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CRÍTICA DE CINE

Taxi driver: soledad y locura en la noche de los neones y la inmundicia

Taxi driver : soledad y locura en la noche de los neones y la inmundicia
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Joaquín del Palacio
jueves 5 de noviembre de 2026, 09:31h

9/10 

La noche en las calles de esa ciudad que nunca duerme propician una depravación social sin precedentes. A través de los ojos de Travis, veterano de Vietnam, observamos esa degradación iluminada por neones morados mientras conduce su taxi en busca de sentido a una vida vacía y solitaria. Una vida así desequilibra el alma, y nuestro fenómeno se debate entre matar al candidato presidencial o liberar a la niña Iris del infierno en el que la obligan a yacer cada media hora. No nos ofrecen propuestas fáciles ni referentes morales claros. Travis podría ser una buena persona, pero es un asceta desarbolado capaz de lo mejor y lo peor. Un producto arquetípico de esa sociedad que con tanta facilidad crea personajes como él: aislados, tarados, peligrosos, amables, contradictorios. Porque Travis no es capaz de encontrar sentido en lo mundano y lo buscará en lo grandioso. Scorsese da en clavo con su visión de esa ciudad oscura, iluminada por neones que son sueños agitados por un saxo que cae como la lluvia sobre el cristal de un taxi que no va a ninguna parte.

 El primer plano de Taxi Driver (1976) se detiene en el parabrisas mugriento de un taxi amarillo, por el que la lluvia resbala cadenciosamente. La cámara de Martin Scorsese no se limita a mostrarnos una ciudad: nos obliga a respirar sus gases, a sentir la mugre bajo nuestros pies. La ciudad nunca duerme, como Travis Bickle (Robert De Niro), un taxista insomne ​​cuyas noches recorriendo esa jungla urbana se convierten en un descenso a los infiernos. La película no es solo un drama criminal: es el retrato psicológico de un hombre carcomido por el aislamiento y la obsesión. Veterano de Vietnam, Travis deambula por una ciudad tan perdida como él. Su diario, que escuchamos en voz en off, revela una mente que se desliza poco a poco hacia la locura. La interpretación de Robert De Niro es magistral: al principio discreto, se vuelve cada vez más inquietante a medida que Travis pierde el contacto con la realidad. Su frase: «¿Me hablas a mí?» (You talkin’ to me?) se ha convertido en un icono de la película, pero son los momentos sutiles los que realmente revelan todo el alcance de su talento.

 Pornografía como icono de soledad

 Verlo torpe en su cita con Betsy (Cybill Shepherd) —a la que ingenuamente lleva al mismo cine porno frecuentado por él—, y luego hundirse en la desesperación por el rechazo de esta nos muestra un ser vulnerable y muy perdido. Ella es una mujer joven, guapa y culta que representa una ideología y un movimiento político —al cual Travis terminará adhiriéndose sin entender nada—. Él solo percibe y comprende la belleza de su fachada, modificando su personalidad para lograr sus fines; ella a cambio se deja seducir por una fuerza desconocida. Ambos terminarán enfrentándose a sus propias contradicciones a través de un inevitable choque cultural casi anunciado. Betsy, cuando Travis la lleva a ver «su película» se topa de bruces con su propia aversión hacia lo «real». Porque el buenismo woke a menudo no soporta su dosis de realidad.

La fuerza de la película reside precisamente en su capacidad para hacernos sentir empatía por Travis —incluso cuando sus actos nos provocan rechazo—, y ahí De Niro es un valor seguro. Scorsese y el guionista Paul Schrader lo presentan como un hombre convencido de ser un caballero andante, un tipo de Quijote llamado a limpiar la ciudad de su inmundicia. Esta ilusión impregna cada escena, desde sus intentos fallidos de acercarse a Betsy hasta su violento enfrentamiento con Sport (Harvey Keitel), un chulo siniestro que se enriquece prostituyendo a una niña. La fotografía refuerza este malestar: el grano de la imagen y el uso de la cámara en mano por parte de Michael Chapman convierten a Nueva York en un personaje más, un laberinto de depravación y decadencia.

Pero Taxi Driver no trata solo de Travis. La película también denuncia la fascinación de la sociedad por la violencia. Su controvertido final, en el que es aclamado como un héroe a pesar de sus actos, subraya esta idea. Tras sobrevivir a un tiroteo con Sport y rescatar a Iris (Jodie Foster) —una niña de 12 años prostituida a la fuerza que se ha convertido en su obsesión—, Travis se convierte en un héroe. Este giro plantea cuestiones éticas sobre la explotación dentro del arte, especialmente en lo que respecta al papel de Foster. Su interpretación es notable —está a la altura de la intensidad de De Niro—, pero el personaje de Iris sirve, ante todo, como detonante de la violencia. Como nota aclaratoria, Jodie Foster tenía realmente doce años al hacer esa película. Para cumplir con las leyes laborales y proteger a la actriz, su hermana mayor, Connie Foster (que tenía 19 años entonces), actuó como su doble, apareciendo en los planos sugerentes, diálogos explícitos de adultos o en momentos como el beso con Sport.

 Justicia sin intermediarios

 El tercer acto del filme se adentra de lleno en la glorificación de la justicia por mano propia, algo muy americano. En una época en la que los tiroteos masivos se han vuelto tan frecuentes, el retrato de Travis como figura heroica podría resultar incómodo. Refleja la fascinación de la sociedad por los «salvadores» violentos, un tema que Taxi Driver explora sin llegar a cuestionarlo realmente. Su mirada cruda y sin concesiones sobre el aislamiento y la locura es algo confusa en sus conclusiones, y sin duda se apoya en la interpretación magistral de De Niro y en la puesta en escena virtuosa de Scorsese. El tiroteo final —el intento de Travis de asesinar al senador Palantine (Leonard Harris) y su posterior y violento enfrentamiento con Sport— es un modelo de tensión narrado con maestría de genio. La icónica banda sonora de Bernard Herrmann —finalizada apenas unas horas antes de su muerte—, acentúa el tono dramático de la película. Taxi Driver se dirige con potencia devastadora a espectadores que aprecian los personajes complejos y que no temen enfrentarse a temas inquietantes. La película no ofrece respuestas fáciles ni referentes morales claros; más bien, nos obliga a mirar la parte sombría que hay en nosotros. Su realismo áspero y su representación sin tapujos del deterioro urbano lo convierten en un producto de su época, pero su exploración de la soledad y la obsesión no ha perdido ni un gramo por el paso del tiempo. A fin de cuentas, es una película que sigue rondándonos mucho después de que terminen los créditos y la música. Sus temas —la alienación y la violencia— resuenan hoy con tanta fuerza como en 1976. No es una obra para todos los públicos —especialmente para quienes sean sensibles a la violencia explícita o a la utilización de actores jóvenes con fines de explotación—, pero su maestría artística y su influencia son indiscutibles.

 Palma de Oro en Cannes

 En 1976, Taxi Driver obtuvo la Palma de Oro. La crítica se sintió perturbada. ¿Estaba el director de acuerdo con la violencia del personaje interpretado por Robert De Niro? El jurado estuvo presidido por el escritor Tennessee Williams y el debate tuvo lugar ocho días antes de la entrega del premio. Consideraban que era equívoca y ambigua, pero Pierre Billard (uno de los líderes de ese jurado) convenció a sus colegas con este argumento: «La idea de adentrarse en el Nueva York nocturno a través de ese objeto amarillo —el taxi— que, a mi juicio, simboliza un guía magnífico, una entrada colorida a ese mundo negro y rojo que es Nueva York... es una idea fantástica. Existe una fascinación multicolor en Nueva York que resulta bellísima». La película ganó varios otros premios, pero ninguno en EE. UU.

 Reflexiones finales 

Scorsese es un maestro en la dirección de actores y tiene una precisión exquisita en la construcción de los personajes secundarios, una puesta en escena de lo cotidiano y esa capacidad singular de hacer surgir la emoción de la nada. A esto se suma la ambición de retratar el estado de un país a través de unos pocos personajes. Todo está interconectado. La capacidad de articular elementos tan complejos es el sello distintivo de un gran cineasta. En este caso, se trata de una película que marcó época y dejó una huella indeleble en la conciencia colectiva, retratando un Nueva York que refleja la pérdida de control de Estados Unidos sobre sus propios valores fundacionales. Aquellos principios, originalmente orientados hacia la búsqueda del progreso y el deseo de propiedad, se traducen aquí en determinismos, brechas socioculturales, explotación del prójimo y la existencia de marginados absolutos. Taxi Driver nos muestra un Nueva York donde la miseria extrema y la violencia constituían el corazón de la urbe, conviviendo con su opuesto social: una clase que manifiesta con hipocresía su propia intolerancia wokista (sí, ya en la época existía gente que daba galletas a los mendigos para lavar su conciencia retorcida, hasta que tomaban contacto real con ellos y huían, porque ellos no querían galletas sino una vida). Cabe también apreciar una crítica bastante cínica al determinismo sociocultural y a su hipocresía latente, y subyace muy al fondo la metáfora de una generación a la que se le impuso el conflicto de Vietnam sin explicárselo de ningún modo. Es una película, por tanto, mucho más compleja de lo que parece a simple vista, y la profundidad de su visión sobre esa sociedad americana enferma es lo que a juicio de este cronista la convierte en obra maestra. Eso, y el saxo que nos acompaña durante nuestros paseos nocturnos por sus calles melancólicas plenas de desheredados.

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