www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

MAO TSE-TUNG, A LOS 50 AÑOS DE SU MUERTE

martes 08 de septiembre de 2026, 12:55h
Hace ahora cincuenta años, falleció en Pekín Mao Tse-tung, el mayor revolucionario del siglo XX...

Hace ahora cincuenta años, falleció en Pekín Mao Tse-tung, el mayor revolucionario del siglo XX, por encima de Lenin, de Fidel Castro, de Stalin, de Tito… Fue un poeta delicado y profundo. Colaboré con Juan Pao y su equipo en la traducción española de sus Poemas de la tierra y del viento y los publiqué en ABC, en plena dictadura franquista. Además de poeta, Mao fue un dictador atroz. Extirpó de China hasta el mínimo vestigio de libertad y se cuentan por millones los chinos que murieron por su causa. Hoy, sin embargo, su retrato gigantesco sigue presidiendo la plaza de Tiananmen en Pekín y su figura está rodeada de máximo respeto en toda China. En 1963 publiqué yo una Tercera de ABC en la que expliqué los motivos por los que el poeta de alta sensibilidad se convirtió en un dictador tiránico. Más de sesenta años después, reproduzco aquel artículo que se tituló Oscura herida del alma.

“En 1905, la esposa de Mao Kuo-fan, que no podía soportar las crueldades de su marido, se suicidó en la alberca de la finca donde vivía, cercana a Chang Sha. Uno de sus hijos, el pequeño Mao Tse-tung, de doce años de edad, pasó allí muchas horas con los ojos perdidos en las aguas turbias. Algún tiempo después intentó suicidarse en aquella misma alberca.

Unamuno, que escribía con agrias asperezas e intuiciones profundas, dijo en una ocasión que cada vez creía menos en el problema político y en el problema social y en el problema estético y en todos esos problemas que han inventado las gentes para no enfrentarse resueltamente con el único verdadero problema que existe: el problema humano. A los que se sorprenden de que un hombre de la sensibilidad poética de Mao Tse-tung pueda ser tan duro en su acción política, les bastaría conocer su infancia y juventud para dejar de sorprenderse. Los dedos duros de la vida le arrancaron a latigazos tiras del alma y la convirtieron en roca. Roca altiva que mana a veces gotas dulces de agua para sus poemas de la tierra y del viento.

El abuelo de Mao fue uno de los militares que aplastó la revuelta campesina de 1851, instauradora del efímero “Reino Celestial”. Con el botín adquirido se trasladó a las cercanías de Chang Sha, capital de la provincia de Hunan, y allí se adueñó de vastas fincas por el más rápido y económico procedimiento que se conoce: la decapitación de sus propietarios, acusándoles de sospechosos de conspiración. Ese fue el origen de la fortuna familiar de los Mao. Al abuelo le conocían en la provincia con el nombre de Ping-Ying, que quiere decir “El exprimidor”. Se casó con la viuda de uno de los propietarios asesinados y su segundo hijo se llamó Mao Kuofan. Este nuevo Mao mejoró los procedimientos paternos y ensanchó la hacienda. Tuvo varios hijos rudos y violentos como él.

Pero en 1893 nace un niño que sorprende enseguida por su inteligente y su delicadeza. Esto enfurece al histérico padre y el pequeño Tse-tung es víctima predilecta de sus frecuentes iras, sin otro refugio que el calor de una madre silenciosa y resignada. El abuelo, intrigado por la inteligencia del niño, comienza a pagarle los primeros estudios. Pero muere pronto y Mao Tse-tung es obligado por su padre a trabajar en los más duros oficios del campo. A los doce años, Mao huye de la casa paterna y más tarde se pone a favor de una revuelta campesina que concluye con el saqueamiento de los almacenes de su padre. Tras la muerte de la esposa y el intento de suicidio del niño, vuelto por la fuerza al hogar, Mao Kuo-fan cede y le envía a estudiar a Chang Sha. Toda la infancia de Mao Tse-tung había transcurrido entre anhelos de parricidio y deseos de suicidarse como su madre.

En la escuela de Chang Sha, Mao intima enseguida con un niño prodigio, dos años más joven que él: Liu Chao-chi, hoy presidente de la República Popular china. Mao y Liu se enteran en clase de la muerte de la emperatriz regente, que vivía la humillación del orgullo nacional tras la revuelta de los “boxer”. A Tse Tsi, una de las mujeres más interesantes de la Historia, le sucede el niño de tres años Pu Yi, regentado por su padre, Tsai Feng. Mao y Liu, dos adolescentes todavía, están, por patriotismo, contra la dinastía manchú y leen ya el “Min Pao”, el periódico del doctor Sun Yat-sen. En 1911, Mao organiza su primera fuerza política: los “espartanos de Hunan”, que eran una mezcla de “camelots du roi” sin rey y de “bou-scouts”. Con sus “espartanos”, Mao recorre a pie cinco millares de kilómetros, nada en ríos helados y sube a las montañas nevadas, sin otra alimentación que alubias negras. Toda su vida será ya un asceta.

El día 1 de enero de 1912 asiste n las calles de Nankin, codo a codo con Liu Chao-chi, a la proclamación de la Constitución republicana, leído por Sun Yat-sen. Mao acoge entonces con reservas la democracia, que fracasó en China, como más tarde acogería con frialdad la victoria del comunismo en Rusia. Lee por aquella época “El diario de un loco”, la gran novela de Lu Hsun, y publica sus primeros versos en la revista “China Nien”, es decir, “Juventud Nueva”.

En 1918 pasa los exámenes y se le ofrece un cargo en la Biblioteca Central de Pekín. En la estación de Chang Sha se despide de Liu Chao-chi, que parte para Shangai. “Éramos estudiantes llenos de juventud”, escribiría más tarde en un bello poema. En Pekín, Mao alquila un pequeño estudio en la misma casa de su profesor Yang. Y se entrega a la lectura. Es un gran devorador de libros. Lo lee todo. Tras el tratado de Versalles, organiza una gran manifestación de protesta que le hace popular en todo Pekín.

Casi sin darse cuenta se enamora de Kai Hui, hija del profesor Yang. Le dedica sus mejores poemas y la lleva a pasear junto al lago Kun Ming, cerca de los palacios de verano, entre los pinos de corteza blanca. Mao recordará a Kai Hui siempre así, tan pálida, en los últimos días del otoño, con su aire universitario y sus ojos como las almendras, dulces y duros. Kai Hui tiene el corazón sin estrenar y, en los atardeceres tibios, es un reflejo blanco entre las flores de loto del estanque. Mao sólo quiere verla vivir. Llega a amarla grande y profundamente. En 1920 se casan. Yang le presenta entonces al profesor Chen, economista. Mao y Chen fundan poco después el partido comunista chino. Mao se encarga de la organización juvenil con gran éxito. Su agente en París es un aristócrata chino que estudia en la Sorbona y después en España: Chu Enlai, actual primer ministro de la China roja. Mao se niega a aceptar desde el principio la dirección rusa. Sabe que la revolución china no puede salir, como afirman los rusos, de los talleres, sino de los arrozales. Y por esta “desviación” sería expulsado en 1929 del partido comunista por orden de Moscú.

En 1921 vuelve Mao a su provincia, Hunan, y se instala en Chang Sha, donde edita su primera revista: “Hsiang Chiang”, que venden sus amigos y su bella mujer en las calles. Mao se considera un periodista nato. “Antes que nada soy un periodista”, dirá ya siempre. En 1925 muere Sun Yat-sen y Chiang Kai-chek se pone al frente del Kuomintang, el partido nacionalista que lucha por la unidad china, hecha pedazos tras la caída del Imperio. Al principio, el partido comunista colabora con el Kuomintang. Mao se siente por aquella época muy feliz. Adora a su mujer y espera de ella un hijo. Controla políticamente la provincia de Hunan. Es el trágico año de 1927. Chiang da un golpe sorpresa en toda China contra el partido comunista. En Chang Sha infiltra siete mil soldados que terminan en unas horas con la organización roja. Mao, que está en el campo, vuela a la capital. Cae prisionero con su mujer. Aquella misma noche consigue escaparse por el techo de la celda y se esconde en las afueras de la ciudad. Con las livideces del alba ve cómo una fila de prisioneros se dirige a unos postes de agarrotamiento. Entre ellos va su esposa embarazada. Con los dedos clavados en la tierra, Mao Tse-tung contempla el asesinato de la mujer amada. Ve el anillo de acero con que un soldado del Kuomintang enlaza su garganta delicada de ciervo triste y oye el estertor de la estrangulación. Roto en pedazos, espera a la noche para liberar el cuerpo amado. Al arrancar el anillo de acero se hiere en una mano. Llora las últimas lágrimas de su vida sobre el cuerpo frío, sobre el hijo muerto sin nacer y después huye a las montañas de Chingkang, donde organizará la más gigantesca revolución que conoce la Humanidad y una de las más singulares epopeyas militares de la Historia: la “Gran Marcha”. Pero aún tiene tiempo para detenerse y pintar, con el pincel humedecido, el verso de la oscura herida del alma:

En el garrote me rasgué las manos

y no brotó la sangre de mis venas.

Estaba ya seco

el último resto de clemencia.

Guardó el pincel y levantó los ojos duros contra el cielo. Había nacido el lobo.”

Hasta aquí el artículo publicado en ABC sobre aquel periodista sagaz, sobre aquel poeta lírico, sobre aquel dictador atroz de cuya muerte se cumplen esta semana, el 9 de septiembre, 50 años. A diferencia de otros dictadores y tiranos, Mao Tse-tung sigue ocupando lugar preferente en la China que, gracias a él, se ha convertido en la segunda potencia del mundo.