
Después de nueve años sin publicar un poemario, Itziar López Guil regresa con Un refugio en la espesura, un libro que onvierte la intimidad en resistencia y la memoria en presencia. La espesura representa ese territorio incierto donde, frente a las violencias y las pérdidas, todavía es posible nombrar, cuidar y rebelarse.
Tras Del laberinto al treinta, Asia, Valores nominales y Esta tierra es mía, López Guil reúne poemas atravesados por la memoria familiar, acompañados por más de veinte ilustraciones de su padre, Carlos López Cortejo (1942-2020). Las dedicatorias a sus padres, su hija, su compañero y quienes la acompañaron durante la escritura revelan una red de afectos que constituye parte de la materia del libro. Las imágenes paternas prolongan su presencia y tienden puentes entre la ausencia y la palabra. Las citas iniciales de Pepe Mujica y Noam Chomsky anticipan los dos impulsos que vertebran el conjunto: perseverar ante el dolor y rebelarse contra aquello que pretende normalizarlo.
El poemario se abre con «Mendigos de la culpa», donde la voz aparece «rota en cien pedazos», y se cierra con «Madremar», que transforma la herida en alianza: «No importa cuánta rabia sople, cuánta metralla: / contigo somos una, madre, hijas». Entre ambos extremos, el libro transita de la vulnerabilidad individual a una comunidad afectiva capaz de sostenerse sin negar el daño. El orden alfabético de los títulos evita una narración lineal y propone un recorrido de senderos cruzados, donde familia, deseo, maternidad, muerte y compromiso social se iluminan mutuamente. El verso libre, las composiciones breves y la prosa poética conviven en una escritura que demora el sentido mediante pausas, encabalgamientos e imágenes recurrentes.
Una de las mayores virtudes de López Guil reside en introducir la violencia en los espacios más íntimos. En «Acoso escolar (Trinchera)», el miedo de una hija despierta la pregunta culpable de la madre: «¿es mi culpa?». La escena se convierte en una «lucha de dragones por la cima», imagen épica de una batalla cotidiana cuyo alcance escapa a los adultos. El amor protege, pero no garantiza la inmunidad; de ahí el deseo de que la niña pueda sentirse «al fin / a salvo».
La amenaza se amplía en «Aprendiendo silencio», donde la guerra convierte la escuela en «alfombra de hormigón» y los misiles borran las letras. Destruir la educación significa también arrebatar a una comunidad las herramientas para comprender el mundo y narrar su historia. En «La trampa», la opresión se traslada al ámbito doméstico, transformado en «los muros de una celda», hasta desembocar en un final estremecedor: «Pero se te ha hecho tarde, / y ya estás casi muerta».
El acoso, la violencia contra las mujeres, la persecución de los pueblos, la pobreza, la exclusión de las personas migrantes y los genocidios conforman el horizonte político del libro. La poeta madrileña denuncia también la indiferencia de los privilegiados y la degradación del lenguaje al servicio de intereses económicos y políticos. Sin embargo, evita la consigna y las fórmulas previsibles del realismo social: encuentra la intensidad en detalles e imágenes que condensan experiencias colectivas y devuelven al lector una realidad incómoda. La palabra adquiere así una responsabilidad ética. «Por eso has de impedir que te gobierne su Historia»: frente al relato dominante, que silencia a las víctimas y legitima las jerarquías, la poesía reivindica otra memoria. «Siempre vences, palabra» expresa menos una fe ingenua en el lenguaje que la necesidad de nombrar aquello que otros quieren ocultar.
Junto a la denuncia, el poemario explora el paso del tiempo, el deseo y la conciencia de la edad. En «Cercanías», la luz enrarecida de una estación nocturna condensa la soledad de quien permanece en tránsito y necesita «recobrar todo el dominio de ti misma». La madurez aparece como reajuste: el cuerpo cambia, el deseo modifica sus ritmos y las certezas pierden firmeza. «Todas las cosas se suceden tan de prisa…» expresa ese desconcierto sin caer en la complacencia autobiográfica. El yo permanece abierto a los demás, atravesado por afectos y responsabilidades. «Soy mi propio verso abierto» resume una identidad que se reconoce vulnerable e inconclusa.
También el deseo revela su ambivalencia. En «Deseo», «Termina el mundo donde empiezas tú» expresa la capacidad del amor para reorganizar el paisaje alrededor del ser amado. Pero ese mundo puede quedar «en ti contenido, en ti asfixiado como en puño»: el vínculo que ofrece refugio amenaza también con estrechar el horizonte. En «Desasosiego», la noche «nos destroza los relojes» y convierte el tiempo compartido en un territorio incierto.
La memoria del padre aporta una delicada tonalidad elegíaca. En «Bufanda para el mal tiempo», la voz lo busca «en los libros y en los bosques» y recuerda el sueño en su pecho. La ausencia transforma lo cotidiano en refugio perdido. «Anbetung» concentra el vínculo en la imagen de «este charco que miramos», mientras «Canción de verano» revela, con una pausa decisiva, la plenitud inadvertida de un instante: «Porque la vida no podía ser tan fácil. // Así de fácil era». Solo después de perderlo comprendemos a veces lo que contenía.
La esperanza, por su parte, no es una certeza gratuita. En «Fe», se convierte en voluntad de «reescribir los bosques y derrumbar / la Historia». En «Search», la palabra aspira a «acunar a los ahogados del Estrecho», llevar pan donde falta alimento y proteger frente a las bombas. La poesía se vuelve así una exigencia ética: hablar significa atender al sufrimiento y combatir el silencio cómplice. «Submarine» introduce, sin embargo, una duda persistente: la voluntad adulta de actuar convive con el silencio de una niña en el fondo del mar. El amor no elimina los límites de nuestras decisiones ni garantiza que podamos proteger a quienes amamos.
Esa tensión alcanza una expresión conmovedora en «Hija»: «Y estás tú, que me colmas día a día, mientras yo me deslizo hacia algún fin». La plenitud de la maternidad convive con la conciencia de la propia finitud, reuniendo gratitud y desasosiego en una misma experiencia.
Un refugio en la espesura construye, en definitiva, una poética donde la intimidad permite afrontar la Historia sin olvidar los cuerpos concretos sobre los que recaen sus violencias. La familia y los afectos constituyen una comunidad frágil, expuesta al duelo, pero capaz de preservar la memoria y sostener la palabra. López Guil encuentra su fuerza en la alianza entre ternura y rabia, contemplación y denuncia, introspección y compromiso. No promete una salida fácil de la espesura, sino que ofrece algo más necesario, un lugar desde el que mirar de frente el daño y seguir resistiendo con la palabra.