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TRIBUNA

Nos sabemos todos los cuentos

sábado 31 de octubre de 2026, 18:02h

El poeta León Felipe escribía uno de sus más popularizados versos en el año 1950. Terminaban así: “Yo no sé muchas cosas, es verdad/Pero me han dormido con todos los cuentos…/Y sé todos los cuentos”.

El reciente accidente ferroviario que se ha producido en el toledano pueblo de Urda remite a las palabras escritas hace 75 años por un escritor zamorano que adquieren ahora un nuevo valor, porque contienen la esencia de la intemporalidad, de las cosas que no cambian, como ocurre con la condición humana.

Ante la catástrofe surgen a la superficie tanto la perversidad como la virtud. Y en las primeras horas que siguen al desastre preferimos contemplarnos en el segundo de estos aspectos, observar los testimonios que nos refieren la generosidad de las gentes, los ciudadanos convertidos en médicos, camilleros, los panaderos que organizan bocadillos para que al menos la imagen de esa costa del espanto que emerge de sus miradas aterrorizadas -como decía otro poeta, Pablo Neruda- no les coja sin fuerzas físicas.

Nos miramos en ellos, porque nos sabemos capaces de lo mejor, y nos congratulamos de que así sea. Pero enseguida se levanta el dedo acusador para encontrar al responsable de lo ocurrido. Son demasiados muertos, uno solo ya supone una enormidad. Y es entonces cuando resuenan las palabras de León Felipe, porque es entonces cuando da comienzo el relato adormecedor, la concatenación de justificaciones que permitan despejar hacia otros pagos el abono de la deuda.

Nos ocurrió con Adamuz, acaba de pasar en Ceuta, y será lo mismo en Urda. Nombres de puntos geográficos que ya adquieren entidad propia en nuestra memoria colectiva. Se trata de repetir la cadencia ya conocida de otras veces. Una primera declaración, del presidente del Gobierno, que apunta a una atribución inmediata de responsabilidades, que contiene la expresión real de lo ocurrido. “Una violación y un ataque a la integridad territorial de España", dijo Pedro Sánchez el 31 de julio pasado. Después se fueron degradando las calificaciones, al igual que la posadera que timaba a sus clientes añadiendo progresivas dosis de agua al vino. También ahora considera “inasumible” que se produzcan dos gravísimos accidentes ferroviarios en el escaso lapso de nueve meses. Ahora pretenden encontrar un chivo expiatorio que asuma la culpabilidad de lo ocurrido, en tanto que las informaciones insisten en que el sistema de seguridad era obsoleto -una tecnología que se creó en los años 60 del pasado siglo y se desarrolló en los 70-, y que esa situación ya fue advertida por el propio ministro responsable del departamento en una comparecencia pública en el parlamento.

Y ahora toca el momento de contar cuentos. Y esos cuentos que nos cuenten pretenderán sólo adormecernos hasta que la siguiente crisis sepulte a la anterior. Otro suceso que nos vuelva a demostrar que tenemos buena gente, los mejores, entre nosotros.

Porque, ausente del panorama la asunción de responsabilidades políticas queda sólo la acción penal reservada a los tribunales. Una actuación lenta por definición. Trece años en el caso del descarrilamiento de Angrois, y en el de Adamuz aún sin imputados.

 ¿Hasta cuándo? ¿No ocurre que nuestra paciencia se ha agotado ya hace mucho tiempo? Y también: ¿no nos estamos enredando nosotros mismos en la caza y captura de la pieza que, con no dejar de ser importante, es la menor? Dicho en otras palabras, ¿es que no basta ya de rodeos y de excusas y quien debe responder, políticamente, de lo ocurrido es el mismo presidente?

En circunstancias parlamentarias normales -dicho sea sin exceptuar la anormalidad de un parlamento que no aprueba presupuestos y que está relegado a la más mínima expresión-, la dimisión de un presidente daría lugar a una ronda de consultas con el Rey y la consiguiente propuesta de un candidato alternativo que explicara su programa de gobierno, el cual será -o no- refrendado por el Congreso. Lo más sensato en esas circunstancias sería nombrar un gabinete de gestión que convocara y presidiera unas nuevas elecciones. Pero con un parlamento disuelto, con la sola institucionalidad parlamentaria de la Diputación Permanente, sólo cabría la sustitución del actual presidente por el vicepresidente primero, Carlos Cuerpo en este caso, bastante más fiable seguramente que el actual para velar por la limpieza del proceso electoral, además.

Dicho todo lo cual ya sabemos que nada de esto ocurrirá. De momento el ministro de Transportes ha sido confirmado por el presidente y éste no considera que la “inasumibilidad” del desastre se refiera en alguna medida a su persona, pese a la acumulación de errores -horrores- de gestión. 

En suma, que nos seguirán acunando, como si las gentes de España fuéramos unos recién nacidos a la vida pública, con las nanas de los cuentos que siempre nos cuentan.

Pero las sabias palabras de León Felipe nos advierten de la realidad. Nos sabemos todos los cuentos.

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