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Obituario

Juan María López-Aguilar, el "diplomático profesional"

domingo 07 de junio de 2009, 14:25h
Conocí a Juan María en Diciembre de 2006, cuando me inscribí en el Consulado General de España en Montevideo. Mi primera impresión fue que el señor López-Aguilar era un Cónsul General de película. Pero no de una película cualquiera, sino de una superproducción de Hollywood, compartiendo papel protagonista con David Niven y Gary Cooper.
Conocí a Juan María en Diciembre de 2006, cuando me inscribí en el Consulado General de España en Montevideo. Mi primera impresión fue que el señor López-Aguilar era un Cónsul General de película. Pero no de una película cualquiera, sino de una superproducción de Hollywood, compartiendo papel protagonista con David Niven y Gary Cooper. Porque Juan María era el diplomático perfecto y un caballero de fina estampa. Era esa mezcla de funcionario estricto y cumplidor de su deber pero con un toque aventurero y lleno de recursos ante la adversidad. La suya y la de sus compatriotas, aunque en orden inverso. Y es que Juan María era sobre todas las cosas un español. Un español moderno, de su tiempo. Que trató a Salvador de Madariaga en sus últimos meses y aprehendió para siempre el destino europeo y americano de España.

El trabajo del Cónsul General en Uruguay, ha sido el fruto de su entrega y compromiso. Tuvo la grata responsabilidad de administrar la aplicación de la nueva Ley de Memoria Histórica, que posibilita optar a la nacionalidad española a los nietos de emigrantes españoles. Y durante meses se comprometió con afán para que este proceso fuera no sólo eficiente sino también confortable y digno para los nuevos compatriotas. Y vaya si lo consiguió. Recuerdo vivamente sus comentarios: ¡ya llevamos quinientos expedientes tramitados! Pero había muchos más Juan Marías. Estaba el conversador inteligente, culto, perspicaz. Con ese humor inglés adobado de gracejo andaluz. Siempre preguntón y crítico. Queriendo saber. Estaba el Juan María solidario, en todo momento dispuesto a colaborar, a ayudar, a participar.

Acompañado de su inseparable Irene. Lo mismo le daba la Casa de Galicia, que la Casa de Andalucía, que el Centro Asturiano, que el Casal Catalá, que el Hogar Español, que la Cámara Española…., que nadie se enfade, Juan María tenía tiempo para todos. También para los uruguayos, entre los que su recuerdo será imborrable.

Y luego estaba el amigo. Que sabía escuchar, que buscaba siempre cómo complacerte, que anteponía tus deseos a los suyos. Todavía recuerdo los partidos entre el Real Madrid, del que era entusiasta seguidor, con el Atlético de Madrid, del que soy confeso forofo, cuando Juan María quería que, por lo menos, empatáramos. Teníamos también un equipo común. Aún siento su abrazo cuando España conquistó el pasado año la Eurocopa. Tenía esa personalidad, tan rara, de lo discreto. De estar siempre sin importunar, de aparecer cuando lo necesitabas. De adivinar cuando hacía falta y luego, desaparecer un instante después.

Y también estaba el Juan María aviador. Admirador de Antoine de Saint-Exupéry y de aquellas gestas de los pioneros de la aviación. De las intrépidas singladuras cruzando los océanos y surcando los desiertos de su querido norte de África. De esa época de héroes abnegados que combinaban lo inalcanzable de sus ideales con su destreza como pilotos. De esos vuelos nació El Principito y nos cambió la vida a millones de adolescentes. Ese era Juan María, una persona única, excepcional, amigo de sus amigos (que son legión, porque siempre estará con nosotros) y sobre todo, DIPLOMÁTICO PROFESIONAL. Tanto que donde sea que hoy esté, allí quiero ir yo para que siga siendo mi Cónsul General. Porque sé que podré estar tranquilo y, pase lo que pase, Juan María se ocupará de todo.

Rafael González Moya