Los caminos de Bolonia
jueves 01 de enero de 2009, 22:57h
A muchos nos cuesta desprendernos de cierta idea de la Universidad. Es, lo se, una idea algo anticuada, anclada en modos decimonónicos o incluso del antiguo régimen. Concibe la enseñanza y la investigación, la labor del docente, de manera artesanal, como un oficio que se aprende y domina tentativamente, en el seno de un colectivo al que se pertenece afectivamente, la escuela, y con el que uno tiene una vinculación que no es meramente profesional. Se trata para el universitario de un modo de ganarse la vida, pero también de vivir, de realizarse personalmente. Posiblemente esta visión de la Universidad está relacionada con el carácter práctico de los menesteres que en ella habían de cultivarse en el momento de su surgimiento, antes de nada el derecho y la medicina, la teología, como arte de discutir y propagar; pero también con el propósito asignado a la institución , ya en nuestra época , no sólo de enseñar o trasmitir unos conocimientos concretos, sino de educar o formar a ciudadanos, dotándoles de una capacitación general para, después, como se decía, abrirse un camino en la vida.
Cierto que esta Universidad ya no se adecua a las necesidades de los tiempos actuales en la que se ha producido, venturosamente, una masificación extraordinaria y en la que con toda legitimidad se aspira a obtener de los años pasados en el las aulas un equipamiento de especialización profesional, capital a la hora de encontrar oportunidades de trabajo.
La exposición de la Universidad a las demandas de la Sociedad plantea cuestiones bien interesantes acerca de la incorporación a la institución de actitudes y perspectivas, a las que podríamos referirnos de manera sintética calificándolas de exigencias de racionalización, que no cabe ignorar en el quehacer universitario. La Universidad no puede entenderse encapsulada en sí misma, por el contrario, está obligada devolver a la comunidad los recursos que de ella generosamente obtiene. Sin duda, los problemas de la Sociedad, se presenten o no en clave tecnológica, esto es sean de organización o de funcionamiento, deben ser objeto de análisis en la Universidad, que es entonces el lugar fundamental del debate social y de la investigación científica.
Como consecuencia , de manera inevitable, se plantea la necesidad, de un lado, de objetivar lo más posible la selección del profesorado universitario, y, de otro, de establecer de modo permanente relaciones con los sectores profesionales de la sociedad a que alcanza la actividad universitaria.
La selección del profesorado debe ser el resultado de un proceso caracterizado por la trasparencia, esto es la publicidad, y el mérito. La inserción social de la Universidad debe estimularse, propiciando la colaboración, temporal, de sus miembros en actividades profesionales externas y la integración mediante fórmulas imaginativas de diversos expertos civiles en las actividades investigadoras y docentes de los propios departamentos universitarios.
¿Qué queda entonces, de la vieja Universidad en los nuevos tiempos? Para mí, sin duda la convicción de que el docente no sólo está obligado con los saberes que trasmite sino con la educación que comunica a las nuevas generaciones, y que su oficio es una labor inacabable que exige fidelidad a lo que se conoce, pero sobre todo apertura hacia lo que ha de aprenderse.
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Catedrático
Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.
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