La Fundación Pequeño Deseo y la Universidad Pontificia de Salamanca presentaron el pasado jueves en Madrid el I Estudio Cualitativo sobre el impacto de conceder un deseo a niños gravemente enfermos con el objetivo de averiguar su huella emocional en el tiempo.
El estudio, titulado Cuánto perdura un deseo, ha sido liderado por Beatriz Palacios Vicario, profesora de Psicología de la Pontificia de Salamanca. Ha tenido como fin averiguar el impacto de conceder un deseo a niños con graves enfermedades, al igual que a sus familiares y facultativos a largo plazo, en concreto, en diez años.
La investigación analiza el recuerdo del deseo cumplido diez años después del primer estudio científico realizado en 2012 en colaboración con la Universidad Complutense. Han sido recogidos testimonios de ocho participantes con el objetivo de analizar cómo se integra esa experiencia en su memoria emocional y qué significado conserva con el paso del tiempo.
Más de 25 años después de su apertura, la Fundación Pequeño Deseo ha hecho cumplir más de 8.000 deseos de niños enfermos, entre ellos el de Alberto Palacios, un joven periodista, que con tan solo 11 años le detectaron un tumor en la tibia obligándolo a dejar su hogar en Soria y trasladarse a Madrid para someterse al tratamiento.
Gracias a la mediación de la fundación, el deseo del entonces niño fue concedido: conocer a su mayor referente, el locutor deportivo Manuel Lama. “Me metieron con la silla de ruedas en la redacción y tuve la sensación de efecto túnel… Me acuerdo muy bien de tener las manos muy frías”, señala Palacios, que recuerda cuánto impactó aquella experiencia en un momento especialmente vulnerable en su vida.
“Recuerdo que me dijeron que tirara para adelante y que me pusiera ese horizonte. También que no pensara en la analítica que iba a tener al día siguiente, sino en que aquello iba a pasar”, comparte este joven periodista, que rememora otra de las frases que se le quedaron grabadas: “En unos meses se abre tu camino”.
Un impacto duradero
Timanfaya Hernández, decana del Colegio de Psicología de Madrid, sostiene que “desear es imaginar, es poder proyectarnos más allá del momento en el que estamos, es ilusionarse y mirar hacia delante".
Estos deseos no son únicamente especiales cuando son concedidos. También lo son cuando sus protagonistas los rememoran por la repercusión que tuvieron en sus vidas, lo que confirma un impacto emocional duradero. “Somos lo que queremos recordar”, destaca el psicólogo Javier Urra, patrono de la Fundación Pequeño Deseo.
Hace poco más de una semana, Ely, una niña de seis años con un tumor cerebral, anhelaba convertirse en una princesa. La fundación se unió al alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida, y al ilusionista Jorge Blass y voluntarios para cumplir su deseo, nombrándola princesa en el Palacio de los Duques de Pastrana. Al igual que Ely, la mayoría de los niños no piden objetos; piden experiencias como conocer a algún referente, ser alguien por un día o viajar.
Los resultados de esta investigación destacan igualmente el impacto del deseo en el entorno de los pacientes. Es decir, que no se limita al niño sino que tiene un beneficio sistémico en familiares, personal sanitario e, incluso, en aquellos que participan en hacer el deseo realidad. “Poder dar y no hacerlo es un error existencial. Es muy importante de si tienes la oportunidad de ayudar, ayuda”, señala Urra.