A los hermanos Coen siempre les ha gustado la violencia puesta en manos de personajes extravagantes, tanto física como intelectualmente, y después de la campaña promocional de "No es país para viejos", uno se espera un baño indiscriminado e ilógico de sangre por obra y gracia de un malo cruel e irracional. No es así. Hay violencia, mucha. Asesinatos casi en cada secuencia, aunque precisamente el más esperado sea el único que no se vea. Encontramos también sangre y, desde luego, el malo es muy malo, pero se trata de violencia necesaria para la historia que se relata. Sin caer en el regodeo. Y el asesino, brillantemente interpretado por Bardem, tiene sus razones, aunque a veces sean tan peregrinas como el azar.
Cuando alguien se atreve a llevarse dos millones de dólares de la escena de lo que, a todas luces, parece un asunto de mafias, ya sabe a lo que se expone. Y más aún si encima vuelve al lugar horas más tarde, en el colmo de la ingenuidad. Los largos planos de los áridos paisajes logran transmitir la sensación de encontrarnos precisamente en un lugar dónde no existe la ley ni el orden. Y entre la persecución del asesino a sueldo para recuperar el dinero del infeliz y codicioso tipo que lo ha cogido y la del sheriff cansado y escéptico que debe acabar con tanto desastre, las muertes se multiplican pero no se exageran. Como no exageran tampoco ninguno de los personajes que, a su manera, tratan de conseguir su objetivo.