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De corruptelas políticas y cacerías judiciales

José Varela Ortega
martes 14 de abril de 2009, 18:16h
Como la escena política española actual también va de espías, bueno sería recordar que, en alguna de sus novelas, John Le Carré utiliza el criterio de reiteración como medida para distinguir la casualidad de la causalidad: “una coincidencia puede ser casual –nos enseña nuestro profesor de espionaje a través de uno de sus personajes- dos, fundamentan la sospecha; y tres, la certifican”. En cualquier caso, en la corrala política española hay demasiadas coincidencias –y algunas evidencias. Entre las primeras, la más destacada es que corruptelas municipales, que llevan años investigándose, estallaran justo cuando superamos los 3 millones y medio de parados y precisamente en puertas de unas elecciones en Galicia, País Vasco y europeas. Dos coincidencias –debacle económica y riesgo electoral- que tienen su réplica sísmica, en cuanto que el epicentro del temblor político se localiza en Madrid y Valencia, bastiones principales frente al proyecto hegemónico del señor Zapatero. De este modo, minar tan altas torres del enemigo, al tiempo que se contribuye al deterioro de la imagen del PP, es un recurso previsible para quienes, arrumbada toda idea socialista, toda política de estado y casi agotado el latiguillo “la-culpa-es-de-Bush-Aznar”, les queda poco más que tácticas de regates y zancadillas.

La hipótesis es verosímil porque se dan demasiadas coincidencias y -reconocerá el Jefe de la Policía Judicial, asistente también a la controvertida montería- que hay un móvil. No parece oportuno hacer ya leña del árbol caído pero resulta higiénico despejar algunas tonterías vertidas en relación a la desafortunada jornada cinegética. Empecemos por descartar la afirmación de que la caza es una actividad aristocrática, impropia de socialistas. Se trata de una de esas estupideces, típicas del beato de izquierdas, urbanita y absolutamente ignorante de lo que es el campo: caza y democracia están unidas, desde que, en la Revolución Francesa, los campesinos exigieron la abolición de los privilegios cinegéticos de la nobleza y, en España, hay un delicioso artículo de Plá, en que nos relata como la primera reacción del pueblo de Madrid, tras la proclamación de la II República, consistió en dar caza a los conejos de la Casa de Campo. La segunda sandez se encuentra en confundir una cacería con un cocktail. Nada más lejos de la realidad: una montería es una actividad compleja, en que los puestos están perfectamente determinados y en la que los asistentes saben con mucha antelación quienes van a estar en la partida. Para no hablar de los escoltas de gentes tan señaladas: en una acción en que abaten reses con bala y a más de cien metros, de la profesionalidad de los policías cabe suponer que habrían revisado minuciosamente la lista de los participantes. Por otra parte, es evidente que –al revés de lo aducido- la ocasión, como la de cualquier evento social, era propicia para hablar de todo sin despertar las sospechas de una cita reservada. Dicho lo cual, la conspiración, de haber existido, ya estaba hecha, puesto que la jornada es posterior al escándalo judicial: una constatación que debería servirnos para aprender a distinguir entre una correlación y una relación de causalidad. De la infortunada cacería, pues, queda poco demostrable, más allá de un encuentro episódico, aunque fuera tan poco fortuito como indecoroso. Sobre todo para nuestro mediático magistrado, en quien recae la responsabilidad mayor, al punto que, en las prácticas procesales de algunos países de nuestro entorno, hubiera determinado su separación automática de la causa.

En todo caso, la supuesta conspiración contra el PP tampoco necesita de grandes laboratorios cinegéticos. Cualquier abogado amigo en ejercicio puede explicarnos el sistema: asuntos de esta naturaleza no entran en reparto ordinario y aleatorio; se asignan por la Policía Judicial que sabe, con altísima probabilidad, el juez a quien le va a corresponder la instrucción, según el momento de su presentación. Y le ha tocado precisamente a Garzón y justo en este momento político tan delicado. Otra coincidencia. A la que siguen algunas evidencias, escoltadas por más coincidencias. Porque es evidente que si las imputaciones se retrasan, retroceden de implicaciones a insinuaciones, removiéndose en el terreno de lo inconcreto, en lugar de residenciarse en personas determinadas, se está implicando a todo el colectivo. Luego –y en el momento político oportuno- las filtraciones hacen el resto.

Poner un poco de orden en este vaudeville político no altera, empero, una evidencia sustancial -que el principal partido de la oposición debía encarar cuanto antes, salvo que desee seguir colaborando en una ceremonia de confusiones e insinuaciones que le convierten en el principal perjudicado: el hecho de que afronta varios casos de corrupción local, graves ya de por si, pero que tendrían una trascendencia difícil de soslayar de imputarse a los responsables de su aparato financiero. Si fuera cierto que la pieza objeto de cacería es, como aseguran sus dirigentes, el propio PP, ello le convertiría en el más necesitado de un pensamiento ordenado. Por ejemplo, es fácil comprender que descartar trajes como piezas de soborno de altos cargos por su escasa entidad económica no es un argumento sólido: porque, el aceptarlos, si fuera el caso, sería una prueba de estulticia pero no de honestidad. En la misma línea, no parece que la reacción más coherente frente a acusaciones de espionaje que se consideran inventadas sea la de clausurar comisiones de investigación, en lugar de prolongarlas.

Por fin, dos consideraciones finales, por más que elementales. La primera, es cómo organizaciones tan extensas y sensibles ante la corrupción, como son los partidos políticos, no cuentan con unidades de asuntos internos que neutralicen, depuren y denuncien los elementos corrompidos antes; sobre todo antes que sus enemigos mediáticos y rivales políticos. La segunda consideración, se deduce fácilmente de la repetición y reparto de la corrupción entre todos los partidos y su localización en el ámbito municipal. ¿Cuántos más escándalos se necesitan para que los partidos políticos españoles se decidan a afrontar la verdad?: que en ningún salmo de la Biblia aparece Jehová dividiendo el universo mundo en terreno rústico y urbano y concediendo a los concejales españoles la potestad de convertir la ganga del primero en oro del segundo, como fórmula para financiar sus municipios por la puerta de atrás.

José Varela Ortega

Editor de EL IMPARCIAL

José Varela Ortega es editor de EL IMPARCIAL e historiador

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