No ha transcurrido un día en el que no haya visto, y siempre con idéntica estupefacción, cómo el campanario del ayuntamiento de Limoges se desmoronaba entre unas llamas pavorosamente gigantescas, cuando antes de ayer me tropecé con un almanaque desteñido y casi deshojado, donde se anotaba, entre unos natalicios y obituarios, que, en un par de jueves, se cumplirán sesenta años del fallecimiento, en Baden-Baden de Dietrich von Choltitz, el hombre que pudo dinamitar París. Supongo que para esas hordas responsables del derrumbe del campanario limosino y de los asaltos a los comercios de los fauburgs de las riberas del Sena, que desafiaban a los antidisturbios, enmascaradas tras una kufiya palestina o tras cualquier otro pañolón que proclame la liberación de algún pueblo o «colectivo» oprimido, el tal Dietrich von Choltitz será un peligrosísimo fascista; incluso, algo peor: un nazi por su empleo de general de la Wehrmacht.
Sin embargo; Von Choltitz ha pasado a la historia —al menos, de Europa— por su negativa a cumplir, desde el nueve de agosto de 1944 hasta su capitulación como comandante de la plaza, el día veinticinco de ese mes, las repetidas y conminantes órdenes berlinesas de arrasar París. Unos mandatos que, ateniéndome a los hechos vistos esta semana pasada, esos jóvenes embozados hubiesen consumado con desbordado jolgorio e incluso con redoblado recochineo, pues estos enmascarados, siguiendo el ejemplo de los jefes de Von Choltitz, quienes, desde la toma de la ciudad, el catorce de junio de 1940, se afanaron en arramblar con bienes públicos y privados, desvalijaban hasta ayer mismo frenéticamente cuanto comercio les apetecía, y me han asegurado que también algunas viviendas —imagino que, aplicadísimos con sus predecesores, de judíos—; y aun creo que si hubiesen encontrado el medio de subastar anónimamente por la red, como han hecho con todas las carísimas fruslerías hurtadas en esas boutiques tan cool, o la manera de conchabarse con los traficantes que sirvieron diligentemente al ISIS, durante el saqueo subterráneo de Nínive o del museo de Palmira, nada los hubiese detenido de intentar un asalto al Louvre o a la Gare d’Orsay; las ganancias, desde luego, les hubiesen compensado sobradamente del riesgo; y total, a ellos, el arte y Francia les traen al pairo; ¿o no?
En cambio, a quienes nos sentimos europeos todavía, ni el arte ni Francia nos traen al pairo; claro que nosotros no provenimos, como la mayoría de estos desmandados, de las banlieues del noreste de París; sin ir más lejos, de Saint Denis. Una barriada impermeable a la legalidad republicana que, como pocas, exhibe un problema social tan purulento como irresoluto y, por descontado, merecedor de toda nuestra inquietud: la funesta herencia de la descolonización. Y si cualquiera de ustedes se detuviese a considerar esa fractura infecciosa en la convivencia francesa, descubriría como la juventud, residente en una veintena de populosos suburbios —casi el 12% de la población—, se inserta cada vez con mayor desenvoltura y furia en las protestas —como esta reciente de estudiantes y, por descontado, en las que se anuncian a causa de la asfixiante deuda pública— para golpear a la sociedad con un furor vengativo; además, con el riesgo de propagar inconteniblemente sus acciones entre las poblaciones análogas de Bélgica, Alemania y los Países Bajos, por mera imitación; e incluso reforzada por las asentadas redes de los terroristas y de los traficantes, pues estos han surgido de sus mismas calles.
Es notorio que, durante la Edad Moderna, ninguna de las naciones acogidas en Francia —armenios, eslavos, germanos, latinos, griegos o hebreos; ni siquiera, por señalar una comunidad bajo una circunstancia similar: los indochinos—, ha mostrado semejante ira contra sus anfitriones; ha surgido solo entre los africanos —sean magrebíes o subsaharianos—, huidos de la pútrida descolonización y practicantes o criados en el Islam. Por supuesto, su sobresaliente número ha resultado decisivo tanto para nutrir esta hostilidad como para preservar ardientemente su religión; sin embargo —y he aquí la más significativa contradicción del asunto—, los recién llegados no eran ni son los más hostiles a Francia, aun siendo los más apegados a sus costumbres originales, sino sus hijos o sus nietos. Una cruel paradoja, pues quienes son ya netamente franceses desprecian cerrilmente su condición; es decir, su integración en la República, bajo el manido pretexto del racismo o, peor, de su pulcra observancia religiosa, cuando en realidad se están arrojando a un nihilismo delincuencial y miserable, cuya más furibunda expresión acabamos de contemplar.
Ausente del escenario cualquier solución pacífica; la otra, la brutal y terrible, avanza cada día con paso más firme; para el caso, el jueves pasado: un enloquecido disparó indiscriminadamente sobre un grupo de africanos; resultado: un muerto y dieciocho heridos. Y como este, asistiremos previsiblemente a muchos más estragos, productos de la ira desatada. Mientras, el presidente de nuestro gobierno nos conduce con todas sus decisiones—la oposición a las nuevas leyes europeas de extradición rápida de inmigrantes, la pasividad ante la invasión de Ceuta, la carencia de toda disuasión en las costas de Las Canarias y de la península, la falta de calificación precisa de los llamados menas, la desidia en el cumplimiento de las expulsiones…— hacia una futura convivencia tan herida como la francesa; ignoro las razones para semejante pertinacia en la calamidad, pero sean cuales sean, no nos conviene olvidar cuanto ha sucedido y está sucediendo en los suburbios de París cuando, dentro de cinco semanas, votemos.