Aristóteles y la píldora del día después
Martín-Miguel Rubio Esteban
sábado 23 de mayo de 2009, 02:48h
Se equivocan aquellos que bienintencionadamente atacan la decisión gubernamental de la venta libre de “la píldora del día después” con los argumentos de los pretendidos derechos del gobierno doméstico, desde el seno no-cívico de la unidad familiar. Todo el Libro I de la Política de Aristóteles es un intento de separar radicalmente a la sociedad familiar de la sociedad política.
Lo “politikê” no tiene un vínculo sustancial con lo “oikonomikê”, como que son parte de universos diferentes, conceptualmente diferentes. La repugnante decisión política de la venta libre a las niñas de “la píldora del día después” debe ser combatida desde planteamientos civiles y políticos, pero no desde la autoridad familiar, a la que sin duda ofende la decisión, pero no es el campo propio de la batalla ( política ).
Familia y sociedad civil o política son dimensiones distintas, como ya intuyera el genial Estagirita. El hombre y la mujer son ciudadanos sin que el nacimiento, la raza, el sexo, la religión, la opinión o la edad los puedan separar de la ciudadanía. El hecho de que la mayoría de edad en nuestra Constitución se encuentre a los dieciocho años ( Art. 12 ), no quiere decir que sólo a partir de esa edad se es ciudadano, sino que la ciudadanía a partir de esa edad adquiere su plenariedad. Pero el niño es ciudadano cuando elige a su delegado de clase, cuando ejerce como miembro de un Consejo Escolar, cuando da su opinión con libertad ante cualquier tipo de foro, cuando es responsable con sus tareas escolares, cuando elige la película que va a ver en el cine, cuando coge de la librería de su padre o la del colegio un determinado libro, cuando va a misa o cuando no va a misa, cuando apoya al Real Madrid o es seguidor del Barcelona, cuando crea un poema libremente, cuando hace un dibujo, cuando se enamora de otro ciudadano o ciudadana. Con la ciudadanía se nace, aunque su ejercicio se va desarrollando a medida que se despliegan las capacidades del hombre y la mujer. Constitucionalmente hablando, se nace ciudadano español o ciudana española. Por eso combatir el horrísono despropósito de “la píldora del día después” debe hacerse desde el ámbito desde el que se quiere legalizar, que es el ámbito político.
Desde ese ámbito estricto, lugar propio desde el que se deciden las acciones sociales ( v. gr. ánthropos como zôon politikón ), sostenemos que la venta libre y masiva de “la píldora del día después” se contrapone a cualquier educación pública “decente”, esto es, socialmente conveniente. La principal lección de moral, quizás la única, que a la infancia y adolescencia conviene, y la que más importa en cualquier edad, es no hacer nunca mal a nadie ni tampoco a uno mismo. ¡Cuánto bien hace a sus semejantes aquél que nunca les hace mal! En los menores “la píldora del día después” será siempre efecto de un capricho, y nunca el capricho de los niños y adolescentes proviene de la naturaleza o el instinto, sino de una mala disciplina, pues que ellos también son “entes políticos”. Los embarazos en menores y los abortos consiguientes no son efectos jamás de la pasiones naturales, ni de la definición de adolescente, sino de una pésima y perversa educación programada por sus mayores. Todos los estados han asumido la provisión de educación para sus ciudadanos como un servicio público prioritario. En todo el mundo occidental se reconoció la “obligatoriedad” de la educación a partir de 1850. Y en España lo reconoció la Ley Moyano en 1857, bajo un gobierno corservador ( Narváez ), por supuesto. Es desde el sentido de la educación pública, última trinchera ética que tan a menudo le queda al ciudadano frente a la barbarie, como hay que combatir “la píldora del día después”. Pues educar fundamentalmente es enseñar a vivir. Sin histerismos ni fariseísmos. ¡Y cuántos fariseos y sepulcros blanqueados han clamado contra esta errónea y garrafal medida del Gobierno!
En fin, ¿por qué si el poder político entiende que para beber vino hay que saberlo beber y vincula ese disfrute a una edad y a una madurez, no parece entender ahora, sin embargo, que para gozar del sexo también hay que tener un conocimiento – y una cuidadísima educación sentimental – vinculado de igual modo a una edad y a una madurez de los ciudadanos?
|
Doctor en Filología Clásica
MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín
|
|