Con banda militar, salvas de cañón y al pie del avión con alfombra roja recibió Donald Trump a Xi Jinping y a su esposa Peng Liyuan en la base conjunta de Andrews. La visita de tres días a los Estados Unidos no podía tener un comienzo más espectacular. Hacía once años que un presidente de los Estados Unidos no recibía allí a un líder extranjero y la Casa Blanca no escatimó en gestos. Hasta sacaron un bombardero que sobrevoló la base durante el recibimiento. Se trataba de corresponder la deslumbrante hospitalidad que Xi Jinping dispensó al presidente de los Estados Unidos en su visita a Pekín el pasado mes de mayo. Era necesario mostrar ahora el respeto de los Estados Unidos por la República Popular China.
Esta visita, sin embargo, tiene también una enorme importancia para el propio Donald Trump, que afronta las “mid-term elections” el próximo 3 de noviembre. Están en juego 435 escaños en el Congreso y 35 en el Senado. Además, se eligen gobernadores en 36 estados de la Unión. Con unos pronósticos electorales poco favorables – la popularidad del presidente ha alcanzado este mes sus niveles más bajos en las encuestas-, una creciente preocupación por la situación económica y el aumento del coste de la vida y una notable impopularidad de la guerra contra Irán, el presidente de los Estados unidos tenía una oportunidad de relanzar su liderazgo aprovechando la visita.
Sin embargo, los temas de la agenda no daban para muchas alegrías en Washington. La guerra arancelaria que inició Donald Trump ha tenido efectos adversos sobre la economía estadounidense, que ahora trata de mitigar la Casa Blanca. El pasado mes de octubre, en Busan, los Estados Unidos y la República Popular China alcanzaron el acuerdo de suspender la imposición de nuevos aranceles a cambio de importaciones garantizadas de tierras raras y minerales críticos. Washington ha logrado que esta tregua arancelaria se extienda hasta el 10 de enero de 2027, lo que brinda a Donald Trump cierta estabilidad a la hora de afrontar las elecciones y las semanas posteriores. Ahora bien, la extensión de la tregua no es una salida a la trampa de la guerra comercial iniciada a comienzo de su mandato.
En realidad, la visita ha demostrado que Xi Jinping es un líder que se mide de igual a igual con Donald Trump, que a su vez parece haber perdido el ímpetu de antaño. En realidad, la República Popular China ha proyectado la imagen de ser una potencia a la misma altura que los Estados Unidos sin realizar concesiones en ningún asunto estratégico. Todos los alineamientos centrales de Pekín -desde la “One China Policy” hasta la defensa del libre comercio, el desarrollo de la inteligencia artificial y las relaciones con la República Islámica de Irán- se mantienen tal como el gobierno chino ha decidido.
Xi Jinping y Donald Trump volverán a verse en noviembre durante la cumbre del foro Cooperación Económica Asia-Pacífico en Shenzhen (China) y en diciembre en la cumbre del G20 en Florida. Casi dos años después del regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, la República Popular China no sólo ha resistido las presiones, sino que se ha consolidado como una superpotencia en pie de igualdad con los Estados Unidos.