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El Che y el odio en la Historia

José Manuel Cuenca Toribio
lunes 08 de junio de 2009, 20:05h
Un joven y acaudalado familiar del articulista, educado, por el esfuerzo ímprobo de sus padres, en las más reputadas universidades británicas, suele lucir, en sus días de merecido asueto, vistosas camisas con la imagen del comandante Ernesto Che Guevara. Pacifista a ultranza, debelador de toda suerte de ejércitos y organismos bélicos e instalado plenamente en el Sistema, escogió como héroe, de modo semejante que otros muchos miembros de su generación, en los días de su primera mocedad al famoso guerrillero y líder argentino del que ha poco acaba de cumplirse un señalado aniversario de su muerte, en la altiplanicie boliviana, a manos de soldados. Teórico de la subversión contemporánea y de la lucha sin cuartel contra el capitalismo, su indesmayable crítica de los fundamentos del neoliberalismo y la sociedad por él configurada a escala planetaria se alinea, según es bien sabido, en el surco de una tradición en la que figuran los nombres más refulgentes del credo revolucionario. En casi todos ellos, la hostilidad más implacable contra “el enemigo de clase” nutrió tanto su pensamiento como su acción, en la que, en numerosas ocasiones, la aniquilación individual y el exterminio colectivo ocuparon lugar preferente si no exclusivo (recuérdese, v. gr., la consigna exclusiva de “fusilad, fusilado, fusilad”, de un genio político y un intelectual de excepción como Lenin en los días del “comunismo de guerra”). En pasados más remotos también cabe encontrar, y ex abundantia, páginas y hasta capítulos enteros colmados de ejemplos similares, desde el odio de los cartagineses hacia los romanos a la exacerbación del enfrentamiento entre rusos y turcos en tiempos de los Romanov, en que la definición y defensa de la devastación ajena correrían a cargo primordialmente de ulemas y popes.

Es, pues, difícil en este terreno superar marcas o mostrar originalidad conceptual o estratégica. Empero, aun así, la singularidad del ideario guevariano resulta manifiesta. En un mundo occidental comenzado a estragarse por el consumismo más tedioso y provocador, el Che consiguió instilar en buen número de sus hornadas moceriles el repudio formalmente más sañudo e ilimitado del modelo de vida imperante en las naciones económica y socialmente más desarrolladas. Para la redención de la Humanidad no existía otro camino que el de la violencia extrema e incesable, nutrida de la obsesión por “el odio como factor de lucha; el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones naturales del ser humano y lo convierte en una efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar. Nuestros soldados tienen que ser así; un pueblo sin odio no puede triunfar sobre un enemigo brutal. Hay que llevar la guerra hasta donde el enemigo la lleve: a su casa, a sus lugares de diversión; hacerla total” (Mensaje a la Tricontinental. La Habana, abril, 1967, p. 19).

Bien que el proceso del que el Che fuera adalid supremo no haya todavía concluido y existan en la actualidad del Nuevo Continente seguidores dispuestos a caminar por el rumbo que el líder argentino señalara, como gran experiencia histórica su movimiento quizá pertenezca ya por entero al reino de Clío. De ahí, que la admiración que su figura provoca hodierno a través de películas, canciones y vestimentas, nacidas por lo común en el corazón mismo de la organización capitalista, tal vez deba interpretarse a la manera de un subterfugio o trampa más del sistema para fagocitarla, o como expresión de un sentimiento de reprimida culpabilidad en una juventud deshabitada en su horizonte cotidiano de ensueños y causas verdaderamente remecedoras.
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