Por establecerse en el poder con un golpe de Estado y gobernar una dictadura sanguinaria, el régimen de Franco aportó al nombre de España enorme antipatía (dentro y fuera de nuestras fronteras). Suministró, además, oxígeno a los nacionalismos periféricos y facilitó la historia ficción (sustituta de la realidad histórica con relatos inventados en función de una ideología) cultivada por ellos desde su origen; así, por ejemplo, los nacionalistas vascos han pretendido ser siempre el blanco preferente del odio abrasador del Generalísimo (con ese convencimiento expandieron un odio patológico a España y a todo lo español).
Sin embargo, tal como ha documentado el historiador Gaizka Fernández Soldevilla, se estima que los franquistas acabaron con la vida del 0,18 por ciento de la población del País Vasco (en combate y en represión), un porcentaje que se multiplicó por diez entre las gentes del suroeste de España (Extremadura y Andalucía Occidental), donde nadie declara a día de hoy que Franco fuera expresamente contra los extremeños y los andaluces. Viene esto a cuento para resaltar lo retrasados que andamos al dar por supuesto algo que es falso, por mucho que se pretenda consabido e irrefutable.
El caudillaje siempre aparenta una ejemplaridad que es falsa. Es una de las varias y contundentes razones que lo hace insoportable, no importa la ideología política que diga representar; renunciar a la verdad en función de la ideología bloquea nuestra condición humana y nos empequeñece en la rigidez. De Franco, por ejemplo, sus propagandistas glosaron que la lucecita del Pardo estaba siempre encendida, es decir, que desde el despacho de su palacio estaba continuamente velando por nosotros. Quienes lo oímos en su día nos burlábamos y hacíamos chirigota de aquella impostura.
Pasados los años, tras Adolfo Suárez, Leopoldo Calvo-Sotelo, Felipe González, José María Aznar, José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy, llegó Pedro Sánchez. Éste se ha sabido vender como ninguno de los anteriores. A diferencia de ellos, ha logrado gobernar ocho años seguidos con cuatro de ellos sin Presupuestos Generales del Estado. Es un fenómeno.
De la entrevista por radio que dio la semana pasada (más de una hora de duración), quiero destacar algo que no he visto reseñado: afirmó que estaba “24/7 pendiente” de todo lo que pasaba en España, esto es: que estaba alerta por España las veinticuatro horas del día y de toda la semana; full time, como el de la ‘lucecita’. Me emocionó su abnegación y entrega. También declaró que “siempre es buena la alternancia”, pero sucede que la oposición es destructiva y busca la involución democrática con bulos y desinformación. Con un viejo mecanismo de defensa, afirmó que los políticos de la derecha “no han hecho otra cosa en la vida que sembrar cizaña”. Este hombre se vende como lo que no es, no sólo como prenda insuperable de transparencia sino del método científico: seguimos investigando y actuando sobre certezas. Y, además, siempre sudando la camiseta (otro de sus mantras favoritos para merecer sostenerse en el poder a toda costa).
Sin escrúpulos y con máscaras, pide fe en él; es lo propio de un caudillo, su falsa ejemplaridad. En estos ocho años en que ha presidido el Gobierno, sin que su partido ganase las elecciones, jamás ha tenido el valor de confesar un solo error, los esconde. Y nos infla de datos triunfalistas y siempre engordados a su favor, cuando no son falsos. Así, nada más iniciada la invasión de Ceuta se refugió en el palacio de la Mareta a cuerpo de rey, porque tiene derecho a tener vacaciones como otro ciudadano cualquiera. Faltaría más. Ya había hecho los deberes declarando, durante las dos horas que visitó la ciudad invadida, que se trataba de “una violación de la integridad territorial de España” e insistiendo, a la vez, en que Marruecos es un socio fiable y leal. Lo suyo es ser valiente, coherente, consistente.
Hay que tener fe: Escúcheme. Sí le puedo garantizar. Vende humo y, después de repasar las reglas de Dale Carnegie para convencer a los demás, repetirá lo que hoy nadie puede creer, sino todo lo contrario: “yo tengo el convencimiento de que Ceuta va a salir reforzada de esta situación tan compleja”. Pero Ceuta es hoy una ciudad ocupada, estresada y trastornada, una ciudad violada en sus derechos y libertades. La invasión exige devolución completa. Cuando se le preguntó qué ganaban las mafias (acusadas de organizar lo que está fuera de su provecho), Sánchez respondió con otra pregunta que le delata: “¿Y qué gana Marruecos con este tipo de tácticas?”. “Tenemos que ser conscientes de que esta crisis únicamente se va a poder resolver con la cooperación y no con la falta de confianza en Marruecos que lo que haría sería agravar aún más una situación compleja que es la que tenemos en Ceuta”. ‘O sea, no hay que enfadar a Marruecos’. No, no.