oposición, por su lealtad perruna. Pero con el accidente de Adamuz, que causó la muerte de 47 personas, ha quedado en evidencia el error de situar al frente del Departamento a un simple hooligan que nunca se ha ocupado ni preocupado, entre otras cosas, por mantener en condiciones de seguridad la red ferroviaria.
Pero Óscar Puente no ha sido destituido fulminantemente, como debería, gracias a esa lealtad perruna a su jefe. Por ser la voz de su amo. Un amo que, por lo que se ve, ha dado orden a sus peones más fieles de atacar al Rey por haber expresado su “preocupación e indignación” por la invasión de Ceuta. Por recibir al presidente de la ciudad autónoma, mientras él chapoteaba en el mar. De ahí, el rebufo del ministro de Fomento al calificar de “ignominia” el simple saludo de Felipe VI a un periodista odiado por el Gobierno. En democracia, nunca un ministro del Gobierno había insultado al Rey.
Pedro Sánchez lucha con desesperación por revertir su declive personal, político y electoral. Es probable que ni siquiera la manipulación del censo que prepara sea suficiente para amarrar el poder en 2027. Teme que su destino esté cada día más cerca del banquillo de los acusados. Y ahí radica el riego para la democracia española. Que los ataques al Rey escondan las verdaderas intenciones del presidente y de una parte del Gobierno que parece estar dispuesto a aliarse con los golpistas catalanes, los proetarras y demás partidos “republicanos” para dinamitar la Constitución y poner en marcha un proceso constituyente que justificaría aplazar sine die la celebración de las elecciones generales de 2027. Y así, Pedro Sánchez se perpetuaría como presidente. Como acaba de hacer Daniel Ortega en Nicaragua, por poner un ejemplo.