En El primer hombre, Albert Camus evocó la infancia de Jacques Cormery, un niño de una familia pobre de Argel cuya madre no sabía leer. Su maestro reconoció sus capacidades y se implicó para que pudiese continuar estudiando. En aquella casa, donde hacía falta un salario más, prolongar los estudios estaba lejos de ser una decisión sencilla. La confianza del profesor abrió una posibilidad que el niño difícilmente habría podido alcanzar solo. La escuela empezó a cambiar su futuro antes incluso de que pudiera imaginarlo.
La historia de Jacques Cormery sigue siendo válida hoy. Para un alumno de una familia humilde, lo que aprende en la escuela puede decidir buena parte de su futuro. De esa formación dependerán sus posibilidades de continuar estudiando, acceder a una profesión y mejorar sus condiciones de vida. Si la enseñanza es insuficiente, tendrá pocos medios para compensarla. Tampoco le resultará fácil empezar de nuevo después de un fracaso. Por eso, cuando hablamos de igualdad de oportunidades, conviene preguntarse qué educación reciben precisamente quienes más necesitan que sea buena.
La escolarización universal constituye una conquista fundamental. Sin embargo, pasar años en un aula y obtener un título debe significar que se ha adquirido una preparación sólida. De lo contrario, las diferencias de origen vuelven a imponerse. Algunas familias pueden pagar clases particulares, estancias en el extranjero o un cambio de centro. Otras tienen que confiar casi por completo en lo que sus hijos aprenden durante la jornada escolar. Para estas últimas, la calidad de la enseñanza tiene consecuencias muy concretas. De ahí que resulte equivocado reservar la excelencia a una minoría. Comprender un texto, escribir con precisión o resolver un problema matemático son aprendizajes que abren el acceso a otros más complejos. Sobre ellos se construye una formación científica y humanística que permite seguir estudiando con autonomía. La escuela debe aspirar a que cada alumno llegue tan lejos como pueda, con los apoyos y las adaptaciones que necesite. Aceptar de antemano una preparación pobre para quienes parten con desventaja supone añadirles otra losa en su vida.
En ese aprendizaje, el esfuerzo importa. Aprender un idioma exige práctica; comprender una explicación difícil puede requerir varias lecturas; resolver un problema obliga a menudo a intentarlo de nuevo. El alumno necesita acostumbrarse a esa dificultad y comprobar que puede superarla. Para ello debe estudiar, atender en clase y realizar las tareas con cuidado. Son hábitos que se adquieren poco a poco y que la escuela tiene la obligación de enseñar y exigir. Ahora bien, mandar estudiar más no basta cuando un alumno lleva semanas sin comprender las explicaciones. El docente debe averiguar dónde se ha detenido su aprendizaje y ayudarle a avanzar desde ahí. Puede hacer falta otro ejemplo, una explicación más pausada o volver sobre un conocimiento que se daba por adquirido. La exigencia pierde buena parte de su sentido si el estudiante desconoce qué se espera de él o cómo corregir lo que está haciendo mal.
Algo semejante ocurre con las competencias. Saber argumentar, interpretar información o aplicar lo aprendido requiere conocimientos. El pedagogo norteamericano John Dewey vinculó en Democracia y educación (1916) la adquisición de conocimientos con la capacidad de pensar y utilizarlos en la experiencia. Eso significa que para comparar dos explicaciones históricas hay que conocer los hechos que analizan; para interpretar un gráfico, comprender sus magnitudes. Es difícil razonar con rigor sobre algo que se ignora. La enseñanza debe conseguir que los alumnos comprendan los contenidos y sepan utilizarlos, en lugar de conformarse con que reproduzcan una respuesta que olvidarán al terminar el examen o que supuestamente adquieran unas competencias que, sin conocimientos que las sustenten, quedan vacías.
Por eso es tan importante evaluar bien. Una calificación debe reflejar lo aprendido y permitir reconocer lo que falta. Quien termina Primaria sin comprender bien lo que lee encontrará mayores obstáculos en la ESO, aunque su expediente parezca indicar lo contrario. Aprobarlo sin resolver esa carencia aplaza el problema y puede agravarlo. Detectarla pronto, explicársela a la familia y organizar el apoyo necesario ofrece más posibilidades de corregirla.
Ese rigor debe tener en cuenta la diversidad del aula. Hay alumnos que necesitan refuerzo en una materia y otros que requieren apoyos especializados, materiales accesibles o adaptaciones curriculares. También los hay que avanzan con rapidez y necesitan tareas más complejas. Atenderlos adecuadamente requiere preparación y recursos. Una actividad idéntica para todos puede dejar a unos sin aprender y a otros sin posibilidad de realizarla. Sin embargo, conviene evitar que la adaptación se convierta en una renuncia. Un niño que llega con poco vocabulario o que no tiene ayuda en casa necesita una respuesta educativa a esas dificultades. Su situación familiar no permite deducir hasta dónde podrá llegar. Si se le ofrecen siempre tareas más pobres, tendrá menos ocasiones de ampliar sus conocimientos. Las expectativas deben revisarse a medida que aprende, teniendo en cuenta sus necesidades reales y los resultados de los apoyos que recibe.
La exigencia también debe alcanzar a los docentes. Dominar la materia y preparar las clases son obligaciones profesionales, como lo son explicar con claridad y corregir los trabajos para que el alumno entienda sus errores. Cuando las dificultades persisten en un grupo, el docente debe revisar lo que está haciendo. Atribuirlas de manera automática a la falta de esfuerzo de los estudiantes evita una pregunta necesaria: si la enseñanza que reciben es adecuada. Los docentes necesitan medios y formación para cumplir esas obligaciones, pero su trabajo también debe ser evaluado. Esa evaluación ha de considerar las condiciones del centro, la enseñanza impartida y el progreso de los alumnos. Comparar únicamente sus notas daría una imagen muy incompleta. Si se detectan deficiencias, corresponde ofrecer ayuda para corregirlas y actuar cuando persisten. Las familias tienen derecho a esperar un trabajo competente de quienes educan a sus hijos, especialmente cuando no pueden buscar otra alternativa.
Igualmente, hay que orientar bien las decisiones sobre el futuro. El ascenso social puede producirse a través de una formación profesional rigurosa o de unos estudios universitarios exigentes. Ambos caminos deben proporcionar una preparación que tenga valor fuera del centro donde se obtiene el título. Algunas familias conocen las opciones y pueden acompañar cada elección. Otras necesitan que la escuela explique qué posibilidades existen, cómo acceder a ellas y qué becas pueden solicitar. A veces, una buena orientación permite considerar un futuro que hasta entonces parecía fuera de alcance. Por supuesto, la educación no garantiza por sí sola la prosperidad. Hacen falta empleos que aprovechen la preparación y procedimientos de selección que valoren la capacidad. Pero una enseñanza insuficiente reduce las oportunidades de quienes disponen de menos recursos para abrirse camino. Para ellos, acreditar conocimientos sólidos puede ser decisivo.
Defender la igualdad de oportunidades obliga, por tanto, a tomarse en serio la calidad de la educación. Hay que exigir esfuerzo a los alumnos, responsabilidad a los profesores y medios a las administraciones. Como Jacques Cormery, un alumno humilde necesita que alguien confíe en sus posibilidades y le proporcione la formación necesaria para desarrollarlas. Tiene derecho a que se espere mucho de él y a recibir una enseñanza que le permita responder a esa expectativa. Por esa razón, antes de aceptar una formación insuficiente para los hijos de los demás, deberíamos preguntarnos si la consideraríamos adecuada para los nuestros.