Italia: nace el Pueblo de la Libertad
domingo 29 de marzo de 2009, 03:57h
En estos días, Silvio Berlusconi anuncia triunfalmente la fundación del Pueblo de la Libertad (PdL), que representa la fusión de su partido, Forza Italia, con Alianza Nacional, formación heredera de los ideales pos-fascista reconvertidos al derechismo democrático por su líder Gianfranco Fini, y con otros partidos menores. En un largo discurso inaugural, el Cavaliere trazó un balance histórico de su carrera política, rindió homenaje al Papa, a los Estados Unidos y a su mentor político, Bettino Craxi, ex presidente del Consejo y líder de los socialistas italianos. A lo largo del I Congreso del PdL, Berlusconi insistió sobre la necesidad de reformar la Constitución italiana para “acortar los tiempos de la toma de decisiones”. Contrariamente, sobrevoló el tema judicial, su “talón de Aquiles”, excepto por el ataque defensivo a la “magistratura comunista”. Por eso el homenaje a Craxi es funcional para su discurso político y ayuda a que la gente olvide que el ya difundo político italiano fuera condenando a 5 años y 6 meses por corrupción en el proceso Eni-Sai y a 4 años y 6 meses por financiación ilícita en la construcción del área metropolitana milanesa. He aquí un nuevo ejemplo de “contra-cultura” y la ascensión de un reo al grado de héroe y mártir de una justicia politizada. La autonomía del poder judicial y la separación de los poderes, base del Estado de Derecho, siguen siendo atacadas constantemente por el Presidente, manifestando una voluntad de injerencia del Ejecutivo sobre lo demás poderes.
Sin embargo, la decisión de Berlusconi de crear un único polo político conlleva un merito: representa un paso más en contra del pluripartidismo, extremo que ha caracterizado los últimos años de historia política italiana y hacia una bipolaridad menos imperfecta. Tras décadas de enorme fragmentación política, el país parece seguir ahora la senda del bipartidismo, más parecido al de otras democracias occidentales (al modelo americano, vigente al fin y al cabo también en España). Finalmente, Berlusconi se convierte en el nuevo emperador de la derecha italiana, dueño de un imperio financiero, mediático, editorial, futbolístico y, sobre todo, de un país, ya que gobierna sin oposición. A la izquierda italiana parece no sólo faltarle liderazgo, sino ideas y valores comunes: se atomiza y se esfuma frente a una pérdida de consensos y credibilidad. Por eso, Berlusconi es consciente que, de momento, no existe una alternativa creíble al gobierno actual. Y, por esa misma razón, su nuevo desafió no parece ser tanto incrementar el numero de votantes, sino conquistar el sistema, “apresar” las instituciones, creando un “partido-Estado”, heredero electoral -y político, sobre todo, de la vieja Democracia Cristiana. Italia corre el riesgo de convertirse en un vestido a su medida, en un proceso de metamorfosis acelerada más que moderada: por eso, su promotor, Berlusconi, sigue alimentando al mismo tiempo su populismo y su popularismo. Ya no se puede hablar de “éxito clamoroso e inesperado del berlusconismo”. Mientras su popularidad sigue creciendo, Berlusconi se hace intérprete de la picardía y anarquía genética de los italianos, liderando la pulsión autoritaria de sus conciudadanos. Curzio Malaparte, describiendo la personalidad de Mussolini en un famoso libro, sostenía que “no se puede realizar un retrato de Mussolini sin hacer un retrato del pueblo italiano. Sus cualidades y defectos son las de todos los italianos”. No se puede entender a Berlusconi extrapolándolo de su contexto. Sin embargo, lo que resulta difícil ahora es entender a los italianos.