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El cariño verdadero

Javier Rupérez
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jruperezelimparciales/9/1/9/21
martes 10 de marzo de 2009, 00:13h
El Tribunal Supremo de los Estados Unidos –que, como se sabe, equivale en nuestros pagos al Tribunal Constitucional- escoge algunos de los casos que son sometidos a su consideración, aquellos que tienen más relevancia social, para debatirlos en vista publica: es lo que se conoce como “oral arguments”. Es uno de los espectáculos mas fascinantes de la vida publica americana. Los nueve miembros del Tribunal debaten abiertamente con los abogados y fiscales de cada uno de los casos en unos turnos ingeniosos y acerados, cargados de parte y de otra de sabiduría jurídica, brillantez retórica y cuidada oratoria. A veces recorridos por el humor y siempre dictados por el respeto. La amistad con que me honraron algunos de sus magistrados durante mi embajada ante la Casa Blanca– Antonin Scalia, Sandra O’Connor, Stephen Breyer-me permitió ocasionalmente asistir con cierta regularidad a las sesiones públicas de la institución, uno de los momentos más codiciados y concurridos de la vida social y politica washingtoniana. En los que asiduamente participaba el senador Ted Kennedy, con el que en esas y otras ocasiones habia tenido ocasión de conversar con cierto detenimiento de cosas en el interés común para los dos países.

A principios de abril de 2003, pocos días después del comienzo de la invasión de Irak, coincidí con Ted Kennedy una vez más en el Tribunal Supremo. Le faltó tiempo para decirme que él, como muchos otros americanos, tenía por España y por el Presidente de su Gobierno, José María Aznar, una deuda de aprecio y agradecimiento por la ayuda y por la comprensión que nuestro país había mostrado al suyo en tiempos muy difíciles. Añadió, para reforzar lo significativo de su posición, y aunque era innecesario por suficientemente conocida, que él se había opuesto sistemáticamente a la operación bélica pero que ello no le impedía reconocer la proximidad de los amigos en tiempos de tribulación. Ya sé que no hay tropas españolas sobre el terreno, me dijo, pero la ayuda diplomática española dentro y fuera del Consejo de Seguridad estaba presente en la mente de muchos americanos, con independencia de su actitud ante la guerra.

Hace pocos días, el 3 de marzo de este año, el Primer Ministro británico, Gordon Brown, ha sido recibido en la Casa Blanca por el Presidente de los Estados Unidos Barack Obama. Era el primer mandatario europeo que llegaba a la mansión presidencial y, como es costumbre en estos casos, los dos políticos tuvieron un breve contacto con la prensa en el Despacho Oval. Obama aprovechó la ocasión para resaltar la continuada existencia de la “relación especial” entre los dos países y para afirmar que “aunque obviamente ha habido un debate en torno al tema de Irak, sin embargo, y con independencia de si en los Estados Unidos uno está a favor o en contra de la guerra, el reconocimiento de la amistad y de la solidaridad de Gran Bretaña con nosotros durante ese periodo es algo que nunca será olvidado”. Obama, como es también suficientemente sabido, se había manifestado contrario a la guerra desde el principio. Seis años más tarde, con toda la sangre el sudor y las lágrimas que la historia ha derramado, dos ilustres representantes de la izquierda americana vienen a coincidir en lo mismo: el aprecio hacia los amigos que supieron mostrarse próximos en momentos de incertidumbre.

Qué duda cabe: otros son los factores que cimientan sólidamente la relación entre los dos países y el Presidente americano, que, como el mismo recordó, tiene ascendencia británica por el lado materno, no dejó de subrayarlo :”Una lengua común, una cultura común, un sistema legal directamente heredado del británico, unos mismos valores en el sistema de gobierno”. Pero eso también existe en gran medida con otros países anglosajones –Canadá, Australia, Nueva Zelanda, Irlanda- y sin embargo las relaciones no alcanzan el nivel que Washington y Londres mantienen desde la II Guerra Mundial, cuando la antigua metrópoli comprendió que su mejor destino estaba en asociarse estrechamente con la colonia devenida gran potencia. Por encima de divergencias circunstanciales, bajo gobiernos de distinto signo politico, los dos países han sabido encontrar las razones para el mantenimiento de un verdadero entendimiento en la defensa de principios e intereses comunes.

Hubo un tiempo en que, a pesar de las distancias culturales y lingüísticas, España jugaba en esa liga. Muchos se recrearon en el ruido y en la furia del antiamericanismo más primario para negar las evidentes ventajes de la situación y lo tan costosamente construido quedó en la ligera irrelevancia de los que practican la diplomacia post moderna. Pena. Lo del cariño verdadero no se recompone fácilmente.

Javier Rupérez

Embajador de España

JAVIER RUPÉREZ es académico correspondiente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas

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