Pedro Laín Entralgo (1908-2001) fue una figura destacada de la cultura española del s. XX con una vastísima obra interdisciplinar (medicina, historia, circunstancia de España, literatura, etc.). En reconocimiento de su labor científica y ensayística recibió el premio Príncipe de Asturias, entre otros galardones. Fue rector de la Universidad Central (Madrid) y académico de las Academias de la Historia y de la Lengua.
Dionisio Ridruejo, en su póstumo «Casi unas memorias» (1976) dice de él, en el contexto de los intelectuales que trabajaron juntos al inicio de la Guerra Civil y primeros años del franquismo: «Laín, por otra parte, se manifestó pronto como la figura de mayor peso y autoridad intelectual del equipo o, al menos, de su parte más homogénea. Aunque todavía era muy joven, su espíritu era muy maduro y su formación intelectual mucho más amplia y rigurosa que la de cualquiera de nosotros».
Sus orígenes políticos y su pertenencia a uno de los bandos de la contienda civil motivó un análisis biográfico en su obra «Descargo de conciencia» (1976). Este libro fue comentado favorable y desfavorablemente, por lo que supuso de exposición de sus motivaciones, razones personales y circunstancias biográficas para su adscripción política. Por ejemplo, Andrés Trapiello en su «Las armas y las letras. Literatura y guerra civil» (1994) se muestra muy crítico con su postura.
En la primera mitad de la década de los años cuarenta se dedicó con ahínco al estudio de la cultura española contemporánea: «Sobre la cultura española» (1943), ««Menéndez Pelayo» (1944), «La generación de 1898» (1945) y otros más posteriores como «España como problema» (1954), «Una y diversa España» (1968) y «A qué llamamos España» (1971). Los últimos veinticinco años de Laín fueron de entrega completa a su labor intelectual y docente, ajeno por completo a la política de partidos aunque estaba profundamente preocupado por la cuestión española.
Un rasgo común de esta generación de 1936, según D. Pedro Laín Entralgo, fue ese sentir como deber ético involucrarse en «la faena de rehacer España, una España que entonces sangraba» lo que convirtió el grupo en un «Nosotros», más allá de la clasificación de los contendientes en «Nosotros y ellos». Citaba el autor los esfuerzos por mantener y fortalecer los lazos intergeneracionales entre los que se quedaron y los que se marcharon. Así pudo afirmar nuestro pensador: «el ‘nosotros’ entre la mayoría de los integrantes de ambos grupos es tan verdadero como real. Una auténtica comunidad en el presente y hacia el futuro ha surgido de nuestro doble y concordante fracaso».
Las palabras de L. Entralgo ejemplifican bien a las claras que la reconciliación entre intelectuales de ambos bandos, pertenecientes a la misma generación marcada por la contienda civil, fue posible y que miraron al futuro para recomponer la España dividida y herida en su ser colectivo. ¿No es un modelo paradigmático claro e inspirador para lo que hoy debiera empeñarnos a todos los españoles, salvando nuestras diferencias? O como afirma D. Pedro en otro lugar, “¿no es urgente la «constante voluntad de cumplir decorosamente uno de los más esenciales imperativos de la existencia del hombre en el mundo: vivir conviviendo”? Es evidente que esta empresa aquí propuesta es mucho más excelente moralmente, humana y convivialmente, que proseguir sembrando una tierra donde tantas veces el odio «permanece artillado» dentro de «la morada íntima» de sus habitantes (Ortega y Gasset).
En «Descargo de conciencia» (1976) plantea su visión de la necesaria reconciliación nacional, comenzando por sus amigos y coetáneos intelectuales y compañeros de generación (fuesen de uno u otro bando). «Pensé que la escisión cultural y política de los españoles ulteriores al s. XVIII, y por tanto, la enconada y pertinaz pugna entre ‘dos Españas’, podía y debía ser resuelto por la asunción unificante de una y otra en una empresa ‘superadora’, palabra en boga, de lo que en sí y por sí mismas habían sido ambas (…) La primera lección de nuestra atroz guerra civil, ¿podría ser otra que una resuelta decisión de integrar a todos los españoles de buena voluntad en una España fiel a sí misma y a nivel de nuestro tiempo?».
El intelectual, quizá ingenuamente, estaba «soñando con adolescente y redoblada ingenuidad que en la historia de España aún era posible la síntesis asuntiva y superadora». Asimismo, Laín, se plantea el corazón del problema, la distinción sectaria y reduccionista de uno y otro bando contendiente respecto al grupo opositor: «rápidamente fui descubriendo lo que pronto habría de constituir la raíz del problema de conciencia antes mencionado; a saber, la interpretación maniquea de nuestra guerra civil como una pugna entre ‘buenos’ y ‘malos’, entre ‘justos’ y ‘delicuentes’».
El médico y académico afirmaba: «me he esforzado por reconocer y destacar todo cuanto en ellas, viniese de un lado o de otro, ha sido una obra positiva o muestra de buena voluntad (…) en todo instante me he opuesto con vehemencia al macabro deporte -tan ejercitado por los españoles de una y otra acera- de lanzar los muertos propios contra el rostro del adversario». No cabe duda de que estas dos actitudes siguen siendo necesarias porque, desgraciadamente, las disposiciones contrarias siguen estando demasiado vigentes: despreciar lo que de la historia y sociedad española no proviene de los «míos» y el macabro ejercicio de arrojarnos los muertos a la cara.