Semillas de xenofobia
sábado 14 de febrero de 2009, 17:07h
Mi país, el Reino Unido, ha sufrido una huelga con tintes xenófobos en contra de la presencia de trabajadores procedentes de otros países miembros de la Unión Europea. El detonante fue la contratación de trabajadores italianos y portugueses para llevar a cabo la construcción en Lincolnshire de una refinería para la petrolera francesa Total subcontratada a la compañía italiana IREM. Las protestas rápidamente ganaron fuerza y se extendieron a otras 22 localidades. IREM puso fin a la huelga con el compromiso de que la mitad de los trabajadores de esa obra fueran británicos. ¿Podría pasar algo similar en España, bien por traer extranjeros para una obra determinada o por la ya significativa presencia de extranjeros en el país?
Hasta ahora, los extranjeros en España no han “robado” trabajos a los nativos o, al menos, no en una proporción muy significativa. La mayoría trabajan o trabajaron en sectores con escasez de mano de obra o donde los españoles no quieren trabajar.
De los 3,3 millones de desempleados, según las últimas cifras, más de 600.000 son extranjeros que perdieron el empleo, la mayoría de los cuales en la construcción (sin cuyos esfuerzos este sector no hubiera ido tan bien durante una década).
La tasa de desempleo en España esta en casi el 14% de la población activa, el doble del promedio de la Unión Europea, en comparación con algo más del 6% en mi país. Aunque la economía británica es un 65% más grande que la española (en términos del PIB nominal), el Reino Unido tiene 1,4 millones de desempleados menos que en España (lo cual demuestra la fragilidad del mercado laboral español y del modelo económico).
Al final de 2008, la población extranjera en España con más de 16 años era de 4,7 millones, de los que 3,6 millones se declaran activos (371.000 más que en 2007). En otras palabras, una de cada seis personas de la población activa es extranjera. En el Reino Unido, en cambio, hay unos 2 millones de extranjeros en la población activa o uno de cada 14 personas, bastantes menos que en España. Sin embargo, los trabajadores británicos parecen ser más reacios a la presencia de inmigrantes que los españoles.
¿Por qué? Podría ser porque los italianos y portugueses contratados para construir la refinería eran trabajadores bastante calificados. Probablemente si hubieran sido contratados para trabajar en la agricultura nadie hubiera hecho caso porque son trabajos mal pagados que mis compatriotas prefieren no hacer. Otro factor podría ser el eslogan populista del Primer Ministro Gordon Brown en 2007– “British jobs for British workers” (puestos de trabajo británicos para trabajadores británicos) – que se ha vuelto en contra de el. Como bien sabe Brown, los ciudadanos comunitarios generalmente tienen el derecho a trabajar en cualquier otro país de la UE. La propuesta de Miguel Sebastián de comprar lo español apunta en la misma dirección demagógica de Brown.
Es reveladora la comparación entre las tasas de empleo en España de las ecuatorianas y las colombianas (71% y 63%, respectivamente) frente a las de las españolas (41%). Esto se explica mucho por los trabajos domésticos que hacen los inmigrantes femeninos, trabajos que las mujeres españolas prefieren no hacer si tienen otras alternativas.
Aún más significativo es que, en contra de lo esperado, la población activa continúa aumentando a un ritmo intenso. Hay dos colectivos que explican por sí solos este crecimiento: los inmigrantes y las mujeres. En periodos de declive económico algunas personas que no buscaban empleo lo hacen para ayudar a la mala situación de sus familias por la pérdida de empleo de alguno de sus miembros. Cuanto más crezca la población activa, y la competencia para un trabajo, y cuanto más empeore la economía, más probable será que surja alguna resistencia a los inmigrantes trabajadores en el país.
Un amigo entendido en la materia cree más probable una pelea entre inmigrantes para ocupar posiciones competitivas, que una pelea entre españoles e inmigrantes. Por ejemplo: hasta ahora fueron los subsaharianos los que trabajaban en los invernaderos de Almería, cuando antes habían sido los marroquíes. Es posible que estos últimos quieran volver a ocupar esos puestos de trabajo. Lo mismo ocurre en los cultivos de flores en Cataluña, o en la huerta murciana. Ojala que no pase.
|
Escritor
WILLIAM CHISLETT es escritor y colaborador del Real Instituto Elcano
|
|