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¿Héroe o dictador?

La figura de Abraham Lincoln provoca polémica en su 200 aniversario

viernes 13 de febrero de 2009, 15:03h
Se han cumplido doscientos años del nacimiento de Abraham Lincoln. Como en el caso de Charles Darwin, que nació el mismo día pero con un océano de distancia, Lincoln ha sido encumbrado primero y cuestionado después.
El 12 de febrero de 1809, hace doscientos años, nació, en una cabaña miserable del condado de Hardin en Kentutky, nacía Abraham Lincoln. Demostrando una vez más la realidad del sueño americano, logró convertirse en el abogado más importante de la pujante industria del ferrocarril. Pero su ambición, su empuje, le llevó a lo más alto, a la presidencia de los Estados Unidos.

¿Quién es Abraham Lincoln? Es una de las referencias del presidente Obama, pero es uno de los iconos más respetados de los Estados Unidos, tanto en aquél país como fuera de él. De “Abe” se ha hecho un personaje que está entre lo humano y lo divino. Salvó al país de su ruptura en el momento más decisivo de su historia. Liberó a los negros de su condición de esclavos, una institución incompatible con los principios de libertad y búsqueda de la felicidad que inspiraron el nacimiento de Estados Unidos. Y las ideas de su poderosa retórica han cautivado a varias generaciones de estadounidenses.

Los grandes expertos en Abraham Lincoln son también los grandes defensores. Pero incluso estos dejan ver aspectos de su personalidad y de su presidencia que, en principio, parecen incompatibles con Lincoln, el ídolo. Nunca han sido tan poderosos como para hacerlo caer de su pedestal en la historia. Al menos, hasta recientemente. En esta época cínica e iconoclasta ni siquiera Lincoln puede escapar a la crítica desmitificadora. Y quizás no falten razones para ello.

Hay una corriente historiográfica que ha ido creciendo en los últimos años, muy crítica con Abraham Lincoln, y de la que es claro ejemplo un libro que acaba de ser publicado en español: El Lincoln Real, escrito por Thomas DiLorenzo y publicado por Unión Editorial. En él, el profesor de economía de la Loyola College de Maryland.

El autor reclama el logro de poner al 16 presidente de los Estados Unidos desnudo ante el lector, demudado de los ropajes creados por historiadores que adoran el poder y que le presentan, falsamente, como un héroe. Dice DiLorenzo que Lincoln jamás se planteó como eje de su política la emancipación de los esclavos. Cita, de hecho, al propio presidente aclarando su postura en un periódico, y diciendo que todo su interés consistía en la unión, y que la buscaría con o sin esclavitud.

Pero esa unión, sigue el historiador, tiene un sentido que va más allá de la melancolía que produciría la separación, la secesión de ciertos Estados. Y es que el programa de Lincoln, según explicaba él mismo, pasaba por una política mercantilista basada en el proteccionismo, el inflacionismo y las infraestructuras financiadas con dinero federal. Y todo ello dependía de que se mantuviese la unidad del país.

La razón es que el sur, volcado a la exportación agraria y que necesitaba importar los bienes manufactureros, era quien iba a pagar ese proteccionismo. La inflación se destinaría primero a los grandes sectores industriales, no al campo, por lo que de nuevo saldría perdiendo. Y las grandes infraestructuras (ferrocarriles, canales…) cruzarían el país… por el norte. Los Estados del Sur se rebelaron no por defender la esclavitud (institución que no aparece mencionada en los primeros discursos de Lincoln ni de Jefferson Davis, el presidente confederado), sino porque la política del primer presidente republicano beneficiaba al norte a costa del sur. Y a eso no estaban dispuestos.

DiLorenzo dice, además, que del mismo modo que la extensión del capitalismo en el norte del país había hecho retroceder la esclavitud allí, y del mismo modo que este sistema económico había dejado en desuso la vieja institución en numerosos países, el sur de los Estados Unidos la habría abandonado sin necesidad de una guerra que costó 600.000 vidas y un cambio fundamental en la política de aquél país.

Lincoln, además, se saltó la Constitución para lograr sus objetivos, algo que reconocen incluso quienes siempre le han defendido. Declaró la guerra, algo que correspondía al Congreso, no al presidente de los Estados Unidos. Como la suspensión del habeas corpus, un ataque directo a los derechos de los estadounidenses que, de producirse, sólo podía haber declarado el Congreso. El juez Taney, del Tribunal Supremo, emitió una opinión en contra de esa medida y Lincoln reaccionó dictando la orden de que se le encerrase en una cárcel militar. Un general tuvo más sentido y se guardó la orden. Lincoln cerró más de 300 periódicos, instituyó la conscripción, creó nuevos impuestos, violó la segunda enmienda… los críticos dicen, incluso, que se convirtió en un dictador. Los defensores resaltan que hubo elecciones en plena guerra.

Las críticas a Abraham Lincoln no proceden sólo de este autor, sino que encontramos a historiadores como Charles Adams, Jeffrey Hummel, David Gordon u otros que señalan los peores aspectos de la presidencia del republicano. Doscientos años después de su nacimiento, parece haber llegado el momento del debate histórico en torno a su figura.
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