25 de noviembre de 1891. Al dirigirse al trabajo de cada día, un considerable número...
Google reprodujo íntegramente este artículo aparecido en El Cultural, revista de referencia de la vida intelectual española. Las redes sociales lo comentaron profusamente. Su autor es Luis María Anson, Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades. Para conocimiento de los lectores de El Imparcial, reproducimos el artículo a continuación.
25 de noviembre de 1891. Al dirigirse al trabajo de cada día, un considerable número de madrileños compraron su periódico preferido, El Liberal. El gran periodista Mariano de Cavia, que fue académico de la Real Academia Española, publicaba una información que aterrorizó a los lectores. La noche anterior se desató un incendio en el Museo del Prado. La palabra pánica de Cavia describía con desgarrada expresión literaria cómo las llamas habían destrozado muchas de las grandes pinturas de Velázquez, de Ticiano, de Goya, de Rubens… Se salvaron algunos cuadros porque varios voluntarios se lanzaron entre las llamas para salvarlos, enfrentándose al viento “ululante y soturno” que agrandó la catástrofe. El resultado final fue la devastación.
Se trataba de una mentira, de un gran acierto periodístico para advertir a las autoridades sobre lo que podría ocurrir si una colilla distraída provocaba el incendio en un museo que carecía de los medios para sofocarlo. Pordiosero de la metáfora, el periodista Cavia sabía que aquella invención tenía un antecedente en la capital de España. En 1734, durante la Nochebuena, una chimenea mal apagada provocó un tremendo incendio en el Alcázar de Madrid, es decir, en el colosal palacio real de los Austrias, hasta destruirlo por completo. Se calcula que, además de esculturas, tallas, muebles y ornamentos, unos quinientos cuadros de grandes firmas, entre ellos La expulsión de los moriscos, de Velázquez, perecieron en la catástrofe, junto a lienzos de Rafael Sanzio, Tintoretto, Ticiano y tantos otros.
El ulular artículo de Mariano de Cavia removió la tradición bovina de la clase política española. Y consiguió su propósito porque provocó el estallido de las uvas de la ira. y las autoridades dotaron al Museo del Prado de un eficacísimo sistema para apagar cualquier fuego que se produjera. El problema no se resolvió del todo, ya que para templos, capillas, palacios, museos, conventos y monasterios el agua apaga, pero daña las pinturas y las esculturas. Y los extintores de polvo químico seco resultan eficaces contra las llamas, pero lesionan también las obras de arte. En todo caso, la literatura fluvial de Cavia y sus ojos desnudos de ceniza quebraron la estolidez política de la época.
Mario Barbero, de profesión bombero, es licenciado en Historia del Arte y especialista en Patrimonio e Investigación. Junto a Rubén Serrano y una docena de colaboradores especializados ha conseguido, tras larga investigación científica, descubrir un producto, altamente eficaz para apagar los incendios, sin dañar el patrimonio artístico. El llamado Instrumento de Protección del Patrimonio Abstracto, IPPHA, significa, junto a la eficacia en la extinción del incendio, evitar el deterioro de las obras de arte. La Universidad Complutense de Madrid y otras altas instituciones universitarias, en lugar de borbollar discursos estólidos, han contribuido a la investigación de Mario Barbero y sus colaboradores. El éxito nacional e internacional se ha extendido aceleradamente y España se ha apuntado un gran éxito. Ahora es necesario ampliarlo y robustecerlo, avanzando en las investigaciones y promocionando cursos y seminarios para que se extienda un descubrimiento clave en la conservación del patrimonio artístico de las naciones. Frente a tanta palabra encanecida, Mario Barbero apuesta no solo por derrotar al fuego y al viento, también por salvaguardar pinturas, tallas y esculturas, de la voracidad de las llamas hambrientas, porque el arte, como escribió Baroja, “es el espíritu de las cosas reflejadas en el espíritu del hombre”.