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TRIBUNA

Eclipsado

Juan José Vijuesca
miércoles 12 de agosto de 2026, 20:56h

La humanidad siempre ha buscado símbolos para explicar lo inexplicable. El eclipse, esa súbita desaparición del Sol, ha servido como una de las imágenes más intensas para representar el miedo, la transformación y la esperanza. Los eclipses encarnan lo místico y también lo épico. Durante el fenómeno se abstraen los idilios terrenales. Las alegorías se adueñan de las voluntades, dejando inmóviles a quienes se ofrecen al clímax de la exaltación. El tiempo y la existencia se funden entre el oscurecimiento y la revelación. Lo visual recorre la desaparición del Sol en un halo de fin de los tiempos y el resurgimiento de la vida.

Durante milenios, este instante se asoció con el fin del mundo y el presagio de catástrofes de todo tipo, como el nacimiento de niños deformes, el ocaso anticipado de reyes e imperios o la llegada de un tal Pedro Sánchez. Ver morir al sol se convirtió en una amenaza velada. En la antigua China, por ejemplo, se creía que los eclipses solares ocurrían cuando un dragón celestial atacaba y devoraba al astro rey. Cuando sucedía tal cosa, la gente tocaba tambores y hacía tanto ruido como podía para ahuyentar a la bestia y que volviera la luz del día. Dado que el sol siempre regresaba después del alboroto, los chinos estaban convencidos de que el ritual funcionaba, por lo que la tradición se perpetuó.

Aquí, en España, la tradición recae principalmente en esa clase política que intenta tapar el sol con un dedo, tratando de convencernos de sus ‘divinidades’, lo cual denota la imposibilidad de ocultar la verdad pretendiendo justificar lo injustificable. Con ello, algunos ejemplos válidos serían: los incendios forestales, inundaciones, accidentes ferroviarios, alta criminalidad, sanidad pública colapsada, inmigración masiva y descontrolada, vivienda inalcanzable, corrupción a gran escala, el aumento en los precios de los productos básicos y la tasa de natalidad en niveles históricamente bajos, todos ellos con el objetivo, como digo, de oscurecer la realidad en términos económicos, políticos y sociales. Es el otro eclipse, menos científico y más serio.

Cierto es que los eclipses naturales nos crean un hálito de silencio, expectación y fantasías. Por extraño que pueda parecer, son fenómenos más próximos al vacío existencial que al dominio de la situación. Se trata, en resumen, de experimentar un mito colectivo, uno más, donde la erudición queda en manos del enigmático universo. Lugar del que dependemos, pero que, afortunadamente, todavía no dominamos en su misterio y magnitud. Mientras tanto, el mundo entero, me refiero al terrenal, prevalece gracias a la innoble dependencia de ese extraño fenómeno llamado dinero. El materialismo en su máxima expresión, que nos ofrece algo concreto y real a cambio de un trozo de papel mugriento y algunas monedas sueltas.

Rara vez nos detenemos a pensar sobre el porqué de dar todo por supuesto tan ciegamente aquí abajo, cuando en verdad el sol se oculta en el universo y nosotros, los terrícolas, transformamos este fenómeno en un espectáculo mercantil. En solo 60 o 90 segundos, quedamos deslumbrados y a la espera de que el Sol vuelva a brillar. Lo que podremos contar si los astros lo permiten. Si no, apaga y vámonos.

Que continuemos viéndolo, que es lo más importante, a pesar de nuestro desorden como especie y la insignificancia de lo que somos.

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