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TRIBUNA

Mujeres caballas

Juan José Vijuesca
miércoles 28 de octubre de 2026, 21:22h
Actualizado el: 29/10/2026 09:24h

Mejorando lo presente, y por mérito propio, estas mujeres se han convertido en la caña de España. Ahora mismo tienen de especial que su realidad no es como la nuestra; de hecho, su normalidad también lo es diferente al resto de los demás. Resulta ignominioso el verse obligadas a cambiar sus rutinas para poder llevar una vida corriente, nada especial, pero al menos como la de antes de la invasión de Ceuta.

Han perdido su libertad como ciudadanas y, lo que es peor, como mujeres.  No se pueden vestir como ellas quieren cuando se trata de salir a la calle. El miedo a ser agredidas, acosadas o perseguidas ha dado paso a tener que armarse de un spray pimienta como si fuera un  Winchester del 73. Situación complicada cuando nos invaden al menos 80.000 personas y se apoderan de nuestra libertad y de nuestra normalidad. «No te puedes vestir como quieres; por la noche tenemos un autoconfinamiento». Y eso, por desgracia, nos aproxima a  los regímenes  oscuros de la teocracia más infame.

La desidia del gobierno Sánchez, dejando a sus ciudadanos correr con su propia suerte, es de una maldad sin precedentes en nuestro país. A estas alturas de nuestra realidad existencial ya no quedan ni argumentos solventes ni siquiera calificativos para digerir tanta irracionalidad. Ya no hay que creer en que vivimos en un mundo al revés, sino que el absurdo  se ha instalado entre nosotros porque hay que creer en él.       

No solo se trata de mujeres sometidas a la lascivia de terceros,  sino que el miedo se ha convertido en aliado de la inseguridad en una ciudad que ha perdido su calidad de vida tranquila, alegre y amiga de la convivencia. Mujeres, niños, adolescentes y los mayores han cambiado de rutina, obligados y sojuzgados por quienes entraron ilegalmente y que, tres meses después,  campan a su antojo ante la indiferente mirada de quienes pueden y deben poner orden en esta sinrazón.      

Uno escucha los testimonios y lee prensa internacional buscando otras aseveraciones de fundamento para evaluar pensamientos distintos sobre lo que nos ocurre en España,  y se llega a la conclusión de que, en efecto, el sentimiento del absurdo es nuestra nueva seña de identidad. Que ya se ha establecido entre nosotros como una especie de realismo ingenuo que nos ata a lo intangible, aunque no a las consecuencias que, en numerosas ocasiones, terminan provocando ruina y víctimas que van quedando en el camino y en el olvido.

Ahora uno se pregunta cómo suceden las cosas trágicas; la mayoría de ellas podrían evitarse, pero los individuos encargados de protegernos de los peligros utilizan el disimulo como una forma irónica y amable para eludir su responsabilidad. Nadie dimite, nadie tiene la culpa de nada. Total, vivimos en un estado absurdo donde todo lo que se mueve es ilógico. ¿Qué otra cosa quiere el ciudadano ceutí? ¿Tal vez tener una vida normal como corresponde a todo español de bien? ¿Que las mujeres caballas no puedan llevar minifalda o que no sean capaces de ir a la playa? ¿Que los niños se vean privados de acudir  a los parques infantiles a jugar? Para el Ejecutivo, nada de esto importa.   

Estas maravillosas mujeres caballas están muy lejos de aquel feminismo de salón, que nos dejó la fútil idea de llegar a casa solas y borrachas, sustituyéndolo hoy por el ideario de que cada cual aguante su vela. Hoy en día, como menciono, aquellas féminas con pancartitis aguda están mayormente dedicadas a vincular su tafanario al escaño del erario público. Intentaron enseñarnos como si fuéramos chicos malos y ahora están maquilladas  con silencios cómplices.

Por supuesto, siempre con las mujeres caballas y con todo el pueblo ceutí, tan libre como español. Faltaría más.

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