Los perseguidores y la SGAE
martes 05 de mayo de 2009, 22:32h
Estoy haciendo tiempo para reunirme a media mañana con un cliente. Decido, ante la anticipación de mi llegada, entrar en un bar y tomarme un pincho de tortilla y una Coca-Cola. El establecimiento, localizado en una estrecha calle de barrio de Chamberí, es pequeño, lúgubre, sucio y con olor a rancio. Ante el aspecto de la tortilla que se ofrece, decido finalmente optar por consumir únicamente la bebida refrescante. A parte del encargado del establecimiento, un hombre viejo y de malos modales, me acompaña un único parroquiano, vestido con un mono azul, que parece disfrutar en silencio de lo que parece una copa de coñac. No comprendo, pensaba para mi, cómo este tipo de negocio podría llegar a ser rentable para su dueño, en fin, si sobrevivía o no a la pujanza de nuevos negocios más modernos y en consonancia con los nuevos tiempos, no era asunto que me concerniera. Mientras apuro los últimos tragos de la bebida, observo que hace entrada en el local un joven en la veintena que, enfundado en una gabardina que escondía un traje gris y llevando consigo un maletín ancho de piel marrón, pregunta a la persona de detrás de la barra, por el encargado. Yo soy, dice el parapetado. El extraño personaje se identifica como agente de la SGAE, y explica, lentamente y con precisión, un discurso bien aprendido y memorizado a base de repetición continua. No salgo de mi asombro, el auto proclamado agente le indica al perplejo hostelero que debe hacer frente al pago de un canon por tener instalado un televisor en su establecimiento. Miro de reojo al aparato en cuestión; es una vieja tele, casi destartalada, que en aquel momento no estaba encendida. El dueño le intenta hace ver al agente de la “Gestapo” que apenas si tiene la televisión encendida de vez en cuando, que apenas la usa y que la mayor parte del tiempo está apagada. Estas razones parecen no hacer mella en el ánimo del agente, que se reitera en su deber recaudatorio. Miro mi reloj y ya es la hora para que me ponga en camino, pago mi consumición y me retiro de aquella esperpéntica situación.
En tiempos posteriores a mi experiencia se implanto el canon digital, una especie de impuesto sobre los discos y aparatos susceptibles de grabar obras protegidas. De este modo se hacía trizas el principio del Onus Probandi, que en Derecho Penal, campo jurídico que afecta a este tipo de infracción, estaría violando el Principio de Presunción de Inocencia. Qué más da, con tal de hacer caja para los amigos. Pero, ¿Dónde va a parar todo ese dinero, si los artistas apenas sí obtienen algún beneficio?
La SGAE, implacable en su misión, agudiza el ingenio, se infiltra en bodas y bautizos para expedientar a salas y particulares. Y en lo que parece el culmen de la miseria, pedían el correspondiente canon a la familia de un niño enfermo, por el que el cantante Bisbal había realizado un concierto benéfico para recaudar fondos para su curación. Increíble. No hay palabras. Atónito.
|
Abogado
CARLOS LORING es licenciado en Derecho, diplomado en Gestión Empresarial, y MBA en e-Business por la Universidad Pontificia de Comillas (ICADE)
|
|