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Análisis

El Chimborazo de Chávez

martes 24 de marzo de 2009, 22:36h
Desde que ganó el referéndum para la enmienda constitucional que le otorga el derecho a postularse indefinidamente como candidato presidencial, el mandatario venezolano, Hugo Chávez, ha tomado impulso para acelerar su proyecto revolucionario, en donde tanto las empresas privadas como los líderes de la oposición, e incluso el propio Barack Obama, han sido objeto de un delirio que no da indicios de querer tomarse una tregua.
Un delirio febril embarga mi mente; me siento como encendido por un fuego extraño y superior. Era el Dios de Colombia que me poseía.
De repente se me presenta el Tiempo bajo el semblante venerable de un viejo cargado con los despojos de las edades: ceñudo, inclinado, calvo, rizada la tez, una hoz en la mano
…”

-“Mi delirio sobre el Chimborazo”. Simón Bolívar, 1823-.

En su poema “Mi delirio sobre el Chimborazo”, Simón Bolívar narra a modo de metáfora, cómo visualizó el proyecto de la Gran Colombia en las alturas del volcán más alto de Ecuador. Allí, El Libertador de Venezuela, Colombia, Panamá, Ecuador, Perú y Bolivia, en una suerte de revelación, halló el modo de cohesionar una región a través de un proyecto común. Eran otros tiempos, tiempos de confrontación, en donde los países de América Latina tuvieron que alzar los machetes y las espadas con el objeto de obtener su independencia y autoproclamarse estados libres.

Sin embargo, hay ciertos líderes latinoamericanos, como el mandatario venezolano Hugo Chávez, que en pleno siglo XXI prefieren nutrirse de la visión beligerante de hace 185 años y desenvainar la espada en aras de un proyecto revolucionario, que lograr el consenso y el diálogo dentro del conjunto de la sociedad. A este controvertido mandatario le gusta mirar hacia el pasado porque allí cree encontrar las respuestas para resolver los problemas de la Venezuela contemporánea.

Hugo Chávez


Por un lado, Chávez concibe la política doméstica venezolana como si se tratara del campo de batalla de la Guerra Federal que azotó al país en los años de 1859 y 1863. Un cruento y sangriento conflicto que duró cinco años y que dividió al pueblo venezolano en dos bandos: los conservadores y los liberales.

Para Hugo Chávez, Venezuela más que un Estado conformado, es un territorio que hay que “reconquistar”. Desde que ganó el referéndum para la enmienda constitucional que le otorga la posibilidad de postularse indefinidamente como candidato presidencial, Chávez ha puesto su maquinaria revolucionaría a punto. En un mes el Jefe de Estado venezolano acabó con veinte años de exitosa descentralización, para aplicar una Ley que concentra toda la administración regional del país a manos del Ejecutivo. De un día a otro ordenó la militarización de los principales puertos y aeropuertos del país, que casualmente se encuentran en los estados gobernados por miembros de la oposición.

Asimismo, el líder de la Revolución Bolivariana no ha escatimado tiempo ni esfuerzo en coartar las actividades de las empresas privadas mediante la expropiación de sus terrenos, sin tomar en cuenta que algunas compañías como la papelera Smurfit Kappa, llevan operando en el país desde hace más de cinco décadas.

Tampoco desiste de su mordaz e incesante campaña por anular a todos los medios de comunicación, los grupos opositores y los dirigentes políticos que por alguna razón u otra, antagonicen con el régimen.

Hugo Chávez


Si bien dentro de Venezuela Chávez asume el papel de emisario de Bolívar, fuera de sus fronteras la historia es completamente distinta. En materia de política internacional al presidente venezolano lo que le va es el uniforme verde olivo de rebelde revolucionario y anti imperialista de los años sesenta, que no duda en dirigir, cada vez que puede, amenazas al gobierno del presidente colombiano Álvaro Uribe Vélez, o calificar de “ignorante” a Barack Obama y de llamar “terrorista” al país que preside, a tan sólo pocas semanas de celebrarse la Cumbre de las Américas.

El pasado 15 de febrero Hugo Chávez en lo alto del balcón del Palacio de Miraflores se dejó llevar por el delirio que le causaba la abrumadora marea roja que vitoreaba su nombre. Su rostro pletórico de felicidad evidenciaba que el Dios de la Revolución le poseía. Una paradoja que contrasta con aquel momento narrado por Bolívar en 1823 cuando el “Dios de Colombia” le poseyó. Mientras Chávez encuentra en la devoción de las masas el alimento para su ego, El Libertador de las Américas halló en la inmensa soledad del Chimborazo, el futuro de una región entera.