Cordialidad americana
domingo 19 de abril de 2009, 22:51h
Una de las conclusiones más significativas de la V Cumbre de las Américas celebrada en Puerto España (Trinidad y Tobago) ha sido la distensión entre Estados Unidos y los países que simpatizan con la causa bolivariana. Las nuevas formas de Obama, conciliadoras y amables, parecen haber hecho mella en lo que tradicionalmente se ha considerado un entorno hostil. Buena parte de Iberoamérica ha recelado siempre del vecino poderoso del norte, por considerar excesivas las ingerencias de Washington en asuntos que no eran de su competencia, al menos en un sentido territorial. Pero hoy en día, el llamado “imperialismo yanqui” es un anacronismo felizmente superado y las diversas naciones del continente americano son dueñas de sus propios designios, aunque con algún que otro matiz.
Es lícito que Cristina Fernández de Kirchner pida a Obama el final del bloqueo a Cuba. La dirigente argentina sabe que cuenta con el apoyo de su vecina Bachelet y del entorno chavista (Venezuela, Nicaragua, Bolivia y Ecuador), por lo que se ve con la autoridad necesaria para llevar la voz cantante en un asunto tan manido como cansino. Para empezar, porque el dictador cubano llama bloqueo a todo aquel gobierno que se niega a enviar mercancías a la isla que no se pagan. De hecho, el famoso bloqueo es de todo menos férreo (con Cuba comercia medio mundo). Quien realmente está bloqueada es la sociedad cubana. Los dirigentes de toda América, de norte a sur, han podido asistir a la cumbre gracias a que han sido elegidos democráticamente por sus ciudadanos, incluido Chávez. Están, por tanto, legitimados para solicitar lo que consideren políticamente oportuno.
Pero en Cuba no. Allí llevan más de medio siglo de dictadura totalitaria. Los cubanos carecen de las libertades más básicas y no son dueños de su destino. Eso es algo que deberían tener presente muchos de los mandatarios que estos días asistían a la Cumbre de las Américas. Fundamentalmente, porque ellos mismos han sido votados no sólo por convicción en su gestión o ideas, sino por deméritos de sus antecesores, corruptos e incapaces. Chávez es el ejemplo más claro del voto de castigo de una sociedad, la venezolana, harta de tanto mangoneo -aunque ha sido peor el remedio que la enfermedad-. Y con arreglo a ello deberían proceder. Ellos pueden hablar a Obama de igual a igual, pero no exigir reciprocidad con Cuba, en tanto en cuanto el pueblo cubano no sea capaz de decidir su futuro en libertad. El resto sobra. Ya está bien de paños calientes con una dictadura sólo porque sea de izquierdas. Las buenas maneras de Washington han de ser correspondidas con hechos, no con palabras. Cuba lo merece.