OTAN: joven a los sesenta
Javier Rupérez
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jruperezelimparciales/9/1/9/21
lunes 06 de abril de 2009, 17:52h
Cuando España decidió formar parte de la OTAN en 1982 la Alianza recibió la petición con un suspiro de esperanza y, casi, de agradecimiento. Eran aquellos tiempos duros de la Guerra Fría y de incertidumbre para los aliados occidentales. Los Estados Unidos habían anunciado el despliegue de los llamados “euro misiles” en Alemania, Bélgica, Holanda e Italia para contrarrestar la superioridad numérica de las tropas soviéticas en territorio europeo y las movilizaciones populares en las capitales del Oeste mostraban un negro estado de animo en la opinión publica frente a las intenciones de sus gobiernos. El Pacto de Varsovia no crecía pero en los momentos inmediatamente posteriores a la firma del Acta Final de Helsinki en 1975 se había esparcido la especie, hábilmente manejada por la maquinaria propagandística de Moscu, de la congelación del “statu quo”, dirigido a impedir que la OTAN ampliara el número de sus miembros. En tan decaída situación de espíritu el que un país como España decidiera sumarse a la nómina era claramente una inyección de optimismo y esperanza: todavía la OTAN tenía quien la quisiera. Aunque fuera de manera imperfecta y, como poco después había de demostrar la misma España, un tanto dudosa. Pero, en fin, un nuevo país se sumaba al grupo.
Al caer el Muro de Berlín en 1989 y comenzar el proceso que dos años mas tarde había de acabar con la Unión Soviética muchos pensaron que la OTAN había cumplido ampliamente sus objetivos y en consecuencia, siguiendo el ejemplo del Pacto de Varsovia, debía desaparecer. El que no sólo no lo haya hecho sino que haya cumplido lozanamente los sesenta años de existencia debe ser motivo de regocijo y reflexión. La OTAN, posiblemente el mejor de los sistemas político defensivos que nunca podían haber imaginado las potencias democráticas a ambos lados del Atlántico, sigue prestando significativos servicios a sus socios. Y suscita esperanzas de serlo pronto a los que todavía no lo han conseguido.
Es desde luego largo el número de incertidumbres a los que la OTAN y sus miembros deben hacer frente. El cambio de los tiempos ha introducido una alteración en las prioridades y una nueva reflexión sobre los objetivos. Circunscrita inicialmente al área de la Europa occidental y del Atlántico Norte, la OTAN se encuentra actualmente comprometida en una guerra contra el fundamentalismo islámico y terrorista en Afganistán. Como era de esperar, y en gran parte ha sido así durante todo el tiempo de su existencia, no siempre los aliados han compartido la misma visión sobre sus necesidades estratégicas y los europeos han mantenido discrepancias notorias con el socio mayoritario, las Estados Unidos.
Pero transcurridos sesenta años de su fundación, en tiempos todavía marcados por las asechanzas del insidioso poderío soviético, la OTAN celebra sus cumpleaños admitiendo a dos nuevos miembros, Croacia y Albania, y acogiendo en su seno militar al hijo pródigo francés, que en los momentos de la “grandeur” gaullista se permitió el lujo de expulsar de Paris a la sede de la Organización. ¿Cuanto no daría el Presidente Sarkozy para obtener el retorno a la “ville lumiere” de las instalaciones en su momento tan expeditivamente arrojadas?
En momentos en que no abundan las buenas noticias los sesenta años de la Alianza Atlántica constituyen una de las pocas a las que agarrarse. De manera muy directa reafirma las convicciones de los que han decidido poner en común los valores de la democracia y la defensa frente a sus eventuales adversarios.
Tienen razón los escépticos en poner de relieve las dificultades a las que la OTAN deberá hacer frente en el siglo XXI y la necesidad de buscar un nuevo consenso para conjurarlas. Aunque quizá sea necesario un respiro en la perplejidad critica. Dos países en su momento incluidos en la orbita del socialismo real han decidido unir sus destinos, derechos y responsabilidades, a los del resto de los aliados. Y Francia, al reintegrarse a las estructuras del mando militar integrado, reconoce su error al quedarse fuera de la cadena de decisiones y directamente admite la relevancia del sistema para la defensa común. Probablemente la decisión francesa tenga que ver con su permanente obsesión por erosionar el liderazgo americano, olvidando que la OTAN sirve para garantizar el compromiso de los Estados Unidos con la defensa europea. Esa que los europeos no están en situación o en voluntad de asegurar. Pero ello queda para los siguientes capítulos. De momento celebremos lo evidente: la OTAN, a sus sesenta años, goza de buena salud. No es poco.
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Embajador de España
JAVIER RUPÉREZ es académico correspondiente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas
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