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TRIBUNA

La democracia en peligro

sábado 19 de septiembre de 2026, 18:46h

Sajonia-Anhalt es un Estado federado de Alemania que acaba de celebrar sus elecciones. Como es sabido, con casi el 44% de los votos, el partido ultraderechista AfD ha pulverizado al tripartito compuesto por la CDU, el SPD y los liberales.

El férreo cordón sanitario ha cedido ante la ola populista. ¿Será cuestión de mantenerlo? No desde luego en ese Estado alemán, porque Ulrich Siegmund sólo necesitará los votos de un partido de extrema izquierda para formar gobierno. Paradojas de la política, contará con su apoyo.

Europa, la Europa fundada después de la Segunda Guerra Mundial, asiste incrédula a este espectáculo que no sólo se representa en Alemania. Italia ha visto cómo Meloni ha superado el récord de estabilidad en sus gobiernos, los sondeos auguran una victoria de la rehabilitada Le Pen en las presidenciales francesas del año que viene y en los demás países de la Unión, el auge de estos partidos parece imparable. Los cinco Estados más importantes de la UE podrían pasar a estar gobernados por formaciones de ultraderecha, ya sea en coalición o con ejecutivos monocolor.

Algunos comentaristas opinan que es mejor rendirse a la evidencia. Ya que han llegado hasta aquí, es mejor que gobiernen -piensan-. Una vez que dejen de contemplar los toros desde la barrera y se den cuenta de la realidad actuarán de otra manera. Meloni es, por lo visto, un ejemplo de moderación y de compromiso europeísta.

Es probable que no les falte razón. Pero también es cierto que algunas de las políticas de estos partidos han permeado ya en otros países. En especial, en lo relativo a las medidas restrictivas de la inmigración que ya forman parte de los programas de las formaciones más tradicionales y aún de la propia Comisión.

Es así. Las sombras del populismo se han proyectado sobre nuestro continente antes de que sus personajes se sienten en las poltronas gubernamentales. Y la razón de todo eso quizás se encuentre en que los viejos partidos populares y socialdemócratas, y también liberales y verdes en los países en los que cuentan con alguna representación significativa, no han sido capaces de ofrecer respuestas a los problemas por los que atraviesan sus ciudadanos.

Porque es más que posible que la solución no sea por más tiempo la de esconderse detrás de la comodidad de un cordón sanitario, pensando que la contundencia de la suma de los votos mantendrá a los populistas extramuros del sistema. Por el contrario, los programas que han debido pergeñarse por un arco parlamentario que abarca desde la derecha a la izquierda, y que contiene al centro y a los ecologistas, no han conseguido sino generar una acción de gobierno desvaída, sin criterios claros y con ideas que, de tanto oponerse unas a otras, producen unas políticas deslavazadas e irreconocibles. Una especie de desierto sobre el que el populismo avanza con comodidad.

El caso de Alemania es paradigmático en este erial de bloqueo en las reformas. Como apunta el semanario británico The Economist, el gobierno liderado por Merz sólo ha aprobado un documento de 34 páginas conteniendo medidas en relación con pensiones e impuestos en el pasado mes de julio. Para un gobierno que se formó en mayo de 2025…

Detrás de todo esto, en las causas del auge populista, hay muchas identidades que se consideran perdidas, mucha nostalgia de un pasado que ni siquiera existió. Pero también expresan el rechazo a un sistema que no es capaz siquiera de hacer un diagnóstico serio de los problemas que existen, menos aún de su solución.

Pero convendría no dar por perdidos a los votantes que se inclinan por las respuestas más radicales. Y principalmente no faltarles al respeto. Resulta demasiado fácil calificarlos de fascistas, como si estuviéramos viviendo en los convulsos tiempos que derivarían en la Segunda Guerra Mundial. Lo que existe es una sociedad desconcertada, aburrida y también hastiada ante un mundo que ya no reconoce en sus calles, un futuro que cerró por avería el ascensor social, unas instituciones alejadas de los ciudadanos, unos dirigentes burocratizados cuando no corruptos.

Existe un estado de la situación al que los partidos tradicionales deberían prestar atención. Una especie de fatiga del sistema, de las instituciones, de las formaciones que las sustentan. Y el populismo no constituye su causa sino su respuesta.

Es preciso que los partidarios de la democracia pasemos de la reacción a la actuación. Que -como se dice ahora- recuperemos el control del relato Y que nos dirijamos a los ciudadanos haciéndoles ver eso que venía a decir Churchill, que será malo el sistema democrático, pero con todo es mejor que lo que padecen los rusos, los chinos o los turcos gobernados por Erdogan.

Lo ha dicho Michael Ignatieff para ABC en su reciente visita a España: “Puedes corregir sus datos (de los votantes), pero no sus sentimientos. Y necesitan sentir que eres uno de ellos, que los entiendes”.

Y en ese acercamiento a los electores deberían esos políticos comprender sus temores. En cuanto a las soluciones, estoy convencido de que muchas veces la respuesta la tienen los mismos ciudadanos. Es más función de la política -de la buena, se entiende- no agobiar al ciudadano con un farragoso e incesante listado de prohibiciones y cautelas. Reagan decía temer antes que a otra cosa a esa frase que decía: “Hola, soy del gobierno. He venido a ayudarle”.

Pero no hay democracias sin ciudadanos. Y no cabe seguir moviendo la rueca pensando en que siempre preferirán evitar el mal mayor. En especial, cuando ellos creen -con o sin fundamento- que lo peor son en realidad los partidos tradicionales.

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