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TRIBUNA

Elogio del soldado

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 30 de octubre de 2026, 18:16h

    Tengo admiración por todos aquellos que integran la familia militar. En los soldados encuentro a los trabajadores públicos más nobles, sencillos, humanitarios, accesibles, capaces y entregados con toda el alma a su misión y a su trabajo. Si además de ser óptimos como personas, nos defienden el suelo patrio, nuestra casa común, siendo la última garantía de nuestra libertad e independencia nacionales, entonces mi admiración alcanza la mayor intensidad de su significado. Ornados de todas las virtudes que coronan el éxito y el bien común, como son la disciplina, el patriotismo, el valor, la concienzudez, la diligencia, la austeridad, la llaneza y la responsabilidad, llevan la etimología de virtud al más alto grado. Virtud, virtus, es lo propio del hombre, según enseña su etimología, las cualidades masculinas más señeras, aunque supongo que la mujer soldado también participe de las cualidades de sus compañeros. Lo supongo, pero el sentimiento del patriotismo – desear todo el bien a la patria y estar dispuesto a sacrificar por él todo lo demás – está mucho menos desarrollado en el sexo femenino que en el viril. Por naturaleza la mujer vinculará siempre su sentimiento patrio en el hogar, y quizás, en un ámbito no muy extenso, en torno del mismo. Su patria es su casa, y traslada su patriotismo de una nación a otra si los seres queridos la rodean. Sólo cuando peligra el hogar la mujer adquiere actitud bélica, como ocurre en las ciudades sitiadas. Terminado el trance, vuelve a su casa pidiendo la rueca – “Madre, sácame la rueca,/ que tengo ganas de hilar” -, como la doncella guerrera del romance. En fin, qué quiere que les diga, me fío más de un frente levantado por soldados varones.

     Nada hay en nuestra historia tan digno de respeto como su Ejército. Los días más puros de gloria se los debemos a él. Cuando venció, su triunfo fue todo generosidad. Cuando tuvo que perder, más que pérdida, fue derrota, sacrificio. Vencedor o no, el ejército español ha pasado por los siglos de la vida de nuestro pueblo como algo siempre limpio. Incluso en nuestras guerras civiles el mal nació siempre de los paisanos siniestros, y no de nuestros militares de carrera, de uno y otro bando. No hay nada más peligroso que un ejército apaisanado. 

     La cercanía a una muerte gloriosa, resultado del amor a la patria, hace que los soldados sean gente comúnmente religiosa. Por eso han combatido siempre a lado de los dioses desde las primeras batallas que la historia nos registra. Decía Pausanias en su Periêgêsis tês Helládos que los dioses han intervenido en las guerras, y que eso se sabía sólo leyendo lo que se escribió sobre la Guerra de Ilión, o las canciones con que los atenienses recordaban sus batallas de Maratón y Salamina, triunfos sólo posibles con la ayuda de los dioses. Todos los griegos estaban convencidos de que los invasores gálatas perecieron en Delfos más a manos de Apolo y Dioniso que de los propios soldados de la liga anfictiónica. También podemos leer en la historiografía griega que los habitantes de Mantinea no hubieran podido vencer a los espartanos en el siglo III a. C., sin el auxilio de Poseidón. Incluso Fustel de Coulanges nos recuerda que era práctica común en el Mundo Antiguo llevar las imágenes de los dioses patronos al campo de batalla. El cristianismo siguió con estas creencias; recuérdese la batalla del Puente Milvio entre Constantino y Majencio y lo que cuenta Eusebio de Cesarea sobre la magia triunfante del signo del crismón, y en España todos conocemos la protección que han dispensado a nuestros ejércitos la Virgen del Pilar o Santiago Matamoros.   

     Hace días tuve el honor de asistir como invitado, gracias a mi amigo Ángel López, en la base militar de El Goloso, al LXXXVII Aniversario de la Creación del Regimiento Acorazado "Alcázar de Toledo" 61, pilotado por el coronel Luis Vega Iranzo, hombre de linaje militar,  y en donde se rindió homenaje a dos caídos de su unidad en distintos accidentes, un soldado y un sargento, cuyas familias recibieron el cariño que sólo los soldados saben mostrar a sus compañeros. Una hijita del sargento llevaba en su rubia cabeza la noble boina de tanquista de su papá. Ante los invitados desfilaron treinta tanques Leopard 2, versión española, junto a una veintena de APC(s). Los paisanos nacionales nos sentimos seguros si nuestros defensores, las Fuerzas Armadas, están bien equipadas, y debemos entender que esto supone un sacrificio social por el coste de estas armas, pero que debemos hacer frente con orgullo al mismo, antes que ser invadidos y nuestra patria ser hollada impunemente, como lo ha sido salvajemente esa parte de nuestro territorio que es Ceuta. Mejor apretarnos un poco los cinturones por la Defensa que quedarnos sin nada, sin patria y sin casa. Al final del acto hubo un vino español en el que conocí al general Antonio Labalsa Llaquet, viejo soldado que me recordó con sabia lucidez, festoneada de una gran cultura, sus experiencias de pequeño Lawrence de Arabia en la época convulsa de La Marcha Verde. A propósito de su cultura, le dije que sería conveniente, para proteger precisamente el espíritu de la milicia, que los oficiales egresados de la Academia General de Zaragoza, no sólo fueran buenos ingenieros duchos en tecnología y ciencia, sino que también las humanidades les empapasen. El general Labalsa estaba de acuerdo, y me contó que en la actualidad los planes de estudio de la Academia General de Zaragoza lo contemplan. El general Santiago Juan Fernández Ortiz Repiso, consumado piloto de ala rotatoria y antiguo estratega de los AH-64 Apache, me lo ha confirmado posteriormente. Me alegró mucho. El soldado siempre ha sido un héroe de la humanitas, porque su inveterado espíritu nació de ella. Ahí está nuestro mejor soldado, Cervantes. Aún recuerdo la delicadeza humanista del general Fernández Ortiz Repiso cuando comentaba las imágenes reales de ataque, y para nada horro de misericordia para con las víctimas enemigas. Un gran soldado es siempre una buena persona. También disfrutamos en el acto de El Goloso de la cariñosa presencia del siempre juvenil Fernando Caro Artero, general jefe de la Brigada Guadarrama XII, un general, siempre sonriente, que se mantiene en plena forma con su traje de faena, y que este año fue el organizador del Desfile del 12 de Octubre en La Castellana, y que pertenece a la misma promoción del Rey, toda una promoción de ilustres soldados.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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